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jueves, 25 de agosto de 2016

Cenizas de mariposa






La playa amaneció con un rastro de  huellas que separaban la orilla de las dunas. La marea estaba vacía y dos huellas profundas imitaban la calle de una pista de atletismo. Empezaban en el faro y desaparecían allí donde alcanzara tu vista.

Me levantaba antes de que saliera el sol y salía a caminar por la playa en el momento en que las sombras desaparecen y las dunas renacen otro día más. En mis paseos tempraneros había visto prácticamente de todo en esa playa, parejas, borrachos, peces varados, objetos que devuelven las mareas. Pero nunca había visto unas huellas como aquellas, al menos a esas horas. La gente venía a la playa con carros de bebés, bicis y alguna cosa más con ruedas. Pero esas huellas no eran normales. Eran profundas y anchas. Casi iguales e iban a la par.  Entré en el carril que formaban y caminé durante varios kilómetros sin pensar en nada en concreto. Hasta que salí del carril de las huellas sin casi darme cuenta. Paré y levanté la vista porque huían de la orilla y se metían en las dunas. No trazaban una curva para dirigirse a las dunas, tan solo y de forma brusca giraban hacia el norte y se adentraban en ellas.


―¿Y qué tiene que ver todo ese rollo con tu cicatriz?

―Peroo…¿No querías saber cómo me hice esa cicatriz?

―Sí abuelo, pero te estás enrollando.

―Tiempo al tiempo, todo tiene un principio y…



El olor a salitre y marea baja me decían que siguiera caminando hasta playa del inglés para tomar mi zumo mañanero y mi bocadillo de queso tierno en la zumería de la plaza.

Pero las huellas me pedían que rompiera mi rutina diaria y las siguiera. Dejé la orilla atrás y fui tras ellas. La arena seca estaba muy suelta y no era fácil caminar a buen ritmo por allí. Caminé entre el valle de dos dunas y las montañas de arena desaparecieron dejando paso a un lago de arena seca. Las huellas seguían por allí. Paré y recorrí con la mirada la marca que habían dejado, primero por el llano y luego ascendían por una duna enorme que tenía una gran pendiente. Y allí estaba. A lo lejos divisé entre las sombras del amanecer algo parecido a una caja enorme y sobre ella algo que parecía ser una persona sentada. Mi primera intención fue salir del sendero creado por aquella caja y subir directamente cresteando las dunas. Era el camino más corto y duro y mi intención era simular que pasaba por allí por casualidad. Pensé salir de las huellas y algo en mi interior me indicó que lo más sensato sería reconocer mi curiosidad y acercarme a la caja siguiendo su propio camino. Caminé acercándome con buen andar por el llano, mirando a los lados como quién observa las maravillas que crean las dunas de arena. Y cuando levanté la vista casi a al pie de la duna donde estaba la caja vi lo que era. Era un ataúd verde y sentado sobre él había una muchacha de pelo rojizo con las piernas cruzadas de manera muy sensual. La miré con desfachatez ya que un encuentro tan raro me permitía mirarla con descaro e interrogación. Llevaba una sudadera gris con un gorro echado hacia atrás. La sudadera parecía de varias tallas más grandes de lo que su cuerpo debería llevar. Por un momento pensé que era un traje, porque estaba sentada y parecía que le cubría un poco de cintura para abajo. Miré al ataúd verde, la miré a ella. Miré otra vez al ataúd verde y mi cabeza empezó a divagar… ¿cómo coño habrá podido arrastrar el ataúd? ¿Qué hace aquí? ¿Cómo es posible que haya llegado sin que la vean? Vete de aquí…está sonriendo, huye. Esto es irracional…

La miré a los ojos. Verdes como el ataúd. Y ella sonrió. Era una sonrisa tan bonita como la luna en su fase creciente.

Cerré los ojos y me recreé en su cara impresa bajo mis párpados. La mirada alegre, la boca amable, la nariz de bondad, el pelo rizado, naranja como el amanecer soleado y que caía sobre los hombros con naturalidad. Mi coherencia llegó…esto es un bajón de azúcar que te está dando por no desayunar, da la vuelta, vuelve a la orilla a que te dé la brisa de la marea y verás que nada de esto es real…


Miré hacia atrás, las huellas por las que había caminado seguían allí y parecían reales. Creí que había entendido el significado de ese camino, del ataúd y de la muchacha que sonreía…todo es una metáfora de mi cabeza, una proyección de lo que puede pasar si no cuido mi salud, es mi destino final, aunque no entiendo que pinta esa mujer en mi irrealidad. El camino que regresa a la orilla es como la luz que dicen ver los que están a punto de morir y regresan. Desanda el camino y llegarás a la vida o sube a la duna y acuéstate en el ataúd…


Giré el resto del cuerpo y di los primeros pasos de vuelta por el sendero labrado por el ataúd y me apresuré en salir de allí.


