Vas caminando por un acantilado
que está junto al mar. Sientes la brisa acariciar tu cara y escuchas el rumor
de las olas al estrellarse contra el fondo del precipicio. Tu cabeza, por una
extraña razón te indica que ya no es un acantilado con sus vistas al mar. Ahora
es un precipicio oscuro y solo intuyes que en el fondo, en esa oscuridad sin
final está el negro y frío mar.
Sientes una presencia en
la oscuridad, alguien que se acerca, y
te pones en vilo. Acechando, calculando, intentando ver en la oscuridad lo que
no puedes ver. Intuyes por donde viene, se acerca, lentamente, como si te
observara y estuviera analizando que hacer. Y ves sin ver quién es. Notas su
presencia, sabes quién es y te relajas porque sabes que ha venido a rescatarte
de esa lúgubre oscuridad. Te serenas, una sonrisa de alivio brilla en tu cara,
un sentimiento de seguridad abraza tu cuerpo porque sabes que saldrás de ahí. Y
ves sin ver quién es esa persona, y te sonríe con un deje de maldad y te
confunde porque lo que ves te hace
pensar en una fracción de segundo sobre la sonrisa que acabas de ver. Notas el empujón
que te hace caer al vacío. Y mientras caes piensas en el porqué, pero no hay
porqué que explicar. El pánico te anula mientras intuyes que la caída llega a
su final.
Y sientes el agua fría
que te ahoga, que se abre paso para que te hundas poco a poco en la oscuridad. Y
sales a flote confundido y acojonado porque no imaginas que más te puede pasar
bajo ese manto de oscuridad y ese frío y negro mar.
Y de repente te das
cuenta de que estas solo, vacío, perdido en la oscuridad y no sabes a donde ir.
Miras atrás y no ves nada, miras adelante y ves lo mismo que viste por atrás.
Sabes que el atrás no existe, que solo es una dirección que tú mismo impones al
mirar a tu espalda. Pero no existe ni el adelante ni el atrás. Porque estás
perdido y solo en esa oscuridad.
Nada. Ni nadie. Sólo. A
la deriva en un mar de sentimientos enajenados. Sólo y confundido y sabes que
nadie vendrá a rescatarte porque la verdad más dolorosa es que no tienes a
nadie que pueda ver dentro de ti.
Notas que tus
piernas chocan con algo sólido, tus manos se estiran y tocan la roca de una
orilla que acabas de encontrar. Y emerges del agua negra y te pones de pie en
la orilla. Estás en el fondo del acantilado. Una pared rocosa imposible de
escalar y en la penumbra ves unas puertas. Tus ojos y tu corazón se hinchan de
emoción y te diriges a ellas. Tú última esperanza, tu única salvación. Y las
miras, unas puertas oscuras y pesadas que no tienen tiradores ni un resquicio o
una grieta por las que puedas ver algo de luz .Y te das cuenta de que sólo se
pueden abrir desde el otro lado.
Y te sientas apoyando
tu espalda en ellas, mirando al mar oscuro y al horizonte infinito de la
oscuridad. Y rompes a llorar, tu corazón se desgarra. La angustia te apuñala
una y otra vez mientras tus lágrimas templadas erosionan la roca buscando una fusión
salada con el frío mar.
Y te quedas allí
sentado con tu angustia y confusión, mientras el dolor te come por dentro.
Abandonado y solo en la
oscuridad. Abandonado a las puertas del
olvido.