I
No importa que la noche
sea oscura como la sombra de un gato negro en la madrugada, da igual que el día
esté iluminado con un sol en cada punto
cardinal, que el cielo llore lágrimas de
plata, que el viento mezcle olores inexistentes con furia demente, que un mar
embravecido de cristales rotos y lenguas blancas saladas rompan con fuerza en
los arrecifes que separan lo sólido de
lo líquido, que la ardiente masa de lava
que abrasa suavemente la fértil
tierra volviéndola infecunda y solitaria
lo acapare todo, que los relojes caminen en sentido contrario hacia un pasado
olvidado, da igual que el mundo cambie su eje de rotación y que la izquierda
sea derecha , el suelo techo, el igual infinito y el mañana nunca llegue. Todo
da igual porque ahí siempre está ella. Con su mirada lasciva de ojos inertes y
cautivadores, su pelo rojizo atardecer
que baila con el viento y la expresión inanimada de una cara que no da a
conocer sus emociones. Así es ella, así es mi irreconocible y ardiente Elvira,
mi odiosa y amada Elvira, mi sombra, mi angustia, mi desespero. Elvira de mi
amor.
La hijaputa de Elvira.
II
Cuenta una vieja leyenda
familiar que no nací del vientre infecundo de mi señora madre, que me
encontraron bajo una tunera india, mamando sangrientos tunos sin picarme con
las púas; que mi almohada estaba hecha con pencas de tunera; que por manta y protector
tenía a las Tibicenas, esos perros enormes como caballos, seres demoníacos que
emergían del mar y habitaban los barrancos y costas de la isla; esperando las
ofrendas de los guanches para así evitar ser comidos por ellas. Una ofrenda,
eso era yo, la última ofrenda viviente para las tibicenas; extinguidas o
irreales para unos isleños sometidos al franquismo y reales para unos pocos que
dicen haberlas visto. Reales como la noche, que las protege y oculta entre las
sombras y barrancos de Canarias.
Juan Tibiceno por nombre
llevo. El primero por mi abuelo, y porque sin nombre bíblico esta hipócrita
iglesia no te acepta. El segundo por mi madre, que, al no poder tener
descendencia, suplicó mi custodia a los sanguinarios perros, a cambio de
perpetuar durante las restantes generaciones el nombre Tibiceno.
Precoz, inteligente,
astuto y desalmado decía mi abuelo que yo
era. Precoz e inteligente por caminar y hablar pronto; astuto y desalmado porque
a mis tres añitos la radio paró al tiempo diciendo que Franco había muerto y su
nieto, mirando la imagen en blanco y negro del retrato rió y rió hasta que fue
su entierro.
La escuela me aburrió
desde el primer día que mis míseros pies pisaron su sucio patio de flores
marchitas. Las letras ya me las había enseñado mi abuelo en sus tardes de fumar
pipa, sentado en la puerta de la casa antigua y ya desaparecida de las calles de
Bañaderos. Los números los conocí mientras pescaba con mi abuelo, de Las
Coloradas a Punta Camello los callaos y los pescados me instruían en el
misterioso e incompresible mundo de las matemáticas.
De un primerizo Adolfo
Suárez, sin recuerdo en mi memoria de párvulo, pasando por el Calvo Sotelo de la EGB, y deteniéndome en un
mundo plagado de viejos, tristes y felices recuerdos pasé a ser en la época del felipismo
el Tibi del instituto. Tibi el de los barros y espinillos, el empollón, el
joven que siempre quiso ser adulto. El Tibi que se encoñó perdidamente de
Elvira la pelirroja, la diosa, el cuerpo que infantilmente rivalizó con la otra
diosa, Bo Derek, la del papel cuché, la de catorce pulgadas, la del diez.
El Tibi que se manifestó
por la creación de una universidad en Gran Canaria. En aquel año de palos y
pelotazos policiales, en el que uno de
sus largos días fui apaleado por los monos.
