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sábado, 26 de marzo de 2016

LA ÚLTIMA OFRENDA DE LAS TIBISENAS





                                                                       I
No importa que la noche sea oscura como la sombra de un gato negro en la madrugada, da igual que el día esté iluminado con  un sol en cada punto cardinal,  que el cielo llore lágrimas de plata, que el viento mezcle olores inexistentes con furia demente, que un mar embravecido de cristales rotos y lenguas blancas saladas rompan con fuerza en los arrecifes que separan  lo sólido de lo líquido, que la ardiente masa de lava  que abrasa suavemente  la fértil tierra volviéndola infecunda y  solitaria lo acapare todo, que los relojes caminen en sentido contrario hacia un pasado olvidado, da igual que el mundo cambie su eje de rotación y que la izquierda sea derecha , el suelo techo, el igual infinito y el mañana nunca llegue. Todo da igual porque ahí siempre está ella. Con su mirada lasciva de ojos inertes y cautivadores,  su pelo rojizo atardecer que baila con el viento y la expresión inanimada de una cara que no da a conocer sus emociones. Así es ella, así es mi irreconocible y ardiente Elvira, mi odiosa y amada Elvira, mi sombra, mi angustia, mi desespero. Elvira de mi amor.
La hijaputa de Elvira.

                                                                       II

Cuenta una vieja leyenda familiar que no nací del vientre infecundo de mi señora madre, que me encontraron bajo una tunera india, mamando sangrientos tunos sin picarme con las púas; que mi almohada estaba hecha con pencas de tunera; que por manta y protector tenía a las Tibicenas, esos perros enormes como caballos, seres demoníacos que emergían del mar y habitaban los barrancos y costas de la isla; esperando las ofrendas de los guanches para así evitar ser comidos por ellas. Una ofrenda, eso era yo, la última ofrenda viviente para las tibicenas; extinguidas o irreales para unos isleños sometidos al franquismo y reales para unos pocos que dicen haberlas visto. Reales como la noche, que las protege y oculta entre las sombras y barrancos de Canarias.
Juan Tibiceno por nombre llevo. El primero por mi abuelo, y porque sin nombre bíblico esta hipócrita iglesia no te acepta. El segundo por mi madre, que, al no poder tener descendencia, suplicó mi custodia a los sanguinarios perros, a cambio de perpetuar durante las restantes generaciones el nombre Tibiceno.
Precoz, inteligente, astuto y desalmado decía mi abuelo que  yo era. Precoz e inteligente por caminar y hablar pronto; astuto y desalmado porque a mis tres añitos la radio paró al tiempo diciendo que Franco había muerto y su nieto, mirando la imagen en blanco y negro del retrato rió y rió hasta que fue su entierro.

La escuela me aburrió desde el primer día que mis míseros pies pisaron su sucio patio de flores marchitas. Las letras ya me las había enseñado mi abuelo en sus tardes de fumar pipa, sentado en la puerta de la casa antigua y ya desaparecida de las calles de Bañaderos. Los números los conocí mientras pescaba con mi abuelo, de Las Coloradas a Punta Camello los callaos y los pescados me instruían en el misterioso e incompresible mundo de las matemáticas.
De un primerizo Adolfo Suárez, sin recuerdo en mi memoria de párvulo, pasando por el Calvo Sotelo de la EGB, y deteniéndome en un mundo plagado de viejos, tristes y felices recuerdos  pasé a ser en la época del felipismo el Tibi del instituto. Tibi el de los barros y espinillos, el empollón, el joven que siempre quiso ser adulto. El Tibi que se encoñó perdidamente de Elvira la pelirroja, la diosa, el cuerpo que infantilmente rivalizó con la otra diosa, Bo Derek, la del papel cuché, la de catorce pulgadas, la del diez.