― ¿A qué vienen esas prisas? La curiosidad es una puerta entornada que te obliga a empujarla para ver que hay detrás.

Era una voz agradable que transmitía serenidad. Su tono de voz era de amabilidad y simpatía.

―Me acabo de acordar de que me dejé la leche al fuego.

―Entonces será mejor que corras no sea que se te rebose y hagas un desastre.

―Sí, será lo mejor.  Aunque acabo de recordar que no me gusta la leche.

―Las escusas son solo para los mediocres y los carentes de voluntad.

― ¡Vaya! Eres como un libro abierto por la mitad con las páginas mojadas.

―Curiosa definición ¿Qué significa eso?

―Pues algo así como que leo las hojas que están al descubierto y entre lo que leo y las letras borrosas tengo que imaginar cómo y quién eres… ¿Has probado alguna vez a leer un libro partiendo de las dos páginas centrales?

―Imagino que tiene que ser muy creativo. Leer lo que hay en las páginas centrales y a partir de ahí imaginar hacia las páginas iniciales o imaginar el final. ¿Lo has hecho?

―Sí y lo he escrito. Me gusta escribir. Imaginar. Soñar.

―Y ¿Cómo fue el resultado? ¿Por qué no te sientas a mi lado?

―Es increíble…no recuerdo haber subido a la duna…con tu permiso, me siento…

―Sí, por favor. Siéntate junto a mí. Hablemos serenamente para no molestar al abuelo. Cuéntame cómo fue lo de escribir desde la mitad del libro abierto.

―En realidad hice un poco de trampa…en vez de abrir y empezar a leer la primera letra busqué una página en blanco a la izquierda y el principio de un capítulo a la derecha. Y no copié lo que había allí, solo cogí la idea que me viniera a la cabeza de lo que estaba leyendo.

―Leíste y a partir de lo que viste te creaste tu propio mundo…ahora entiendo, cogiste la esencia y creaste…interesante.

―Pues sí, buena definición, digamos que se puede decir así.

―¿ Y qué tal son esos finales que escribes?

―Inciertos, irreales, sorprendentes, diferentes como este momento…

―Transpiras preguntas e indecisiones. Tienes un interrogante entre las cejas que busca respuestas a lo que pasa y a lo que ves ¿Qué quieres saber?

―Pues….¿Algo tan sencillo como tu historia?

―Bien, te contaré mi presente y el pasado reciente. Si tanto interés tienes. Aunque te advierto que mi pasado reciente acaba de pasar al principio de estas frases.

―O sea queeee…sólo voy a saber hasta pocos minutos atrás.

―Biennn…veo que eres rápido captando las cosas. Todo tiene un precio y tendrás que pagar por lo que quieras saber ¿Qué me dices? ¿Aceptas el trato?

―¿Esto es un pacto con el diablo? Porque si es así quiero obtener algo a cambio además de saber quién eres.

―No seas estúpido, el diablo  no existe. Sólo existe lo que puedas ver y sentir.

―O sea, que no existen ni las bacterias ni la electricidad porque no las puedo ver.

―Al final va a resultar que eres estúpido ¿Por dónde quieres empezar?

―Empezaré con un tópico: ¿Qué hace una chica con un ataúd verde en un lugar como este?

―Pasear. El abuelo quería dar un último paseo por sus dunas. Le encantaba pasear por la playa…la de veces que he paseado con el abuelo por esta playa y nos hemos bañado juntos en estas aguas frías.