Estábamos sentados en el
suelo cantando lo de «Universidad, en Las Palmas ya», cuando la bombona
de cristales enrejados paró y las puertas se abrieron vomitando un grupo de Policías
Nacionales armados con porras y escopetas lanza pelotas. La multitud cantando
la de « Esos de marrón, ¿de que instituto son?» y la lluvia de porras, pelotas,
patadas y puñetazos que empezó sin razón. Huyendo por la Fuente Luminosa,
buscando refugio donde no hubiera lluvia
de violencia policial. Donde Elvira, la
heroica y estúpida pelirroja encaró a la ley y una pelota le golpeó en el
pecho. Allí vi por primera vez sus pechos. Un
pecho tuerto por el impacto, violeta coma una berenjena, y el otro,
celestial y hermoso. Allí, quieto como un semáforo, recibí la gran paliza de la
policía, pero daba igual porque había visto su seno sedoso y sabía que por lo
menos, en cien pajas lo disfrutaría.
En la radio cantaban
Danza Invisible, Sabrina revolucionaba la tele con sus tetas exuberantes, Bette
Davis viajaba a otro mundo, Cela recogía el Nóbel de Literatura, y yo caminaba
con pasos de gigante rumbo a la universidad, hasta que un error burocrático me
llevó a la mili. La puta mili, la mili de El Jueves, de las revistas porno, de
las guardias sin descanso. Donde conocí a la muerte, que vino un oscuro día de
febrero, al Paseo de Chil, y entre literas, venas cortadas y Nirvana como banda
sonora se llevó a un viejo amigo, de cuyo nombre no puedo acordarme. Mientras
Perico Delgado pedaleaba en el Tour de Francia, yo trataba de localizar a la
diosa de los pechos tiernos.
El año en que unos
arqueólogos descubrían en Bolivia los restos de Ernesto Guevara, Diana de Gales
encuentra su fin en aquel túnel francés, Calcuta llora a la Madre Teresa, Darío
Fo es Nóbel de Literatura y Juan Tibiceno se licencia en Ciencias
Empresariales.
Un año después oposito a
funcionario de Hacienda. Un inspector de hacienda, que cambia el descolorido Fiat Uno por un flamante
Mercedes.
Años de
éxito laboral, de dinero y felicidad comprada. Años de sexo de alquiler y
amores sin sentido. Años de soledad infantil, de corazón herido por una
pelirroja que no consigo quitar de mi vida. Años que pasan sin dar paz a mi
cuerpo, cansado de ser pobre de amor, cansado de verla pasar y sus labios no
poder besar. Años en los que lo he tenido todo y como tantos otros años, solo
faltaba ella. Elvira la bella, la lejana, la imposible.
III
Quince años tenía la
figura esquelética de rostro angelical, cuando cruzó, por vez primera, la reja
verde que daba paso al instituto con nombre de poeta; cuyo hito, fue la
publicación de sus libros varias décadas después de que un día del Pino lo
visitara la muerte. Viejo bronceado, que, con la mirada perdida y ausente,
observa el paso de los aruquenses desde un rincón del parque Chino, gastado por
el paso del tiempo y bisunto por dejadez del ayuntamiento.
Mirada desafiante,
semblante alegre y segura de si misma. Naranja eclipsante bailando con el aire. Cintura minúscula, caderas insinuantes,
piernas de artista, posaderas mulatonas, pechos engañosos e intrigantes.
Desafiando con su manera de andar las leyes de la gravedad. Dieciséis veranos
sin saber que era el amor verdadero. Cinco mil ochocientos cuarenta días de
noches tranquilas, hasta que llegó Elvira y me robó las horas y los días. De
alimento tenía la sonrisa aniñada, las miradas y el balanceo de la melena de
fuego de mi futura arpía.
El destino en forma de
lista de asistencia nos une en la misma aula. Cuatro paredes frías, revestidas
con ventanales luminosos y una verde pizarra de tiza. Vistas al la iglesia de
Arucas, la gris, la mas bella de la isla, la que me hizo soñar tantas mañanas,
con limusinas, arroz y el sí de
la santa misa.
