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sábado, 26 de julio de 2025

La soledad del plato vacío

 Me di cuenta de que estaba solo cuando observé aquel plato vacío. 

Me comí la delicia una y otra vez

Un día tras otro y otro y otro...

Y así podía estar todos los días

Y no cansarme de comerla una y otra vez y otra vez y otra vez...

La disfruté, la saboreé, la engullí pero nunca me jarté.

Ahora solo me queda la soledad del plato vacío, 

la soledad de sentarme solo a la mesa y buscar los defectos de la pared, 

la soledad del bullicio, la soledad de la silla vacía y las ganas de comerte otra vez.

jueves, 20 de marzo de 2025

EL CICLO DE LA VIDA

 

La hormiga apareció en el borde del plato, entre el infinito y el más allá, al borde del abismo. Un soplo y volaría lejos de allí, hasta el suelo, hasta la piscina, un dedo encima y desaparecería para siempre. Así es el ciclo de la vida.

Como el de las papas fritas que me estoy comiendo. Crecen bajo la tierra, las cogen, las pelan, las fríen y yo me las como mientras observo cómo la gente nada en la piscina. La hormiga trepa a una de las papas de mi plato. Coge un cacho y vete, pienso mientras la observo, pero no, la recorre, la patea, la soba por todos lados y eso me cabrea, la aplasto con otra papa como si fuera una colilla. Es el ciclo de la vida. Como el de la socorrista que vigila que nadie se ahogue en la piscina. Sentada allí arriba, en su trono de vigía, perdida en la pantalla del móvil. De vez en cuando sus ojos recuperan la horizontalidad, mira a lo lejos, a lo cerca, pero siempre al agua buscando el chapoteo de algún niño y vuelve otra vez al móvil y se pierde vete tú a saber dónde, mientras el ciclo de la vida sigue su movimiento segundo a segundo huyendo del tiempo.

La señora del ciclo de vida largo aparece por un lado de la piscina, de los ochenta años no baja, tiene un andar de cursor en puntos suspensivos, camina o está en algún juego infantil y no quiere que la pillen. Está ahí y más acá, está ahí y al momento ahí pero más acá, como un monstruo de película de terror, constante en avanzar pero dándole tiempo al protagonista para huir.

Para cuando bajo la vista del vaso en el que estoy bebiendo ya está apoyada en el acero  inoxidable del barandal de las escaleras de piscina. Tengo que ser el negro que muere en las películas de terror porque no la he visto llegar, me ha pillado el monstruo y se acabó mi ciclo de vida. La observo admirando que con sus ochenta y pico años tenga la vitalidad de darse un baño en la piscina. Mi admiración pasa a interrogación cuando noto que parece Chiquito de la Calzada intentando entrar en la piscina, joorrr…una pierna que entra en el agua, joorrr… una pierna que sale. No encuentra la manera de bajar por la escalera, su movilidad reducida se lo impide, los años pesan, la vida pasa dejando sus marcas en el cuerpo, la agilidad desaparece, la seguridad huye, las caídas acechan.  Intenta entrar de espaldas al agua, una mano insegura en un lado de la escalera, una mano temblorosa en el otro. Baja un pie intentando encontrar el peldaño sumergido a profundidad de periscopio. Me mira, la miro. Y en sus ojos turbios veo resignación y algo que me deja intrigado, un guiño seguido de una sonrisa pícara.

Puedo ser su ayuda pero el cristal nos separa. La solución está en la socorrista que la ignora y no le presta atención. Allá arriba, en su púlpito o en lo que será su cruz rinde pleitesía al dios que vive en su teléfono mientras el ciclo de la vida se abalanza sobre la señora y la hace caer al agua.

El murmullo suena en la piscina, no soy el único que la ha visto caer. Todos miramos al chapoteo pero nadie reacciona, la socorrista levanta la vista y ve las caras de asombro. Al lado, cerca, lejos, en el otro lado de la piscina pero no ve como la piscina se traga ese cuerpo marchito, frágil, gastado por el paso del tiempo. Para cuando se da cuenta del problema, el problema ya no tiene solución. El problema flota como si llevara gafas y tubo y estuviera viendo los peces nadar.