<<Hace más de dos semanas que entró al hospital. Hace más de dos meses que no paseamos por la playa. Hace más de tres días que me dijo lo que quería hacer cuando muriera. Y hace varias horas que cumplo con sus deseos. El abuelo era un cascarrabias a simple vista. Por dentro era todo corazón, y por fuera, veías a ese señor agrio de mirada dura y penetrante. Era solo una fachada. Te estaba escaneando, se llevaba mucho por el instinto y las miradas. Y con observarte sabía cómo eras. Si se rompía ese hielo de miradas te regalaba una sonrisa y podías hablar con el de cualquier cosa, es más, no hacía falta que hablaras, el abuelo te hablaba  y te contaba muchas historias ¿Sabías que el abuelo fue marino? Conocía estas costas como nadie. Sabía cómo pensaban las mareas y escuchaba lo que le decían las olas. Olía el viento y te decía que día haría solo con olerlo. A veces veníamos y caminábamos por las dunas porque decía que el mar estaba furioso y necesitaba su espacio. Sí, yo también me sorprendí  la primera vez que lo dijo. Pero era verdad, decía que el mar  necesitaba su espacio, que en realidad lo que quería era respeto y estar a solas porque algo lo atormentaba y descargaba su furia en la orilla. Esos días en que necesitaba espacio paseábamos por las dunas. Me contaba una y otra vez que la arena se movía y formaba las dunas que aparecían y desaparecían con el tiempo  porque tenían vida. Se alimentaban del calor del sol por el día, como las tortugas, y por las noches la arena se partía en partículas más pequeñas de lo que eran y cambiaban una y otra vez las formas de las dunas. El ciclo de las dunas,  el mar acaricia la arena, la arena se deja llevar por el viento. Aquí todo fluye y nada influye. Pon un muro en la playa y el mar, el viento y la arena sabrán qué hacer con él.

Me estoy poniendo nostálgica y eso no es lo que querría el abuelo ahora. ¿Sabes?... ¿Tú que vas a saber? Sólo eres un pobre ignorante que va camino del desayuno y se preocupa por cosas banales y sin importancia. Deberías preocuparte más por lo que te rodea y no por cosas materiales...>>


―Qué sabrás tú de mi vida.

―Sé lo que llevas escrito en la cara. Vives para pagar una casa y un coche, para mantener una familia y un trabajo que te enrrutina. No eres capaz de sentir nada por tu trabajo y mucho menos sentir por tu familia ¿No te has dado cuenta que tu mujer te ama con locura y de que tus hijos te veneran como si fueras un dios? ¿Y tú que les das a cambio? NADA. Nada porque crees que eres un rey solo por traer un sueldo y sentarte en el sillón.

―No…sabes nada, no…yo no…

―Pues mira, la verdad, no sabía que eras tartaja, pero del resto tus ojos te delatan y…



Ella se quedó pensativa un momento. Con la mirada de estoy escuchando algo y habló al ataúd.


―¿Qué? ¿Ya estás listo abuelo? ¿Ha llegado el momento?

La caja sobre la que estábamos sentados vibró suavemente. Me llevé las manos al bolsillo para ver quién estaba llamando al móvil, pero este no vibraba. La vibración estaba acompañada de un zumbido tenue que venía del ataúd. Me levanté asustado y miré aquel ataúd con miedo y curiosidad. Ella seguía allí sentada y me miraba sonriendo mientras con una mano acariciaba el ataúd. Me armé de valor, la miré a los ojos, luego al ataúd verde, otra vez a sus ojos de felicidad y pregunté para matar mi curiosidad:


―¿Por qué verde? No es color nogal y parece pintado a mano ¿Por qué?

―Por que el verde es el color de la esperanza, porque era el color de los ojos del abuelo, porque es el color de la naturaleza, porque mis ojos son verdes… ¿Por qué tienen que ser tan siniestros los ataúdes?

―No lo había pensado, tienes mucha imaginación y… ¿Qué es ese ruido que sale del interior? ¿El abuelo está ahí? ¿El abuelo está vivo?

―Sí. Y sí. Está ahí y está vivo en mi corazón y ahora forma parte de la naturaleza. No dicen que cuando te entierran te comen los gusanos. Pues el abuelo se ha estado preparando para algo mejor.

Terminando ella de decir las palabras y un golpe desde dentro hizo temblar aquel ataúd.