El Tibi que se manifestó por la creación de una universidad en Gran Canaria. En aquel año de palos y pelotazos policiales, en el que  uno de sus largos días fui apaleado por los monos.
Estábamos sentados en el suelo cantando lo de «Universidad, en Las Palmas ya», cuando la bombona de cristales enrejados paró y las puertas se abrieron vomitando un grupo de Policías Nacionales armados con porras y escopetas lanza pelotas. La multitud cantando la de « Esos de marrón, ¿de que instituto son?» y la lluvia de porras, pelotas, patadas y puñetazos que empezó sin razón. Huyendo por la Fuente Luminosa, buscando  refugio donde no hubiera lluvia de violencia  policial. Donde Elvira, la heroica y estúpida pelirroja encaró a la ley y una pelota le golpeó en el pecho. Allí vi por primera vez sus pechos. Un  pecho tuerto por el impacto, violeta coma una berenjena, y el otro, celestial y hermoso. Allí, quieto como un semáforo, recibí la gran paliza de la policía, pero daba igual porque había visto su seno sedoso y sabía que por lo menos, en cien pajas lo disfrutaría.

En la radio cantaban Danza Invisible, Sabrina revolucionaba la tele con sus tetas exuberantes, Bette Davis viajaba a otro mundo, Cela recogía el Nóbel de Literatura, y yo caminaba con pasos de gigante rumbo a la universidad, hasta que un error burocrático me llevó a la mili. La puta mili, la mili de El Jueves, de las revistas porno, de las guardias sin descanso. Donde conocí a la muerte, que vino un oscuro día de febrero, al Paseo de Chil, y entre literas, venas cortadas y Nirvana como banda sonora se llevó a un viejo amigo, de cuyo nombre no puedo acordarme. Mientras Perico Delgado pedaleaba en el Tour de Francia, yo trataba de localizar a la diosa de los pechos tiernos.

El año en que unos arqueólogos descubrían en Bolivia los restos de Ernesto Guevara, Diana de Gales encuentra su fin en aquel túnel francés, Calcuta llora a la Madre Teresa, Darío Fo es Nóbel de Literatura y Juan Tibiceno se licencia en Ciencias Empresariales.

Un año después oposito a funcionario de Hacienda. Un inspector de hacienda, que cambia  el descolorido Fiat Uno por un flamante Mercedes.
Años de éxito laboral, de dinero y felicidad comprada. Años de sexo de alquiler y amores sin sentido. Años de soledad infantil, de corazón herido por una pelirroja que no consigo quitar de mi vida. Años que pasan sin dar paz a mi cuerpo, cansado de ser pobre de amor, cansado de verla pasar y sus labios no poder besar. Años en los que lo he tenido todo y como tantos otros años, solo faltaba ella. Elvira la bella, la lejana, la imposible.

                                                                       III

Quince años tenía la figura esquelética de rostro angelical, cuando cruzó, por vez primera, la reja verde que daba paso al instituto con nombre de poeta; cuyo hito, fue la publicación de sus libros varias décadas después de que un día del Pino lo visitara la muerte. Viejo bronceado, que, con la mirada perdida y ausente, observa el paso de los aruquenses desde un rincón del parque Chino, gastado por el paso del tiempo y bisunto por dejadez del ayuntamiento.
Mirada desafiante, semblante alegre y segura de si misma. Naranja eclipsante bailando con  el aire. Cintura minúscula, caderas insinuantes, piernas de artista, posaderas mulatonas, pechos engañosos e intrigantes. Desafiando con su manera de andar las leyes de la gravedad. Dieciséis veranos sin saber que era el amor verdadero. Cinco mil ochocientos cuarenta días de noches tranquilas, hasta que llegó Elvira y me robó las horas y los días. De alimento tenía la sonrisa aniñada, las miradas y el balanceo de la melena de fuego de mi futura arpía.
El destino en forma de lista de asistencia nos une en la misma aula. Cuatro paredes frías, revestidas con ventanales luminosos y una verde pizarra de tiza. Vistas al la iglesia de Arucas, la gris, la mas bella de la isla, la que me hizo soñar tantas mañanas, con limusinas, arroz y el sí  de la santa misa.
Mirada penetrante, ojos esmeraldas, grandes y luminosos, piel suave y lechosa. Me mira, la miro, hablamos con la mirada, sus ojos me dicen algo pero no la entiendo. Se pierde en su pupitre, la busco, se gira, me busca, me encuentra, la encuentro. Me acerco, se levanta y se aleja; voy tras ella, la sigo, la pierdo, la encuentro. Siente mi mirada, se gira, me encuentra. Duda, dudo, me acerco, se acerca. Tres metros, un metro. Me mira, la miro, sonríe, sonrío.
Silencio. Rompe el silencio regalándome una sonrisa con forma de luna. Me gustas, dijo en verso, y a cambio de un beso, huyó con mi trabajo de ciencias. El primer beso de una vida dedicada a entregarle mi amor,  mis horas de sueños románticos, mi dicha.