Salta de su torre de vigía, ni dos metros la separan de la escalera y ahora es ella la que se marca un Chiquito de la Calzada, joorr, para un lado y otro. No sabe qué hacer. Todos miran, no, todos miramos y no aportamos nada. La señora se marcó un Pausini, se fue y se fue el murmullo de su silencio.

Un héroe tardío salta al agua, se adueña de la situación, la levanta entre sus brazos como si acunara a un bebé pero no la saca del agua, o el hombre es descomunal o la señora cerró su ciclo de vida en un lugar en el que podía haberse puesto en pie. Que puta es la oscuridad del miedo, la negrura del agua cristalina que no la dejó ver el fondo, la histeria, el pánico, el terror del agua inundando tus vacíos.

Se acerca meciéndola en su pecho al borde de la piscina y la deposita allí, todos nos levantamos, queremos ver el espectáculo del cuerpo ahogado que mira al sol con curiosidad. Murmullos, llantos, palabras sueltas, exclamaciones y un grito precedido de un desmayo. Nadie hace nada por intentar reanimarla, yo tampoco, para qué, a mi me justifica el estar detrás de un cristal. La socorrista le pone una toalla por encima y con un encogimiento de hombros justifica que no hay nada que hacer. En eso tiene razón, su problema ya no tiene solución. Se dirige rauda y veloz a socorrer a la persona que se ha desmayado, aparta a quiénes están alrededor y se arrodilla a su lado, es una mujer, especial, podría ser cualquier mujer anónima pero esta es especial porque está embarazada, la reanima, aplicando lo aprendido en sus cursos de socorrismo, la incorpora dejándola sentada en el suelo. La embarazada reacciona, barre la piscina con su mirada porque nota que es el centro de atención y en su barrido sus ojos se clavan en los pies desnudos que sobresalen de la toalla mortuoria. Grita. No hay sorpresa en su grito. Grita otra vez entonando dolor, no mira al cuerpo sin vida, mira a su entrepierna y todos vemos ese líquido que avanza sombreando el suelo. 

Sonrío, es el ciclo de la vida que nace, miro al cuerpo tapado con la toalla, sonrío otra vez y me doy la vuelta, me voy de allí sonriendo mientras en mi cabeza se repite un mantra…la puta vieja sabía por dónde volver, la puta vieja sabía como volver…

 

                                                                                                                                                                                                                                                                    JRNM©2025

viernes, 17 de enero de 2025

EXTRAÑO EN TIERRA EXTRAÑA

 

Cogí mi plato de ensalada y me senté en una de las mesas más alejadas del pasillo central del comedor de personal. Las mesas son enormes y redondas como para que ocho comensales se sienten cómodamente en ellas. Elegí esa mesa porque me gusta comer solo y tranquilo, sin nadie que no pare de hablar en la mesa como me ha pasado otras veces. Si, lo sé, soy un poco salvaje y pocas veces me siento con mis compañeros. Es más, como vamos juntos a comer espero a que ellos ocupen la mesa para irme sigilosamente a otra porque en esa ya no hay sitio.

Me senté de espaldas a la pared y con vistas al comedor, me gusta observar a esas vidas anónimas. En lo que me levanté a robar servilletas de otra mesa se sentó una chica de aspecto nórdico. Un simple hola, ella a lo suyo y yo a lo mío, a comer y mirar al resto de mesas. Desde los primeros días me di cuenta que las mesas se ocupaban siempre por grupos de misma o similar etnia. Como en las películas de cárceles, los sudamericanos en un lado, los africanos en otro, los españoles en otro, los de marruecos en su mesa y las mujeres de estos en otra, me pareció curioso que familias de distinto género no se pudieran mezclar.

Como soy el nuevo aquí y esta gente solo son personas anónimas para mí me tomaba la libertad de sentarme en cualquier mesa. Un hola, se hacía el silencio y me miraban y yo comía tranquilamente bajo el sonido del murmullo de sus lenguas nativas. Mezclado entre diferentes colores de piel comía tranquilamente y me acordaba de la canción Stranger in strange land.