Muchas ideas pasaron por mi cabeza en un solo segundo, qué si esa chica estaba loca y allí estaba el abuelo, que si visto de cerca el ataúd era muy pesado como para que lo arrastrara ella, que si sal de aquí corriendo y llama a la policía, que si la policía no te va a creer y el peor de todos los “qué” que se me pudieron ocurrir, que tenía que rescatar a quién estuviera allí dentro. Así que sin pensar, sin razonar, sin saber porqué le quité la tapa superior al ataúd. Y sentí la sensación de cuando sacas la cabeza por la ventana del coche a toda velocidad y no puedes respirar. Lo que pensé que era una corriente de aire resultaron ser millones de mariposas que salieron del ataúd. Revolotearon sobre nosotros formando una nube de colores. Juntas parecían una manta de terciopelo que volaba como si fueran una cometa. Era un espectáculo ensordecedor por el batir de las alas y precioso por la marea de colores que oscilaba con vida propia de un lado al otro de la manta de mariposas. La manta de mariposas cayó suavemente sobre el ataúd y lo tapó adoptando su forma. La tapa, las patas, hasta las asideras para transportarlo se llenaron de mariposas. Y ella, que seguía sentada en la otra tapa del ataúd también estaba cubierta de mariposas. Estaba asombrado mirando el ataúd de mariposas cuando ella se levantó. Algo empezó a vibrar otra vez en el ataúd. De su cuerpo empezaron a caer mariposas muertas al suelo y tan solo quedó al descubierto su desnudez. Los insectos se habían comido la ropa y ya solo quedaban unas pocas mariposas prendidas a su pelo, posadas en sus pechos, en sus brazos, en sus hombros. Ella estaba con la frente alta mirando al cielo, de sus ojos brotaban lágrimas de ternura que cruzaban sus mejillas y caían a sus pechos. Era preciosa, la mujer más hermosa que había visto en mi vida y desprendía un aroma de bondad y pasión. Su semblante era sereno, sus labios transmitían serenidad. Cavilaba con los ojos cerrados disfrutando de ese momento tan triste y emotivo a la vez.
                                                                    

Un ruido como el de las mareas al arrastrar las rocas en una playa de piedras llamó mi atención. Lo produjo el ataúd verde al deshacerse entre mariposas. Habría cientos y cientos de mariposas en el suelo que se habían comido el ataúd verde. Ya nada quedaba de él ni de lo que había dentro. Sólo las cenizas de mariposas que lo habían consumido como una hoguera en la noche de San Juan. La brisa del mar sopló sobre las dunas y las cenizas de mariposas se fueron con ella. Las dunas se mancharon con el colorido de las mariposas. Era grandiosa tanta belleza pincelada en las montañas de arena.


Me quité el abrigo que tenía puesto y se lo puse a ella. Le di también mis pantalones y me quedé en bañador. Bajamos juntos de la duna; sin pensarlo, sin quererlo, estábamos en sincronía con la naturaleza. Nadie nos dictaba el camino a tomar. Allí, en silencio, entre las imponentes dunas compartíamos la paz y serenidad de lo que acababa de suceder. La miré a los ojos mientras caminábamos hacia la orilla. La triste alegría de su rostro no era comparable con ninguna mujer. Desprendía ternura, dulzura y alegría de  su tenue sonrisa. Una lágrima brillante recorrió su mejilla y saltó al vacío y se estrelló en una crisálida que tenía bajo el cuello.


La crisálida era verde y brillante como sus ojos de esmeraldas. Sólo entonces me di cuenta de que todavía quedaban mariposas revoloteando y explorando su cuerpo. Mariposas negras, mariposas blancas, mariposas de colores que aleteaban sin cesar. Llegamos a la punta de Maspalomas caminando y hablando de lo ufano, de lo sencillo, del cariño y la amistad. Hablamos del odio y el rencor, de la familia, del amor y de la humildad. Hablamos del respeto mutuo, del apoyo incondicional que te puede transmitir la familia. Hablamos de la sinceridad, la nobleza, la ternura, el corazón. Y hablando y hablando abrí los ojos y supe quién era yo. Supe que tenía que cambiar mi carácter. Supe que tenía que ser más familiar, supe que tenía que valorar a todos aquellos que me rodean. Supe que tenía que amar sin exigir nada a cambio, que tenía que comprender y escuchar para encontrar la felicidad y el bienestar. Supe que debía volver a casa y empezar a amar, proteger y valorar como se merecen a  las personas que tenía a mí alrededor.

Ella me sorprendió mirando a la crisálida y sonrió.


―Te preguntarás el porqué y el cómo sucedió. No busques explicación a lo que has visto. Es la naturaleza de las cosas. Acepta lo que has visto sin más por qué.

―Pues no. No me preguntaba eso. He aceptado lo que he visto como algo real. Aunque no quiera creerlo.