Obsesión: Perturbación anímica producida por la idea fija de sentirme entre sus brazos. Perturbado por un amor no correspondido. Anímicamente agotado por seguir su figura de gacela en llamas, corriendo libremente por llanuras de novios por doquier, de celos corrosivos y supurantes. Una vez al mes, doce veces al año, veinte años. Doscientas cuarenta veces suplicando a ese corazón vacunado contra mis palabras, que fuera, mi novia, mi esposa, mi vida. Estudiando en una facultad que no me gustaba, solo por seguir cerca de ella.
Rompiendo caras, cegando ojos, partiendo labios que saboreaban el dulce manjar de una boca deseada. No localizarla en la noche, saber que estaba ausente de la acogedora morada, no encontrarla en verbenas alegres o discotecas de mala muerte desataba mi ira. Una ira contenida cuando la diva estaba presente.
Paseando por Las Salinas, de aguas oscuras y bravas, esperando a las olas que me hablaban y tras su estela de espuma hirviente ocultaban a los perros que me aconsejaban bajo la negra madrugada. Tibicenas que emergían de las frías aguas del atlántico, deambulando por playas y riscos, en busca del picadero improvisado de la noche de turno. Gruñendo con ojos rojizos y diabólicos a amantes, que ahumaban cristales de habitaciones de metal. Evitando el agravio de amantes anónimos, que, bajo un cielo infinito acariciaban su cuerpo, la sobaban, la penetraban. Que puta eras cuando no te controlaba.  

Un único beso de unos labios, sin sabor, sin sentimientos, fugaz como el flash back en mi memoria del primer día que la vi. No robé un beso en el pasado; comprendí con los años, que fue un beso comprado con ilusiones infantiles.
Amigos ante todo, sin derecho a roce, compañeros de fatigas estudiantiles. Llegando a la conclusión, tras dos décadas de adoración a la reina de corazones rotos, que mi camino por las ciencias empresariales, fue para ella, un trabajo de equipo, un punto de apoyo, un comodín ,sin el cual, ella, nunca habría llegado a ser  funcionaria de la Hacienda Pública.

Me quedo con la teta tuerta, que tantos desahogos felices me hizo gozar. Alivios de carne ficticios, que litros de esperma hicieron manar. Ella decía que, al contrario que a mi, la vida le dio más satisfacciones que amargura. Que la vida estaba llena de mujeres a las que amar, que yo era la satisfacción del amigo que siempre estuvo ahí, mimándola, protegiéndola, escuchándola. Que como decía Milanés; no bastaba con que la entendiera y muriera por ella, que no bastaba que en sus fracasos se refugiara en mí. Cansado de amar, sin palabras de amor hacia mi.
Hasta que al fin llega el día que por primera vez el destino la trae a mi hogar. Una antigua casa, rodeada de salinas cobrizas y rocas desgastadas por la brisa del mar. Cercana al charco de Las Palomas, donde tantas veces soñé con poderla besar. Feliz de verla entrar a mi casa, radiante y hermosa como el día que nació en esta alma cansada de luchar. Una carta de amor en la mano para mí, la carta que invitaba a ver como se unía en maldito matrimonio con alguien que no era yo. No la despedí. Llorando corrí a mi santuario, allí, miré sus fotos una y otra vez, jugué con sus lápices y bolígrafos extraviados. Ella, por quién tantos folios y tintas de amor gasté me lo agradecía así. Con una carta en forma de daga apuñalaba mi corazón. Abriendo el cajón de los fetiches ocultos y extrayendo el tesoro más preciado. Lloré sobre sus bragas robadas, que años atrás conseguí. Quise decirle adiós a mi niña mala, pero el olor de sus bragas me hizo desistir. No sé si estaba en mi cabeza o en mi nariz; la fragancia del sexo húmedo y jugoso me hizo revivir. No podía dejar que su vagina soñada, inexplorada y jamás saboreada, se entregara con pasión y deseo a un corazón ajeno a mí. Nunca fue mía, pero ahora, sin ella no podría vivir.
El último cartucho, la última ola, el último barco de mi destino, el último intento de un hombre herido. Como un loco enamorado que deshoja la margarita, desde la ventana del santuario, mientras tu Lexus rojo se alejaba por el abrasador asfalto, negro como mi alma, decidí, que el contigo, ganaba al sin ti.

