La playa amaneció con
un rastro de huellas que separaban la
orilla de las dunas. La marea estaba vacía y dos huellas profundas imitaban la
calle de una pista de atletismo. Empezaban en el faro y desaparecían allí donde
alcanzara tu vista.
Me levantaba antes de
que saliera el sol y salía a caminar por la playa en el momento en que las
sombras desaparecen y las dunas renacen otro día más. En mis paseos tempraneros
había visto prácticamente de todo en esa playa, parejas, borrachos, peces varados,
objetos que devuelven las mareas. Pero nunca había visto unas huellas como
aquellas, al menos a esas horas. La gente venía a la playa con carros de bebés,
bicis y alguna cosa más con ruedas. Pero esas huellas no eran normales. Eran
profundas y anchas. Casi iguales e iban a la par. Entré en el carril que formaban y caminé
durante varios kilómetros sin pensar en nada en concreto. Hasta que salí del
carril de las huellas sin casi darme cuenta. Paré y levanté la vista porque
huían de la orilla y se metían en las dunas. No trazaban una curva para
dirigirse a las dunas, tan solo y de forma brusca giraban hacia el norte y se
adentraban en ellas.
―¿Y qué tiene que ver
todo ese rollo con tu cicatriz?
―Peroo…¿No querías saber
cómo me hice esa cicatriz?
―Sí abuelo, pero te
estás enrollando.
―Tiempo al tiempo, todo
tiene un principio y…
El olor a salitre y
marea baja me decían que siguiera caminando hasta playa del inglés para tomar
mi zumo mañanero y mi bocadillo de queso tierno en la zumería de la plaza.
Pero las huellas me pedían
que rompiera mi rutina diaria y las siguiera. Dejé la orilla atrás y fui tras
ellas. La arena seca estaba muy suelta y no era fácil caminar a buen ritmo por
allí. Caminé entre el valle de dos dunas y las montañas de arena desaparecieron
dejando paso a un lago de arena seca. Las huellas seguían por allí. Paré y
recorrí con la mirada la marca que habían dejado, primero por el llano y luego
ascendían por una duna enorme que tenía una gran pendiente. Y allí estaba. A lo
lejos divisé entre las sombras del amanecer algo parecido a una caja enorme y
sobre ella algo que parecía ser una persona sentada. Mi primera intención fue
salir del sendero creado por aquella caja y subir directamente cresteando las
dunas. Era el camino más corto y duro y mi intención era simular que pasaba por
allí por casualidad. Pensé salir de las huellas y algo en mi interior me indicó
que lo más sensato sería reconocer mi curiosidad y acercarme a la caja
siguiendo su propio camino. Caminé acercándome con buen andar por el llano,
mirando a los lados como quién observa las maravillas que crean las dunas de
arena. Y cuando levanté la vista casi a al pie de la duna donde estaba la caja
vi lo que era. Era un ataúd verde y sentado sobre él había una muchacha de pelo
rojizo con las piernas cruzadas de manera muy sensual. La miré con desfachatez
ya que un encuentro tan raro me permitía mirarla con descaro e interrogación.
Llevaba una sudadera gris con un gorro echado hacia atrás. La sudadera parecía
de varias tallas más grandes de lo que su cuerpo debería llevar. Por un momento
pensé que era un traje, porque estaba sentada y parecía que le cubría un poco
de cintura para abajo. Miré al ataúd verde, la miré a ella. Miré otra vez al
ataúd verde y mi cabeza empezó a divagar… ¿cómo
coño habrá podido arrastrar el ataúd? ¿Qué hace aquí? ¿Cómo es posible que haya
llegado sin que la vean? Vete de aquí…está sonriendo, huye. Esto es irracional…
La miré a los ojos. Verdes como el ataúd. Y ella sonrió. Era
una sonrisa tan bonita como la luna en su fase creciente.
Cerré los ojos y me
recreé en su cara impresa bajo mis párpados. La mirada alegre, la boca amable,
la nariz de bondad, el pelo rizado, naranja como el amanecer soleado y que caía
sobre los hombros con naturalidad. Mi coherencia llegó…esto es un bajón de azúcar que te está dando por no desayunar, da la
vuelta, vuelve a la orilla a que te dé la brisa de la marea y verás que nada de
esto es real…
Miré hacia atrás, las
huellas por las que había caminado seguían allí y parecían reales. Creí que
había entendido el significado de ese camino, del ataúd y de la muchacha que
sonreía…todo es una metáfora de mi
cabeza, una proyección de lo que puede pasar si no cuido mi salud, es mi
destino final, aunque no entiendo que pinta esa mujer en mi irrealidad. El
camino que regresa a la orilla es como la luz que dicen ver los que están a
punto de morir y regresan. Desanda el camino y llegarás a la vida o sube a la
duna y acuéstate en el ataúd…
Giré el resto del
cuerpo y di los primeros pasos de vuelta por el sendero labrado por el ataúd y
me apresuré en salir de allí.