―Lo que no crees es real

―En realidad me preguntaba por qué no se han ido las mariposas ¿Qué pasará ahora que todavía están por aquí? ¿Voy a morir? ¿Ese es el precio que tengo que pagar?

―Se irán, no te preocupes, se irán con el mar.


Y dicho esto cogió la crisálida que estaba bajo su cuello,  la puso en la palma de mi mano y  la cubrió con mis dedos formando un puño.

Llegamos a la zumería y nos sentamos en mi mesa de siempre, nos atendió el camarero de siempre y pedí lo de siempre. El camarero la miró con extrañeza y se fijó en su pelo. Las mariposas se habían plegado sobre el pelo y colgaban agarradas a él.


― ¿Y la nieta que quiere desayunar?

―Lo mismo que yo, pero hecho con más cariño.

―Por cariño que no sea. En esta zumería nunca falta el cariño en nuestros platos.


Desayunamos en silencio. Saboreando la comida mientras mirábamos hacia la playa y recreábamos la vista en las olas que rompían en la orilla dejando su estela de espuma blanca. Se levantó de la silla y miró mi puño cerrado. Me aferraba a la crisálida y la protegía como si mi vida dependiera de ella.


―¿Y cómo termina todo?

―Cómo mismo empezó, con el mar de fondo, con las dunas de espectadores, con la brisa del viento cantando una canción.


Me dijo que abriera la mano y la crisálida ya no estaba allí. En su lugar había una mariposa verde. Levanté la vista y la miré sorprendido por lo que acababa de pasar. Ella sonrió y las mariposas despertaron y revolotearon alrededor de su cuerpo. Sus ojos estaban llorosos y me regaló otra sonrisa, esta vez con mucha ternura y cariño. Me guiñó un ojo y se fue caminando en dirección a la orilla.


―Cuando te conocí me dijiste  que todo tiene un precio y que tendría que pagar por él.

―El precio está en tu corazón. Busca, aprende, comprende, comparte y ama todo lo que tienes a tu alrededor. Yo solo soy alguien que vivirá en tu interior como un sueño sin principio y final.


La vi caminar por la arena y sentir el frío del agua al llegar a la orilla. Se quitó mi ropa, la dobló y la dejó donde no se mojara. Me miró por última vez y se adentró en el agua caminando hasta que el agua cubrió su cuerpo desnudo por completo. Las mariposas seguían revoloteando donde ella debía estar. Varios metros más adelante emergió y comenzó a nadar dirección Bahía Feliz. Las mariposas la siguieron.


El camarero llegó con los desayunos y desayunamos en silencio. Saboreando la comida mientras mirábamos hacia la playa y recreábamos la vista en las olas que rompían en la orilla dejando su estela de espuma blanca.


―Abuelo. Eso ya lo contaste.

―Es que sucedió así.

―Vale, pero aun no me has dicho como te hiciste la cicatriz. 

Además, se supone que todas las historias tienen una moraleja.

El camarero llegó con la cuenta. Me conocía desde hacía mucho tiempo y sabía cuál era mi rutina. Traía el periódico en la mano y me lo puso en la mesa abierto por una página del interior.


― La gente está loca como cabras…No se va a creer esta noticia. Roban un ataúd del Tanatorio municipal con el difunto dentro, manda güevos, la gente se cree….


No escuché lo que decía. Leí yo mismo la noticia. Decía algo como que lo habían sacado arrastrando de allí y sacaban conclusiones equivocadas sobre ritos y brujerías. Tonterías y exageraciones. Levanté la vista del periódico y ella era tan solo un punto diminuto nadando contra la corriente. Sentí en el brazo como si algo me estuviera quemando. Miré y solo había ceniza de mariposa. Soplé suavemente y allí estaba esta cicatriz.


―¡Es una mariposa! Nunca me había dado cuenta de que era eso.

―Sí, cenizas de mariposa, en eso no convertiremos.

―¿Y cuál es la moraleja de esta historia?

―Tú eres parte de la moraleja, y tus padres y tu abuela y todo lo que nos rodea y queremos. Yo antes era otra persona, un abuelo cascarrabias de mal carácter y sin corazón.

―Por eso siempre pasamos tanto tiempo juntos. ¿Qué fue de ella? ¿La volviste a ver alguna vez?

―Sí, pero esa ya es otra historia que algún día te tendré que contar.

