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viernes, 17 de enero de 2025

EXTRAÑO EN TIERRA EXTRAÑA

 

Cogí mi plato de ensalada y me senté en una de las mesas más alejadas del pasillo central del comedor de personal. Las mesas son enormes y redondas como para que ocho comensales se sienten cómodamente en ellas. Elegí esa mesa porque me gusta comer solo y tranquilo, sin nadie que no pare de hablar en la mesa como me ha pasado otras veces. Si, lo sé, soy un poco salvaje y pocas veces me siento con mis compañeros. Es más, como vamos juntos a comer espero a que ellos ocupen la mesa para irme sigilosamente a otra porque en esa ya no hay sitio.

Me senté de espaldas a la pared y con vistas al comedor, me gusta observar a esas vidas anónimas. En lo que me levanté a robar servilletas de otra mesa se sentó una chica de aspecto nórdico. Un simple hola, ella a lo suyo y yo a lo mío, a comer y mirar al resto de mesas. Desde los primeros días me di cuenta que las mesas se ocupaban siempre por grupos de misma o similar etnia. Como en las películas de cárceles, los sudamericanos en un lado, los africanos en otro, los españoles en otro, los de marruecos en su mesa y las mujeres de estos en otra, me pareció curioso que familias de distinto género no se pudieran mezclar.

Como soy el nuevo aquí y esta gente solo son personas anónimas para mí me tomaba la libertad de sentarme en cualquier mesa. Un hola, se hacía el silencio y me miraban y yo comía tranquilamente bajo el sonido del murmullo de sus lenguas nativas. Mezclado entre diferentes colores de piel comía tranquilamente y me acordaba de la canción Stranger in strange land.

Mi vista se fue hacia el grupo de mujeres que acababan de entrar. Eran mulatonas, negras tizón y algunas con pinta de ser de Sudamérica. Todas me miraron y vi esos labios que murmuraban algo entre ellas. Debo de tener el guapo muy subido hoy pensé, mientras ellas se sentaban en una mesa. Un instante después hizo su aparición una mulatona con pinta de brasileña, muy firme en su andar, muy recia, muy segura de sí misma. Con un pelo negro muy exótico y tupido, recogido en dos grandes moños en lo alto de la cabeza. Con un moño fregaba yo el caldero de los espaguetis  y con el otro le sacaba brillo a la cubertería. No sé si la cabrona leía la mente porque me miró, después miró a su grupo y se puso seria. Se sentó en el sitio que le dejaron libre y empezaron a murmurar. Los dedos chispeaban y me señalaban a mí. Así directamente, sin rodeos ni disimulos. Miré a mi anónima compañera de mesa y comía tranquilamente con la mirada en el plato y por un momento pensé que esta chica tendría algún problema con ellas.

Cuando volví a noveleriar la otra mesa leí en los gestos que la mulata le  indicaba a las otras  algo así del tipo esperen que lo voy a solucionar y va y se levantaba.

Ahí mi cabeza hizo un cortocircuito mental de los míos, se me pasaron muchas malas ideas por la cabeza tratando de asumir que iba a pasar y ya era consciente de que el problema no era mi anónima e invisible compañera de mesa. El problema era yo y ella ya estaba sentada en la mesa frente a mí, cerca de mí y mirándome desafiante. Pinché un tomate cherry, me lo fui a meter en la boca, lo solté en el plato otra vez y ahí mi mente empezó  a desvariar. Y como soy muy educado puse los brazos en la mesa y le presté toda mi atención porque sabía que algo interesante tenía que decir.

Me regaló una mirada muy atenta y seria, un largo silencio en el que intentaba leer en mis ojos algo que no pudo encontrar, una sonrisa insegura y…

-Esta mesa es nuestra, siempre nos sentamos aquí.

-Co-co-como…

Así, sin interrogación, incrédulo y sin saber cómo reaccionar

-Que esta mesa es nuestra y no te vuelvas a sentar aquí.

Puffff…fundido en negro, como en las películas, sudor de nervios, me están amenazando y cuando mis ojos la vuelven a enfocar noto en su mirada que ha ganado confianza…choooff, bajo la mirada al plato, humillado, la miro, luego miro a la chica anónima e invisible que tengo al lado. Desaparecida dentro del plato y sin levantar cabeza. Cierro los ojos y…

-Así que ya te puedes levantar e ir a otra mesa.

Cierro los ojos y…es hora de sacar todo mi encanto, mi gran sonrisa irónica y el tío borde que llevo dentro.

-Joder niña, ese pelazo tiene que tardar una eternidad en crecer.

-¿Qué dices?

-Que ese pelo que tienes no crece en dos días y si le pego  fuego vas a estar dos años sentada en esta mesa con un gorro hasta que te crezca otra vez.

-¿Me estás amenazando?

-Pero ¿Cómo te voy a amenazar? aquí hay cámaras, como se me va a ocurrir meterme contigo.

-¿Hay cámaras aquí?- dijo mirando al techo y las paredes.

-Yo que sé, supongo, yo soy nuevo y tú llevas mucho tiempo aquí. Además, solo estamos tú y yo sentados en esta mesa y ni tus amigas están escuchando esta conversación.

Amplié mucho más mi sonrisa irónica y seguí mirándola a los ojos. Ella miró a la chica invisible que estaba perdida en su plato. La ignoró como si realmente no existiera y fijó su mirada en mí. La comisura de sus labios sonrió levemente y me miró con cara de fascinación. Se levantó, giró y volvió a su mesa, arrastró la silla para sentarse, pensó algo, soltó la silla, giró y vino otra vez a por mí.

-¿Sabes…? Me gustas, me gusta tu forma de ser, tienes carácter…- Eso dijo mientras se daba la vuelta y yo le decía en un tono un poco más alto y como saludo de despedida…

-A mi me encanta tu pelo en llamas.

El plato que estaba a mi derecha levitó en la mesa y se alejó en las manos de la chica invisible a la vez que se oía una voz que decía muy bajito y repetía como si fuera un mantra…tú estás loco, tú estás loco.