                                                                    IV

Aquel día las tibicenas aullaron en los cruces de camino, sedientas de sangre y hambrientas de terror. Abandonaron las costas, barrancos y cuevas. Un círculo protector hicieron alrededor de mi hogar. Sosiego, paz y tranquilidad transmitieron hasta que mis ojos dejaron de sangrar. Sumido en un sueño profundo creí verla llorar. Apenada y dolorida entre mis sábanas se hundía, hablando de amores, deseos ocultos y pasiones. Acariciaba yo la teta tuerta con ternura, mientras jugaba, lamía y chupaba el otro pezón, sano, tieso y sabroso. Palabras de amor susurraba a mi tímpano herido de tantas negativas escuchar. Una mano suave y fría se desliza como ágil víbora entre mis piernas. Agarra el miembro erecto y candente, y sobre el glande, mojado, su dedo pulgar hace girar. En sentido de las agujas de reloj la yema se desliza suavemente. El tiempo se detiene un siglo, un segundo, un imperceptible nanosegundo. Su boca perfecta, de labios carnosos y corruptos, se abalanza sobre el pene palpitante y jugoso. Labios con oficio en el arte de amar. Se cierran abrazando suavemente el sexo inexplorado; un movimiento de lengua caliente, una explosión de  semen hirviente. Oscuridad. Sábanas mojadas. Llanto roto que rompe la noche y  perros del diablo aullando a la soledad. Cielo rojizo reflejado en el mar. Tarde sombría de un año que no quiere terminar.

El Arucasdigital sigue en lucha con el mamotreto, las vidrieras, y la corporación local. Martín gobierna en Canarias, Dios en Teror  y la Pepa en la capital. La ley antitabaco, la primera presidenta de Chile, Harry Potter vuelve a triunfar. El fuego de ETA que dicen que cesa. Barcelona gana la Copa de Europa, el Garros lo gana Nadal, Italia gana el Mundial y en basket gana la selección nacional. Nace Hisaito y se marchan la Dúrcal, Jurado y el Pinochet que nunca quiso matar. Pombo gana el Planeta y Yunus el Nóbel de la Paz.

Despierto embriagado por la amargura y el pesar de perderla para siempre. Paseo ausente y confuso, acompañado por mis perros de la muerte hasta que la noche me cubre con su manto de oscuridad. El desespero me conduce a Punta de Camello, la embravecida costa asesina que tantas vidas ha saboreado con sus lenguas de salitre furioso. La punta que no perdona ni a peces, ni algas, la que nunca deja ver su fondo, la que siempre está cubierta por el bullicio y el resplandor blanquecino de las olas que emergen sin sentido.
Una mirada atrás, un leve gesto de despedida a los ojos rojizos de los canes malditos que siempre fueron mis únicos amigos. Un salto al vacío oscuro y lejano. Un abrazo de hielo y un golpe en la frente que me transporta al mundo de los sueños reales e inexistentes.
Estoy bebiendo un vaso de agua grande como un jarrón chino, pero sin colores de dinastías y transparente como lentillas de contacto en su recipiente. El agua me llena la tripa con su sabor salado y cobrizo como sangre que corre entre mis dientes. Despierto del sueño de ahogado y voy en busca del oxígeno que regala la brisa marina. Acompañado de un corte en la frente y las gélidas aguas de olas ausentes transcurren cuatro horas esperando a la muerte.
Trepo por las rocas gastadas y regreso a la cima. Me cago en la Punta Camello, la de aguas bravas, mareas imposibles y olas sin rumbo. Maldigo el día en que tus aguas vigorosas se volvieron inertes y en ellas reinó la calma. El destino no está escrito como dicen los poetas y soñadores. Mi destino lo dirijo yo y mi rumbo ya no es ella. La destierro de mi mente y de mis sueños para siempre. Hoy, mi vida no ha muerto, en mi vida ha muerto Elvira.