―Mañana tampoco tengo cole ¿Desayunamos juntos?

―Qué pilla eres. Desayunaremos juntos cuando tú quieras. Y no te preocupes, a su debido tiempo y cuando crea que sea el momento te lo contaré. 








jueves, 4 de agosto de 2016

El principio del fin



Todo fin tiene un principio y todo principio es un final.
Siempre hay algo que empieza y termina de la misma manera que comenzó.
Conoces, quieres, vives sintiendo por alguien, aunque no lo veas con frecuencia y llega el momento en que esa persona se va. La muerte viene a traer su final y ahí es donde arranca un nuevo principio. Y ahí, tras esta última frase arranca tu principio y llega mi final.
Te lo dije hace tiempo y con el tiempo has comprobado que para sentir algo por mí hay que saber hacerse daño. No es porque yo te lo cause, sino porque me desvivo por ti y a veces no consigues corresponderme. Eso dices tú, qué no sabes corresponderme, pero te equivocas. Con verte sonreír me siento feliz, con verte cabreada me siento feliz y eso es solo porque estoy junto a ti. Mucho tiempo hemos pasado juntos, queriéndonos solo por estar ahí  y ahora resulta que ha llegado mi final y tu principio.
No llores al leer esta nota de suicidio porque mi final es tu libertad. Discreta, con suavidad, sin argumentos, sin escusas empieza tu nueva vida. Ya no tienes que esconderte, sólo deja que los bichos me coman un par de semanas, por lo del luto, el respeto y todas esas tonterías y después…después florece con tu nueva vida, con tu nuevo novio, con tu…¿Creías que no lo sabía? Pues te has equivocado… o no…la verdad es que yo nunca lo sabré.
Décadas hemos compartido de momentos felices y alguno que otro no tan feliz. Me conoces tanto como yo a ti. Lees mi humor en la mirada, mis problemas en la cara, mis alegrías en la sonrisa. Lo sabes todo por mi comportamiento natural y de esa misma manera supe que algo pasaba por tu cabeza.
Llegabas y el primer beso sabía a nicotina y perfume extraño, y tú nunca has soportado el cigarro. Si supieras la cantidad de información que se puede quedar prendida de tu labio superior.
Tus gestos en casa. Ese tiempo que tú nunca has pasado delate de internet. Esos movimientos de muñeca evitando que yo viera lo que había en tu pantalla del móvil. Esa mirada fugaz de control sobre mí, para saber si tendrías o no que cerrar esa aplicación, o la otra, o la otra. A propósito, tú no escribías nada para que yo no lo viera con mi aplicación. Pero él te escribía a ti, y tú lo veías durante esas enormes cagadas en el baño que nunca antes te habías echado. Y yo lo veía a él. Sí, yo lo veía a él porque sabía quién era y esa información me la diste sin darte cuenta tú.
Duele. Duele mucho saber lo que estás haciendo. Duele mucho que llegues a casa como si no pasara nada. Duele, quema, duele…no sé explicar lo que siento por dentro, esa angustia que me ahoga, ese dolor que me oprime el pecho, esas lágrimas que no quiero derramar…quizás debería dejar de trincarme y dejarlas correr, quizás eso calme mi dolor y me desahogue. Eso duele, soltar una lágrima e intentar no llorar. Duele y quema por dentro solo por quererte y saber que tú me estas traicionando así.
Creo que no hace falta que te lo explique porque tú me conoces y sabes que me desvivo por ti. Sabes ponerte en mi lugar y ver la humillación que puedo sentir. Es más, creo que lo hemos hablado viendo alguna película del dolor que se debe sentir. Sí, sé que lo más fácil sería enfrentarme a ti y decirte todo lo que sé de ustedes dos. Lo sé por aquí, por allí y por esto y por lo otro. Pero de nada me servirá. Porque al final tú serás la dolida, la humillada, que si parece mentira, que si patatín , que si patatán…y le darás la vuelta a todo y como siempre la culpa será mía. Tu negación es la verdad y lo que sé mi gran mentira.  Se te ha ido de las manos, admítelo. Se te ha ido de las manos y yo no quiero vivir así. Por eso me voy, para que al menos tú seas feliz. Siempre he pensado que suicidarse por amor es una tontería. Qué hay más personas en el mundo con las que ser feliz, o al menos eso pensaba. Pero resulta que no es así y yo no puedo vivir sin ti. Duele lo que llevo por dentro.
Te deseo lo mejor aunque yo no esté junto a ti. 
                                                          El principio del fin.


