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domingo, 4 de septiembre de 2016

Abandonado a las puertas del olvido






Vas caminando por un acantilado que está junto al mar. Sientes la brisa acariciar tu cara y escuchas el rumor de las olas al estrellarse contra el fondo del precipicio. Tu cabeza, por una extraña razón te indica que ya no es un acantilado con sus vistas al mar. Ahora es un precipicio oscuro y solo intuyes que en el fondo, en esa oscuridad sin final está el negro y frío mar.
Sientes una presencia en la oscuridad, alguien que  se acerca, y te pones en vilo. Acechando, calculando, intentando ver en la oscuridad lo que no puedes ver. Intuyes por donde viene, se acerca, lentamente, como si te observara y estuviera analizando que hacer. Y ves sin ver quién es. Notas su presencia, sabes quién es y te relajas porque sabes que ha venido a rescatarte de esa lúgubre oscuridad. Te serenas, una sonrisa de alivio brilla en tu cara, un sentimiento de seguridad abraza tu cuerpo porque sabes que saldrás de ahí. Y ves sin ver quién es esa persona, y te sonríe con un deje de maldad y te confunde  porque lo que ves te hace pensar en una fracción de segundo sobre la sonrisa que acabas de ver. Notas el empujón que te hace caer al vacío. Y mientras caes piensas en el porqué, pero no hay porqué que explicar. El pánico te anula mientras intuyes que la caída llega a su final.
Y sientes el agua fría que te ahoga, que se abre paso para que te hundas poco a poco en la oscuridad. Y sales a flote confundido y acojonado porque no imaginas que más te puede pasar bajo ese manto de oscuridad y ese frío y negro mar.
Y de repente te das cuenta de que estas solo, vacío, perdido en la oscuridad y no sabes a donde ir. Miras atrás y no ves nada, miras adelante y ves lo mismo que viste por atrás. Sabes que el atrás no existe, que solo es una dirección que tú mismo impones al mirar a tu espalda. Pero no existe ni el adelante ni el atrás. Porque estás perdido y solo en esa oscuridad.
Nada. Ni nadie. Sólo. A la deriva en un mar de sentimientos enajenados. Sólo y confundido y sabes que nadie vendrá a rescatarte porque la verdad más dolorosa es que no tienes a nadie que pueda ver dentro de ti.
Notas que tus piernas chocan con algo sólido, tus manos se estiran y tocan la roca de una orilla que acabas de encontrar. Y emerges del agua negra y te pones de pie en la orilla. Estás en el fondo del acantilado. Una pared rocosa imposible de escalar y en la penumbra ves unas puertas. Tus ojos y tu corazón se hinchan de emoción y te diriges a ellas. Tú última esperanza, tu única salvación. Y las miras, unas puertas oscuras y pesadas que no tienen tiradores ni un resquicio o una grieta por las que puedas ver algo de luz .Y te das cuenta de que sólo se pueden abrir desde el otro lado.
Y te sientas apoyando tu espalda en ellas, mirando al mar oscuro y al horizonte infinito de la oscuridad. Y rompes a llorar, tu corazón se desgarra. La angustia te apuñala una y otra vez mientras tus lágrimas templadas erosionan la roca buscando una fusión salada con el frío mar.
Y te quedas allí sentado con tu angustia y confusión, mientras el dolor te come por dentro.
Abandonado y solo en la oscuridad. Abandonado  a las puertas del olvido.