Mi vista se fue hacia el grupo de mujeres que acababan de entrar. Eran mulatonas, negras tizón y algunas con pinta de ser de Sudamérica. Todas me miraron y vi esos labios que murmuraban algo entre ellas. Debo de tener el guapo muy subido hoy pensé, mientras ellas se sentaban en una mesa. Un instante después hizo su aparición una mulatona con pinta de brasileña, muy firme en su andar, muy recia, muy segura de sí misma. Con un pelo negro muy exótico y tupido, recogido en dos grandes moños en lo alto de la cabeza. Con un moño fregaba yo el caldero de los espaguetis  y con el otro le sacaba brillo a la cubertería. No sé si la cabrona leía la mente porque me miró, después miró a su grupo y se puso seria. Se sentó en el sitio que le dejaron libre y empezaron a murmurar. Los dedos chispeaban y me señalaban a mí. Así directamente, sin rodeos ni disimulos. Miré a mi anónima compañera de mesa y comía tranquilamente con la mirada en el plato y por un momento pensé que esta chica tendría algún problema con ellas.

Cuando volví a noveleriar la otra mesa leí en los gestos que la mulata le  indicaba a las otras  algo así del tipo esperen que lo voy a solucionar y va y se levantaba.

Ahí mi cabeza hizo un cortocircuito mental de los míos, se me pasaron muchas malas ideas por la cabeza tratando de asumir que iba a pasar y ya era consciente de que el problema no era mi anónima e invisible compañera de mesa. El problema era yo y ella ya estaba sentada en la mesa frente a mí, cerca de mí y mirándome desafiante. Pinché un tomate cherry, me lo fui a meter en la boca, lo solté en el plato otra vez y ahí mi mente empezó  a desvariar. Y como soy muy educado puse los brazos en la mesa y le presté toda mi atención porque sabía que algo interesante tenía que decir.

Me regaló una mirada muy atenta y seria, un largo silencio en el que intentaba leer en mis ojos algo que no pudo encontrar, una sonrisa insegura y…

-Esta mesa es nuestra, siempre nos sentamos aquí.

-Co-co-como…

Así, sin interrogación, incrédulo y sin saber cómo reaccionar

-Que esta mesa es nuestra y no te vuelvas a sentar aquí.

Puffff…fundido en negro, como en las películas, sudor de nervios, me están amenazando y cuando mis ojos la vuelven a enfocar noto en su mirada que ha ganado confianza…choooff, bajo la mirada al plato, humillado, la miro, luego miro a la chica anónima e invisible que tengo al lado. Desaparecida dentro del plato y sin levantar cabeza. Cierro los ojos y…

-Así que ya te puedes levantar e ir a otra mesa.

Cierro los ojos y…es hora de sacar todo mi encanto, mi gran sonrisa irónica y el tío borde que llevo dentro.

-Joder niña, ese pelazo tiene que tardar una eternidad en crecer.

-¿Qué dices?

-Que ese pelo que tienes no crece en dos días y si le pego  fuego vas a estar dos años sentada en esta mesa con un gorro hasta que te crezca otra vez.

-¿Me estás amenazando?

-Pero ¿Cómo te voy a amenazar? aquí hay cámaras, como se me va a ocurrir meterme contigo.

-¿Hay cámaras aquí?- dijo mirando al techo y las paredes.

-Yo que sé, supongo, yo soy nuevo y tú llevas mucho tiempo aquí. Además, solo estamos tú y yo sentados en esta mesa y ni tus amigas están escuchando esta conversación.

Amplié mucho más mi sonrisa irónica y seguí mirándola a los ojos. Ella miró a la chica invisible que estaba perdida en su plato. La ignoró como si realmente no existiera y fijó su mirada en mí. La comisura de sus labios sonrió levemente y me miró con cara de fascinación. Se levantó, giró y volvió a su mesa, arrastró la silla para sentarse, pensó algo, soltó la silla, giró y vino otra vez a por mí.

-¿Sabes…? Me gustas, me gusta tu forma de ser, tienes carácter…- Eso dijo mientras se daba la vuelta y yo le decía en un tono un poco más alto y como saludo de despedida…

-A mi me encanta tu pelo en llamas.

El plato que estaba a mi derecha levitó en la mesa y se alejó en las manos de la chica invisible a la vez que se oía una voz que decía muy bajito y repetía como si fuera un mantra…tú estás loco, tú estás loco.