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jueves, 4 de febrero de 2016

El paseo



Paseaban juntos por la avenida .
Ella caminaba inmersa en sus pensamientos del día a día.
Él caminaba soñando que luchaba contra seres abominables y monstruos.
Ella picaba tomates y aliñaba aguacates en su lucha diaria con el hacer de comer, el de donde saco el dinero y el que hago mañana de comer. Su vida era un remolino de ideas dispersas, de milagros que no venían, de sueños de  loterías, de amores por venir.
Él luchaba contra farolas con cabezas de dragón, cabalgaba sobre rinocerontes de cemento, buscaba espías entre la gente que paseaba por la avenida. Su imaginación volaba y transformaba cualquier cosa que veía en el juego que más le convenía.
Ella también soñaba. Con los zapatos que le veía a esta, con el traje de aquella, con las gafas y los peinados de esas. Con sentarse en una de las terrazas a saborear algo con hielo mientras este, ese, aquel hombre la halagaba con cumplidos y sonrisas que la enamoraban. Ella mira hacia atrás. Allí está él, como siempre, peleando con las farolas, saltando sobre los bancos de cemento, jugando con el viento.
Él descubrió que las baldosas rojas del pavimento eran arenas movedizas, que las alcantarillas eran agujeros de gusanos monstruosos en busca de comida, que las tapas metálicas cuadradas que estaban junto a las farolas eran fauces de cocodrilos hambrientos, que las baldosas blancas eran los únicos sitios posibles para pisar. Saltaba de baldosa en baldosa blanca, evitando todo tipo de peligros. Vio al gusano  asomar por el agujero, oyó el impacto de las mandíbulas del cocodrilo al cerrarse. Con agilidad iba sorteando los peligros uno tras otro hasta que encontró un monstruo que no debería estar allí. La cabina de teléfonos estaba rodeada por una doble fila de baldosas rojas, tan solo había una blanca y de su centro salía el poste que la sujetaba. Analizó la situación fríamente como lo harían esos héroes de dibujos animados. La cabina ya no era un monstruo, se convirtió en la copa de un árbol plagado de espinas venenosas. La única posibilidad de escapar con vida de esa nueva aventura era pisar con un pie la baldosa blanca y agarrarse del tronco del árbol. Sabía que la postura que tendría que adoptar para cruzar por allí sería muy arriesgada. Agarrarse del tronco mientras arqueaba la espalda para evitar las espinas venenosas iba a ser muy complicado. Se armó de valor.
Intentó pasar un pie sin tocar la doble fila de baldosas rojas. Las arenas movedizas se movieron y de ellas emergieron miles de arañas carnívoras. Él le tenía pánico a las arañas. La distancia al tronco del árbol  era más grande de lo que pensó en un primer momento. El espacio entre el tronco del árbol y la baldosa blanca era muy ajustado para poner los dos pies allí. Pensó rápido y actuó con cautela. Tenía que saltar y apoyar un solo pie, a la vez que se agachaba para no tocar la copa del árbol llena de espinas. El salto fue casi perfecto, solo una pequeña parte del talón se había quedado en contacto con las baldosas rojas. Sintió las mordeduras de la arañas y movió rápidamente el pie hasta dejarlo todo sobre la baldosa blanca. El pánico lo invadió. La sangre goteaba de su talón. No lo entendía. Veía la sangre en la baldosa blanca, pero al estar apoyado en ese solo pie no podía ver la herida. Quiso bajar el otro pie a las baldosas rojas infectadas de arañas carnívoras y acabar con este juego de una vez. El pánico se lo impidió.
Estaba en cuclillas apoyado en una sola pierna y agarrado al tronco de árbol. Intentó agarrarse con la mano izquierda a la cabina de teléfonos, para así ponerse de pie y dar un salto para escapar de allí , pero sintió el aguijonazo de las espinas que le hicieron sangre en la mano. La retiró rápidamente y a punto estuvo de caer sobre las arañas. Se moría de miedo, el juego se había vuelto real.  Se agarró solo con la mano derecha y poco a poco se fue levantando mientras arqueaba la espalda y la cabeza hacia atrás  para evitar la cabina llena de espinas. Estiró el pie que estaba en el aire pero no consiguió llegar a la baldosa blanca. Le faltaba poco para llegar y comprendió que si se agarraba al tronco con la mano izquierda y se remaba con la derecha haciendo contrapeso llegaría al otro lado y estaría salvado.  Se agachó otra vez. Cambió de mano y se agarró con la izquierda de la que todavía manaba sangre.  Le dolió, pero supo que no podía pensar en ello porque esa era su única forma de escapar de allí. Se levantó despacio repitiendo la maniobra de arquear espalda y cabeza. Estiró un poco el pie para tantear el terreno y vio que era posible llegar tomando impulso. Estiró el pie otra vez, estiró la mano derecha y se balanceó para tomar impulso. A la de una…a la de dos…  y cuando ya estaba a punto de llegar al tres su mano ensangrentada resbaló y cayó de espalda como caen todos los niños en una pesadilla, lentamente y pensando en lo que puede ocurrir…¿Me comerán las arañas carnívoras? ¿Me dolerá la caída y se reirá la gente de mi? A lo mejor nadie me ve caer… ¿me echará una bronca mi madre?...
Ella gritaba desesperada porque no encontraba a su hijo.