La hormiga apareció en el borde del
plato, entre el infinito y el más allá, al borde del abismo. Un soplo y volaría
lejos de allí, hasta el suelo, hasta la piscina, un dedo encima y desaparecería
para siempre. Así es el ciclo de la vida.
Como el de las papas fritas que me
estoy comiendo. Crecen bajo la tierra, las cogen, las pelan, las fríen y yo me
las como mientras observo cómo la gente nada en la piscina. La hormiga trepa a
una de las papas de mi plato. Coge un cacho y vete, pienso mientras la
observo, pero no, la recorre, la patea, la soba por todos lados y eso me
cabrea, la aplasto con otra papa como si fuera una colilla. Es el ciclo de la
vida. Como el de la socorrista que vigila que nadie se ahogue en la piscina.
Sentada allí arriba, en su trono de vigía, perdida en la pantalla del móvil. De
vez en cuando sus ojos recuperan la horizontalidad, mira a lo lejos, a lo cerca,
pero siempre al agua buscando el chapoteo de algún niño y vuelve otra vez al
móvil y se pierde vete tú a saber dónde, mientras el ciclo de la vida sigue su
movimiento segundo a segundo huyendo del tiempo.
La señora del ciclo de vida largo
aparece por un lado de la piscina, de los ochenta años no baja, tiene un andar
de cursor en puntos suspensivos, camina o está en algún juego infantil y no quiere
que la pillen. Está ahí y más acá, está ahí y al momento ahí pero más acá, como
un monstruo de película de terror, constante en avanzar pero dándole tiempo al
protagonista para huir.
Para cuando bajo la vista del vaso en
el que estoy bebiendo ya está apoyada en el acero inoxidable del barandal de las escaleras de
piscina. Tengo que ser el negro que muere en las películas de terror porque no
la he visto llegar, me ha pillado el monstruo y se acabó mi ciclo de vida. La
observo admirando que con sus ochenta y pico años tenga la vitalidad de darse
un baño en la piscina. Mi admiración pasa a interrogación cuando noto que
parece Chiquito de la Calzada intentando entrar en la piscina, joorrr…una
pierna que entra en el agua, joorrr… una pierna que sale. No encuentra la
manera de bajar por la escalera, su movilidad reducida se lo impide, los años
pesan, la vida pasa dejando sus marcas en el cuerpo, la agilidad desaparece, la
seguridad huye, las caídas acechan.
Intenta entrar de espaldas al agua, una mano insegura en un lado de la
escalera, una mano temblorosa en el otro. Baja un pie intentando encontrar el
peldaño sumergido a profundidad de periscopio. Me mira, la miro. Y en sus ojos
turbios veo resignación y algo que me deja intrigado, un guiño seguido de una
sonrisa pícara.
Puedo ser su ayuda pero el cristal nos
separa. La solución está en la socorrista que la ignora y no le presta
atención. Allá arriba, en su púlpito o en lo que será su cruz rinde pleitesía
al dios que vive en su teléfono mientras el ciclo de la vida se abalanza sobre
la señora y la hace caer al agua.
El murmullo suena en la piscina, no soy
el único que la ha visto caer. Todos miramos al chapoteo pero nadie reacciona,
la socorrista levanta la vista y ve las caras de asombro. Al lado, cerca,
lejos, en el otro lado de la piscina pero no ve como la piscina se traga ese
cuerpo marchito, frágil, gastado por el paso del tiempo. Para cuando se da
cuenta del problema, el problema ya no tiene solución. El problema flota como
si llevara gafas y tubo y estuviera viendo los peces nadar.
Salta de su torre de vigía, ni dos
metros la separan de la escalera y ahora es ella la que se marca un Chiquito de
la Calzada, joorr, para un lado y otro. No sabe qué hacer. Todos miran, no,
todos miramos y no aportamos nada. La señora se marcó un Pausini, se fue y se
fue el murmullo de su silencio.
Un héroe tardío salta al agua, se
adueña de la situación, la levanta entre sus brazos como si acunara a un bebé
pero no la saca del agua, o el hombre es descomunal o la señora cerró su ciclo
de vida en un lugar en el que podía haberse puesto en pie. Que puta es la
oscuridad del miedo, la negrura del agua cristalina que no la dejó ver el
fondo, la histeria, el pánico, el terror del agua inundando tus vacíos.
Se acerca meciéndola en su pecho al
borde de la piscina y la deposita allí, todos nos levantamos, queremos ver el
espectáculo del cuerpo ahogado que mira al sol con curiosidad. Murmullos,
llantos, palabras sueltas, exclamaciones y un grito precedido de un desmayo.
Nadie hace nada por intentar reanimarla, yo tampoco, para qué, a mi me
justifica el estar detrás de un cristal. La socorrista le pone una toalla por
encima y con un encogimiento de hombros justifica que no hay nada que hacer. En
eso tiene razón, su problema ya no tiene solución. Se dirige rauda y veloz a
socorrer a la persona que se ha desmayado, aparta a quiénes están alrededor y
se arrodilla a su lado, es una mujer, especial, podría ser cualquier mujer
anónima pero esta es especial porque está embarazada, la reanima, aplicando lo
aprendido en sus cursos de socorrismo, la incorpora dejándola sentada en el
suelo. La embarazada reacciona, barre la piscina con su mirada porque nota que
es el centro de atención y en su barrido sus ojos se clavan en los pies
desnudos que sobresalen de la toalla mortuoria. Grita. No hay sorpresa en su
grito. Grita otra vez entonando dolor, no mira al cuerpo sin vida, mira a su
entrepierna y todos vemos ese líquido que avanza sombreando el suelo.
Sonrío, es el ciclo de la vida que nace,
miro al cuerpo tapado con la toalla, sonrío otra vez y me doy la vuelta, me voy
de allí sonriendo mientras en mi cabeza se repite un mantra…la puta vieja sabía
por dónde volver, la puta vieja sabía como volver…
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