― ¿A qué vienen esas
prisas? La curiosidad es una puerta entornada que te obliga a empujarla para
ver que hay detrás.
Era una voz agradable
que transmitía serenidad. Su tono de voz era de amabilidad y simpatía.
―Me acabo de acordar de
que me dejé la leche al fuego.
―Entonces será mejor
que corras no sea que se te rebose y hagas un desastre.
―Sí, será lo
mejor. Aunque acabo de recordar que no
me gusta la leche.
―Las escusas son solo
para los mediocres y los carentes de voluntad.
― ¡Vaya! Eres como un
libro abierto por la mitad con las páginas mojadas.
―Curiosa definición
¿Qué significa eso?
―Pues algo así como que
leo las hojas que están al descubierto y entre lo que leo y las letras borrosas
tengo que imaginar cómo y quién eres… ¿Has probado alguna vez a leer un libro partiendo
de las dos páginas centrales?
―Imagino que tiene que
ser muy creativo. Leer lo que hay en las páginas centrales y a partir de ahí
imaginar hacia las páginas iniciales o imaginar el final. ¿Lo has hecho?
―Sí y lo he escrito. Me
gusta escribir. Imaginar. Soñar.
―Y ¿Cómo fue el
resultado? ¿Por qué no te sientas a mi lado?
―Es increíble…no
recuerdo haber subido a la duna…con tu permiso, me siento…
―Sí, por favor.
Siéntate junto a mí. Hablemos serenamente para no molestar al abuelo. Cuéntame
cómo fue lo de escribir desde la mitad del libro abierto.
―En realidad hice un
poco de trampa…en vez de abrir y empezar a leer la primera letra busqué una
página en blanco a la izquierda y el principio de un capítulo a la derecha. Y
no copié lo que había allí, solo cogí la idea que me viniera a la cabeza de lo
que estaba leyendo.
―Leíste y a partir de
lo que viste te creaste tu propio mundo…ahora entiendo, cogiste la esencia y
creaste…interesante.
―Pues sí, buena
definición, digamos que se puede decir así.
―¿ Y qué tal son esos
finales que escribes?
―Inciertos, irreales,
sorprendentes, diferentes como este momento…
―Transpiras preguntas e
indecisiones. Tienes un interrogante entre las cejas que busca respuestas a lo
que pasa y a lo que ves ¿Qué quieres saber?
―Pues….¿Algo tan
sencillo como tu historia?
―Bien, te contaré mi
presente y el pasado reciente. Si tanto interés tienes. Aunque te advierto que
mi pasado reciente acaba de pasar al principio de estas frases.
―O sea queeee…sólo voy
a saber hasta pocos minutos atrás.
―Biennn…veo que eres
rápido captando las cosas. Todo tiene un precio y tendrás que pagar por lo que
quieras saber ¿Qué me dices? ¿Aceptas el trato?
―¿Esto es un pacto con
el diablo? Porque si es así quiero obtener algo a cambio además de saber quién
eres.
―No seas estúpido, el
diablo no existe. Sólo existe lo que
puedas ver y sentir.
―O sea, que no existen
ni las bacterias ni la electricidad porque no las puedo ver.
―Al final va a resultar
que eres estúpido ¿Por dónde quieres empezar?
―Empezaré con un tópico:
¿Qué hace una chica con un ataúd verde en un lugar como este?
―Pasear. El abuelo
quería dar un último paseo por sus dunas. Le encantaba pasear por la playa…la
de veces que he paseado con el abuelo por esta playa y nos hemos bañado juntos
en estas aguas frías.
<<Hace más de dos
semanas que entró al hospital. Hace más de dos meses que no paseamos por la
playa. Hace más de tres días que me dijo lo que quería hacer cuando muriera. Y
hace varias horas que cumplo con sus deseos. El abuelo era un cascarrabias a
simple vista. Por dentro era todo corazón, y por fuera, veías a ese señor agrio
de mirada dura y penetrante. Era solo una fachada. Te estaba escaneando, se
llevaba mucho por el instinto y las miradas. Y con observarte sabía cómo eras.
