Paseaban juntos por la
avenida .
Ella caminaba inmersa
en sus pensamientos del día a día.
Él caminaba soñando que
luchaba contra seres abominables y monstruos.
Ella picaba tomates y
aliñaba aguacates en su lucha diaria con el hacer de comer, el de donde saco el
dinero y el que hago mañana de comer. Su vida era un remolino de ideas
dispersas, de milagros que no venían, de sueños de loterías, de amores por venir.
Él luchaba contra
farolas con cabezas de dragón, cabalgaba sobre rinocerontes de cemento, buscaba
espías entre la gente que paseaba por la avenida. Su imaginación volaba y
transformaba cualquier cosa que veía en el juego que más le convenía.
Ella también soñaba.
Con los zapatos que le veía a esta, con el traje de aquella, con las gafas y
los peinados de esas. Con sentarse en una de las terrazas a saborear algo con
hielo mientras este, ese, aquel hombre la halagaba con cumplidos y sonrisas que
la enamoraban. Ella mira hacia atrás. Allí está él, como siempre, peleando con
las farolas, saltando sobre los bancos de cemento, jugando con el viento.
Él descubrió que las
baldosas rojas del pavimento eran arenas movedizas, que las alcantarillas eran
agujeros de gusanos monstruosos en busca de comida, que las tapas metálicas
cuadradas que estaban junto a las farolas eran fauces de cocodrilos
hambrientos, que las baldosas blancas eran los únicos sitios posibles para
pisar. Saltaba de baldosa en baldosa blanca, evitando todo tipo de peligros.
Vio al gusano asomar por el agujero, oyó
el impacto de las mandíbulas del cocodrilo al cerrarse. Con agilidad iba
sorteando los peligros uno tras otro hasta que encontró un monstruo que no
debería estar allí. La cabina de teléfonos estaba rodeada por una doble fila de
baldosas rojas, tan solo había una blanca y de su centro salía el poste que la
sujetaba. Analizó la situación fríamente como lo harían esos héroes de dibujos
animados. La cabina ya no era un monstruo, se convirtió en la copa de un árbol
plagado de espinas venenosas. La única posibilidad de escapar con vida de esa
nueva aventura era pisar con un pie la baldosa blanca y agarrarse del tronco
del árbol. Sabía que la postura que tendría que adoptar para cruzar por allí sería
muy arriesgada. Agarrarse del tronco mientras arqueaba la espalda para evitar
las espinas venenosas iba a ser muy complicado. Se armó de valor.
Intentó pasar un pie
sin tocar la doble fila de baldosas rojas. Las arenas movedizas se movieron y
de ellas emergieron miles de arañas carnívoras. Él le tenía pánico a las
arañas. La distancia al tronco del árbol
era más grande de lo que pensó en un primer momento. El espacio entre el
tronco del árbol y la baldosa blanca era muy ajustado para poner los dos pies
allí. Pensó rápido y actuó con cautela. Tenía que saltar y apoyar un solo pie,
a la vez que se agachaba para no tocar la copa del árbol llena de espinas. El
salto fue casi perfecto, solo una pequeña parte del talón se había quedado en
contacto con las baldosas rojas. Sintió las mordeduras de la arañas y movió
rápidamente el pie hasta dejarlo todo sobre la baldosa blanca. El pánico lo
invadió. La sangre goteaba de su talón. No lo entendía. Veía la sangre en la
baldosa blanca, pero al estar apoyado en ese solo pie no podía ver la herida.
Quiso bajar el otro pie a las baldosas rojas infectadas de arañas carnívoras y
acabar con este juego de una vez. El pánico se lo impidió.
Estaba en cuclillas
apoyado en una sola pierna y agarrado al tronco de árbol. Intentó agarrarse con
la mano izquierda a la cabina de teléfonos, para así ponerse de pie y dar un
salto para escapar de allí , pero sintió el aguijonazo de las espinas que le
hicieron sangre en la mano. La retiró rápidamente y a punto estuvo de caer
sobre las arañas. Se moría de miedo, el juego se había vuelto real. Se agarró solo con la mano derecha y poco a
poco se fue levantando mientras arqueaba la espalda y la cabeza hacia
atrás para evitar la cabina llena de
espinas. Estiró el pie que estaba en el aire pero no consiguió llegar a la
baldosa blanca. Le faltaba poco para llegar y comprendió que si se agarraba al
tronco con la mano izquierda y se remaba con la derecha haciendo contrapeso
llegaría al otro lado y estaría salvado.
Se agachó otra vez. Cambió de mano y se agarró con la izquierda de la
que todavía manaba sangre. Le dolió,
pero supo que no podía pensar en ello porque esa era su única forma de escapar
de allí. Se levantó despacio repitiendo la maniobra de arquear espalda y
cabeza. Estiró un poco el pie para tantear el terreno y vio que era posible
llegar tomando impulso. Estiró el pie otra vez, estiró la mano derecha y se
balanceó para tomar impulso. A la de una…a la de dos… y cuando ya estaba a punto de llegar al tres
su mano ensangrentada resbaló y cayó de espalda como caen todos los niños en
una pesadilla, lentamente y pensando en lo que puede ocurrir…¿Me comerán las
arañas carnívoras? ¿Me dolerá la caída y se reirá la gente de mi? A lo mejor nadie
me ve caer… ¿me echará una bronca mi madre?...
Ella gritaba
desesperada porque no encontraba a su hijo.