                                                                       V

Refugiándome en la escritura conseguí devolver el río tormentoso que había sido hasta ese momento mi pasado a un cauce sereno y relajado, con un rumbo de futuro esperanzador e ilusiones renovadas a mi vieja condición de escritor. Pasaba las tardes y noches tecleando dulcemente mi Presario al ritmo de palabras libres y pensamientos ocultos en mi memoria. Las mañanas transcurrían entre papeles de embargos, rentas y llamadas de teléfono; entre el papeleo se colaba alguna idea de relatos que velozmente copiaba en mi libreta de ideas futuribles. Pasadas siete semanas del fracasado suicidio apareció ella. La desaparecida, la lejana, la ausente y olvidada pelirroja. La hijaputa de Elvira.
Estando en una reunión importante de trabajo la vi de lejos. Estaba situada bajo el umbral de la puerta principal, guapa como siempre, pero alicaída, tristona y sin el brillo alegre de sus ojos; bajé la vista un instante y cuando la levanté ella ya no estaba allí. La llamé al móvil y una robótica voz femenina me indicó que ese número no existía. Tomé la decisión de no conducir y volver a casa en guagua, mezclarme en el bullicio del transporte público, recrearme en la feria de rostros ajenos que subían y bajaban en las diferentes estaciones de Las Palmas. El cartel de parada solicitada se iluminó y la Global se detuvo una parada antes del Tiro Olímpico. En la que solo bajan y suben pescadores. Las puertas se abrieron y nadie bajó, el chofer miraba receloso y nadie bajaba; las puertas cerraron y al empezar a caminar la guagua la vi. Sentada en el borde de un estanque, las piernas cruzadas como solo ella y Sharon Stone sabían hacerlo, las llamaradas de su pelo al viento y su sonrisa cautivadora de labios tiernos y húmedos. Bajé en la siguiente parada y corrí a la anterior por el abrasador asfalto de la pista. Un movimiento por el rabillo del ojo me hizo mirar a las salinas, y allí estaba ella que corría dirección al Puertillo. Corrí por las salinas, el charco de Las Palomas y la potabilizadora hasta llegar a casa. Entré y olí su fragancia de rosas y lavanda, pero no estaba allí.
Soñé con ella, un sueño en el que ella no decía nada, caminaba y corría pero nunca me acercaba; ella paraba, miraba y con un gesto de sus manos suplicaba que la alcanzara. Desperté del sueño turbio y amargo; con rumbo rutinario iba hacia el baño y al pasar por una de las ventanas el rojo apagado de mi Mercedes desvía mi atención. Sentada al volante la diosa de mi corazón, levanta la vista y veo sus ojos llorosos que suplican piedad. Corro poseído por el miedo a perderla otra vez, y al llegar, descalzo y en pelotas, no la veo allí. El motor al ralentí, su aroma en el interior y Luz Casal cantando Te dejé Marchar.

                                                                       VI

Noche de luna en un año terminado en siete. Año de elecciones y detenciones. Otro niño que desaparece sin dejar rastro. Barcelona y Madrid empatan a tres. Vargas Llosa inaugura su foro en un acto político de Soria y otro kamikaze se inmola en la Casablanca de Humphrey Bogart.
 Mientras escribo estas palabras siento tu presencia cerca. Mi amada Elvira, mi odiosa pelo de fuego. Quisiera cantarte una canción, pero un nudo en la garganta lo impide. Luz Casal lo hace por mí: Hemos vivido en una isla tanto tiempo flotando sobre el mar. Yo sabía que te quería y te dejé marchar. Después de la última noche te dejé marchar. Mi corazón se está desangrando por la ternura que se fue, por la que te mató.  Miro por la ventana y ahí estas. Acompañada por mis tibicenas que aúllan a la luna con pasión. Espera, te digo con la mano; doy la vuelta y me siento ante la pantalla del ordenador. Mis últimas palabras tecleo en el ordenador, mi última reflexión. Mi última confesión se la regalo a la impresora que tantas palabras que no supe decir escupió.
Por verte feliz en brazos de otro mis manos te estrangularon, sentir como el último aire que expiraste era para mí me hizo gozar solo un instante y luego no sentí nada más.

Siempre quise ser escritor y no lo conseguí, esta será mi obra póstuma pues me voy tras de ti. Célibe como un monje de clausura que cuelga el hábito para descubrir una nueva vida; así dejo este mundo y me voy cogido de tu mano, acompañado de los perros del demonio que emergen del salado atlántico en busca de una ofrenda.
Y es que eso es lo que soy desde que nací. La última ofrenda de las Tibicenas

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