Si se rompía ese hielo de miradas te regalaba una sonrisa y podías hablar con
el de cualquier cosa, es más, no hacía falta que hablaras, el abuelo te
hablaba y te contaba muchas historias
¿Sabías que el abuelo fue marino? Conocía estas costas como nadie. Sabía cómo
pensaban las mareas y escuchaba lo que le decían las olas. Olía el viento y te
decía que día haría solo con olerlo. A veces veníamos y caminábamos por las
dunas porque decía que el mar estaba furioso y necesitaba su espacio. Sí, yo
también me sorprendí la primera vez que
lo dijo. Pero era verdad, decía que el mar necesitaba su espacio, que en realidad lo que
quería era respeto y estar a solas porque algo lo atormentaba y descargaba su
furia en la orilla. Esos días en que necesitaba espacio paseábamos por las
dunas. Me contaba una y otra vez que la arena se movía y formaba las dunas que
aparecían y desaparecían con el tiempo porque
tenían vida. Se alimentaban del calor del sol por el día, como las tortugas, y
por las noches la arena se partía en partículas más pequeñas de lo que eran y
cambiaban una y otra vez las formas de las dunas. El ciclo de las dunas, el mar acaricia la arena, la arena se deja
llevar por el viento. Aquí todo fluye y nada influye. Pon un muro en la playa y
el mar, el viento y la arena sabrán qué hacer con él.
Me estoy poniendo
nostálgica y eso no es lo que querría el abuelo ahora. ¿Sabes?... ¿Tú que vas a
saber? Sólo eres un pobre ignorante que va camino del desayuno y se preocupa
por cosas banales y sin importancia. Deberías preocuparte más por lo que te
rodea y no por cosas materiales...>>
―Qué sabrás tú de mi
vida.
―Sé lo que llevas
escrito en la cara. Vives para pagar una casa y un coche, para mantener una
familia y un trabajo que te enrrutina. No eres capaz de sentir nada por tu
trabajo y mucho menos sentir por tu familia ¿No te has dado cuenta que tu mujer
te ama con locura y de que tus hijos te veneran como si fueras un dios? ¿Y tú
que les das a cambio? NADA. Nada porque crees que eres un rey solo por traer un
sueldo y sentarte en el sillón.
―No…sabes nada, no…yo
no…
―Pues mira, la verdad,
no sabía que eras tartaja, pero del resto tus ojos te delatan y…
Ella se quedó pensativa
un momento. Con la mirada de estoy escuchando algo y habló al ataúd.
―¿Qué? ¿Ya estás listo
abuelo? ¿Ha llegado el momento?
La caja sobre la que
estábamos sentados vibró suavemente. Me llevé las manos al bolsillo para ver
quién estaba llamando al móvil, pero este no vibraba. La vibración estaba
acompañada de un zumbido tenue que venía del ataúd. Me levanté asustado y miré
aquel ataúd con miedo y curiosidad. Ella seguía allí sentada y me miraba
sonriendo mientras con una mano acariciaba el ataúd. Me armé de valor, la miré
a los ojos, luego al ataúd verde, otra vez a sus ojos de felicidad y pregunté
para matar mi curiosidad:
―¿Por qué verde? No es
color nogal y parece pintado a mano ¿Por qué?
―Por que el verde es el
color de la esperanza, porque era el color de los ojos del abuelo, porque es el
color de la naturaleza, porque mis ojos son verdes… ¿Por qué tienen que ser tan
siniestros los ataúdes?
―No lo había pensado,
tienes mucha imaginación y… ¿Qué es ese ruido que sale del interior? ¿El abuelo
está ahí? ¿El abuelo está vivo?
―Sí. Y sí. Está ahí y
está vivo en mi corazón y ahora forma parte de la naturaleza. No dicen que
cuando te entierran te comen los gusanos. Pues el abuelo se ha estado
preparando para algo mejor.
Terminando ella de
decir las palabras y un golpe desde dentro hizo temblar aquel ataúd.