Ella llegó tarde a casa, como ocurría últimamente cada vez que salía del trabajo. Al abrir la puerta el ambiente cerrado le dio un mal presagio. Lo llamó una y otra vez, mirando en la cocina, mirando en el baño, mirando en el dormitorio. Abrió la puerta del balcón esperando verlo allí, con un té en las manos y leyendo alguno de sus libros. La cortina huyó como una bandera al viento y de dentro del salón le llegó el sonido de algo ligero que cayó al suelo. Miró al salón y a un metro de la puerta principal había un folio en blanco en el suelo. El aire de la calle le susurraba palabras al oído a la vez que le tapaba la cara con su propia melena. Pero no era el viento quien susurraba. Era su cabeza que rápidamente  procesaba la información. Dedondevieneelvientosilasventanasestancerradas…elfolioblanco…lapuertadelacalleestacerrada…elfolioblanco…dondeestastununcateretrasas…elfolioblanco…lapuñeteracortina…el viento…el folio…el folio blanco…
Cerró la puerta del balcón y la cortina volvió suavemente a su lugar. Se acercó a la puerta principal. Sus pies casi rozaban el folio. Miró la hoja blanca desde arriba como si fuera una cucaracha de la que debería huir. Miró a sus pies, llevaba unas zapatillas abiertas y el dedo gordo de un pie estaba tiznado de negro. Era solo una escusa para coger el papel. Restregó el tizne con el dedo índice, tocó el suelo con el dedo índice, acarició el papel blanco en el índice y finalmente lo cogió mientras miraba hacia otro lado. Suspiró mirando al techo y finalmente se sentó en una de las sillas del comedor. Le dio la vuelta al folio y el blanco se convirtió en un reguero de palabras de adiós, de amor, de dolor…
Sus lágrimas empaparon el folio que estaba sobre la mesa. Su mente se puso otra vez a mil. Los ojos revoloteaban por la habitación mientras buscaba una solución en su interior…las palabras flotaban en su interior…el principio del fin…el principio del fin…el principio del fin. ..
Salió de su ensoñación con el sonido del teléfono que gritaba una y otra vez para que lo cogiera. El teléfono estaba junto a una mesilla que había al lado de la puerta del balcón. Lo miró con miedo. Balanceó la cabeza a un lado y luego al otro buscando una perspectiva que fuera real. Pero todas las perspectivas lo eran. Miró hacia aquellas palabras escritas en un folio. Miró al teléfono que sonaba y llegó a la conclusión de que ya todo estaba hecho y no tenía por qué dudar.
Descolgó el teléfono sin mirar de qué número llamaban. Lo volteó y miró al auricular como si pudiera  ver a través de él a quien llamaba. Una vocecilla se escuchaba a lo lejos. Acercó el auricular a su oreja dispuesta a escuchar lo que tenían que decir:
―Sí, soy yo.―sus ojos se abrieron como bolas de billar, su boca hizo una mueca de terror y después gritó―¡¡Puta mierda de comerciales de Yasstel!!
Colgó el auricular con fuerza suficiente como para hacer la mesa tambalear. Miró al folio de lágrimas. Sacó el móvil de su bolsillo y marcó su número. Apagado. Apagado como las palabras del folio…no sé qué hacer, noséquehacer…noséquehacer…noséquehacer…
El timbre de la casa sonó y unos golpes de manos sacudieron la puerta. Sonaron una y otra vez mientras su mirada iba del papel de palabras amargas a la puerta, de la puerta al folio de lágrimas. Acarició el principio del fin con delicadeza, levantó la vista hacia el techo y suspiró. Decaída y arrastrando los pies vagó hasta la puerta. Quién golpeaba con firmeza sabía que ella estaba allí y ella sabía que lo que había detrás de la puerta sabía que ella estaba allí. Agarró la manecilla y empujó hacia abajo lentamente, como si tuviera miedo de romperla. El pestillo saltó, solo quedaba tirar hacia atrás y abrir. Y así lo hizo después de cerrar los ojos.
Sintió como la despeinaba el aire del canto de la puerta al pasar cerca de ella y abrió los ojos lentamente…cada vez más grandes…ojos de sorpresa que con un simple gesto del entrecejo se convirtieron en signos de interrogación... al otro lado de la puerta estaba el principio del fin…