Muchas ideas pasaron
por mi cabeza en un solo segundo, qué si esa chica estaba loca y allí estaba el
abuelo, que si visto de cerca el ataúd era muy pesado como para que lo
arrastrara ella, que si sal de aquí corriendo y llama a la policía, que si la
policía no te va a creer y el peor de todos los “qué” que se me pudieron
ocurrir, que tenía que rescatar a quién estuviera allí dentro. Así que sin
pensar, sin razonar, sin saber porqué le quité la tapa superior al ataúd. Y
sentí la sensación de cuando sacas la cabeza por la ventana del coche a toda
velocidad y no puedes respirar. Lo que pensé que era una corriente de aire
resultaron ser millones de mariposas que salieron del ataúd. Revolotearon sobre
nosotros formando una nube de colores. Juntas parecían una manta de terciopelo
que volaba como si fueran una cometa. Era un espectáculo ensordecedor por el
batir de las alas y precioso por la marea de colores que oscilaba con vida
propia de un lado al otro de la manta de mariposas. La manta de mariposas cayó
suavemente sobre el ataúd y lo tapó adoptando su forma. La tapa, las patas,
hasta las asideras para transportarlo se llenaron de mariposas. Y ella, que
seguía sentada en la otra tapa del ataúd también estaba cubierta de mariposas.
Estaba asombrado mirando el ataúd de mariposas cuando ella se levantó. Algo
empezó a vibrar otra vez en el ataúd. De su cuerpo empezaron a caer mariposas
muertas al suelo y tan solo quedó al descubierto su desnudez. Los insectos se
habían comido la ropa y ya solo quedaban unas pocas mariposas prendidas a su
pelo, posadas en sus pechos, en sus brazos, en sus hombros. Ella estaba con la
frente alta mirando al cielo, de sus ojos brotaban lágrimas de ternura que
cruzaban sus mejillas y caían a sus pechos. Era preciosa, la mujer más hermosa
que había visto en mi vida y desprendía un aroma de bondad y pasión. Su
semblante era sereno, sus labios transmitían serenidad. Cavilaba con los ojos
cerrados disfrutando de ese momento tan triste y emotivo a la vez.
Un ruido como el de las
mareas al arrastrar las rocas en una playa de piedras llamó mi atención. Lo
produjo el ataúd verde al deshacerse entre mariposas. Habría cientos y cientos
de mariposas en el suelo que se habían comido el ataúd verde. Ya nada quedaba de
él ni de lo que había dentro. Sólo las cenizas de mariposas que lo habían
consumido como una hoguera en la noche de San Juan. La brisa del mar sopló
sobre las dunas y las cenizas de mariposas se fueron con ella. Las dunas se
mancharon con el colorido de las mariposas. Era grandiosa tanta belleza pincelada
en las montañas de arena.
Me quité el abrigo que
tenía puesto y se lo puse a ella. Le di también mis pantalones y me quedé en
bañador. Bajamos juntos de la duna; sin pensarlo, sin quererlo, estábamos en
sincronía con la naturaleza. Nadie nos dictaba el camino a tomar. Allí, en
silencio, entre las imponentes dunas compartíamos la paz y serenidad de lo que
acababa de suceder. La miré a los ojos mientras caminábamos hacia la orilla. La
triste alegría de su rostro no era comparable con ninguna mujer. Desprendía
ternura, dulzura y alegría de su tenue
sonrisa. Una lágrima brillante recorrió su mejilla y saltó al vacío y se
estrelló en una crisálida que tenía bajo el cuello.
La crisálida era verde
y brillante como sus ojos de esmeraldas. Sólo entonces me di cuenta de que
todavía quedaban mariposas revoloteando y explorando su cuerpo. Mariposas
negras, mariposas blancas, mariposas de colores que aleteaban sin cesar.
Llegamos a la punta de Maspalomas caminando y hablando de lo ufano, de lo
sencillo, del cariño y la amistad. Hablamos del odio y el rencor, de la
familia, del amor y de la humildad. Hablamos del respeto mutuo, del apoyo
incondicional que te puede transmitir la familia. Hablamos de la sinceridad, la
nobleza, la ternura, el corazón. Y hablando y hablando abrí los ojos y supe
quién era yo. Supe que tenía que cambiar mi carácter. Supe que tenía que ser
más familiar, supe que tenía que valorar a todos aquellos que me rodean. Supe
que tenía que amar sin exigir nada a cambio, que tenía que comprender y
escuchar para encontrar la felicidad y el bienestar. Supe que debía volver a
casa y empezar a amar, proteger y valorar como se merecen a las personas que tenía a mí alrededor.
Ella me sorprendió
mirando a la crisálida y sonrió.
―Te preguntarás el
porqué y el cómo sucedió. No busques explicación a lo que has visto. Es la
naturaleza de las cosas. Acepta lo que has visto sin más por qué.
―Pues no. No me
preguntaba eso. He aceptado lo que he visto como algo real. Aunque no quiera
creerlo.
―Lo que no crees es
real
―En realidad me
preguntaba por qué no se han ido las mariposas ¿Qué pasará ahora que todavía
están por aquí? ¿Voy a morir? ¿Ese es el precio que tengo que pagar?
―Se irán, no te
preocupes, se irán con el mar.
Y dicho esto cogió la
crisálida que estaba bajo su cuello, la
puso en la palma de mi mano y la cubrió
con mis dedos formando un puño.
Llegamos a la zumería y
nos sentamos en mi mesa de siempre, nos atendió el camarero de siempre y pedí
lo de siempre. El camarero la miró con extrañeza y se fijó en su pelo. Las
mariposas se habían plegado sobre el pelo y colgaban agarradas a él.
― ¿Y la nieta que
quiere desayunar?
―Lo mismo que yo, pero
hecho con más cariño.
―Por cariño que no sea.
En esta zumería nunca falta el cariño en nuestros platos.
Desayunamos en
silencio. Saboreando la comida mientras mirábamos hacia la playa y recreábamos
la vista en las olas que rompían en la orilla dejando su estela de espuma blanca.
Se levantó de la silla y miró mi puño cerrado. Me aferraba a la crisálida y la
protegía como si mi vida dependiera de ella.
―¿Y cómo termina todo?
―Cómo mismo empezó, con
el mar de fondo, con las dunas de espectadores, con la brisa del viento
cantando una canción.
Me dijo que abriera la
mano y la crisálida ya no estaba allí. En su lugar había una mariposa verde.
Levanté la vista y la miré sorprendido por lo que acababa de pasar. Ella sonrió
y las mariposas despertaron y revolotearon alrededor de su cuerpo. Sus ojos
estaban llorosos y me regaló otra sonrisa, esta vez con mucha ternura y cariño.
Me guiñó un ojo y se fue caminando en dirección a la orilla.
―Cuando te conocí me
dijiste que todo tiene un precio y que
tendría que pagar por él.
―El precio está en tu
corazón. Busca, aprende, comprende, comparte y ama todo lo que tienes a tu
alrededor. Yo solo soy alguien que vivirá en tu interior como un sueño sin
principio y final.
La vi caminar por la
arena y sentir el frío del agua al llegar a la orilla. Se quitó mi ropa, la
dobló y la dejó donde no se mojara. Me miró por última vez y se adentró en el
agua caminando hasta que el agua cubrió su cuerpo desnudo por completo. Las
mariposas seguían revoloteando donde ella debía estar. Varios metros más
adelante emergió y comenzó a nadar dirección Bahía Feliz. Las mariposas la
siguieron.
El camarero llegó con
los desayunos y desayunamos en silencio. Saboreando la
comida mientras mirábamos hacia la playa y recreábamos la vista en las olas que
rompían en la orilla dejando su estela de espuma blanca.
―Abuelo. Eso ya lo
contaste.
―Es que sucedió así.
―Vale, pero aun no me
has dicho como te hiciste la cicatriz.
Además, se supone que todas las
historias tienen una moraleja.
El camarero llegó con
la cuenta. Me conocía desde hacía mucho tiempo y sabía cuál era mi rutina. Traía
el periódico en la mano y me lo puso en la mesa abierto por una página del
interior.
― La gente está loca como
cabras…No se va a creer esta noticia. Roban un ataúd del Tanatorio municipal
con el difunto dentro, manda güevos, la gente se cree….
No escuché lo que
decía. Leí yo mismo la noticia. Decía algo como que lo habían sacado
arrastrando de allí y sacaban conclusiones equivocadas sobre ritos y brujerías.
Tonterías y exageraciones. Levanté la vista del periódico y ella era tan solo
un punto diminuto nadando contra la corriente. Sentí en el brazo como si algo
me estuviera quemando. Miré y solo había ceniza de mariposa. Soplé suavemente y
allí estaba esta cicatriz.
―¡Es una mariposa! Nunca
me había dado cuenta de que era eso.
―Sí, cenizas de
mariposa, en eso no convertiremos.
―¿Y cuál es la moraleja
de esta historia?
―Tú eres parte de la
moraleja, y tus padres y tu abuela y todo lo que nos rodea y queremos. Yo antes
era otra persona, un abuelo cascarrabias de mal carácter y sin corazón.
―Por eso siempre
pasamos tanto tiempo juntos. ¿Qué fue de ella? ¿La volviste a ver alguna vez?
―Sí, pero esa ya es
otra historia que algún día te tendré que contar.
―Mañana tampoco tengo
cole ¿Desayunamos juntos?
―Qué pilla eres.
Desayunaremos juntos cuando tú quieras. Y no te preocupes, a su debido tiempo y
cuando crea que sea el momento te lo contaré.