Mirada penetrante, ojos
esmeraldas, grandes y luminosos, piel suave y lechosa. Me mira, la miro,
hablamos con la mirada, sus ojos me dicen algo pero no la entiendo. Se pierde
en su pupitre, la busco, se gira, me busca, me encuentra, la encuentro. Me
acerco, se levanta y se aleja; voy tras ella, la sigo, la pierdo, la encuentro.
Siente mi mirada, se gira, me encuentra. Duda, dudo, me acerco, se acerca. Tres
metros, un metro. Me mira, la miro, sonríe, sonrío.
Silencio. Rompe el
silencio regalándome una sonrisa con forma de luna. Me gustas, dijo en
verso, y a cambio de un beso, huyó con mi trabajo de ciencias. El primer beso
de una vida dedicada a entregarle mi amor,
mis horas de sueños románticos, mi dicha.
Obsesión: Perturbación
anímica producida por la idea fija de sentirme entre sus brazos. Perturbado por
un amor no correspondido. Anímicamente agotado por seguir su figura de gacela
en llamas, corriendo libremente por llanuras de novios por doquier, de celos
corrosivos y supurantes. Una vez al mes, doce veces al año, veinte años.
Doscientas cuarenta veces suplicando a ese corazón vacunado contra mis
palabras, que fuera, mi novia, mi esposa, mi vida. Estudiando en una facultad
que no me gustaba, solo por seguir cerca de ella.
Rompiendo caras, cegando
ojos, partiendo labios que saboreaban el dulce manjar de una boca deseada. No
localizarla en la noche, saber que estaba ausente de la acogedora morada, no
encontrarla en verbenas alegres o discotecas de mala muerte desataba mi ira.
Una ira contenida cuando la diva estaba presente.
Paseando por Las
Salinas, de aguas oscuras y bravas, esperando a las olas que me hablaban y tras
su estela de espuma hirviente ocultaban a los perros que me aconsejaban bajo la
negra madrugada. Tibicenas que emergían de las frías aguas del atlántico,
deambulando por playas y riscos, en busca del picadero improvisado de la noche
de turno. Gruñendo con ojos rojizos y diabólicos a amantes, que ahumaban
cristales de habitaciones de metal. Evitando el agravio de amantes anónimos,
que, bajo un cielo infinito acariciaban su cuerpo, la sobaban, la penetraban.
Que puta eras cuando no te controlaba.
Un único beso de unos
labios, sin sabor, sin sentimientos, fugaz como el flash back en mi memoria del
primer día que la vi. No robé un beso en el pasado; comprendí con los años, que
fue un beso comprado con ilusiones infantiles.
Amigos ante todo, sin
derecho a roce, compañeros de fatigas estudiantiles. Llegando a la conclusión,
tras dos décadas de adoración a la reina de corazones rotos, que mi camino por
las ciencias empresariales, fue para ella, un trabajo de equipo, un punto de
apoyo, un comodín ,sin el cual, ella, nunca habría llegado a ser funcionaria de la Hacienda Pública.
Me quedo con la teta
tuerta, que tantos desahogos felices me hizo gozar. Alivios de carne ficticios,
que litros de esperma hicieron manar. Ella decía que, al contrario que a mi, la
vida le dio más satisfacciones que amargura. Que la vida estaba llena de
mujeres a las que amar, que yo era la satisfacción del amigo que siempre estuvo
ahí, mimándola, protegiéndola, escuchándola. Que como decía Milanés; no bastaba
con que la entendiera y muriera por ella, que no bastaba que en sus fracasos se
refugiara en mí. Cansado de amar, sin palabras de amor hacia mi.
Hasta que al fin llega
el día que por primera vez el destino la trae a mi hogar. Una antigua casa,
rodeada de salinas cobrizas y rocas desgastadas por la brisa del mar. Cercana
al charco de Las Palomas, donde tantas veces soñé con poderla besar. Feliz de
verla entrar a mi casa, radiante y hermosa como el día que nació en esta alma
cansada de luchar. Una carta de amor en la mano para mí, la carta que invitaba
a ver como se unía en maldito matrimonio con alguien que no era yo. No la
despedí. Llorando corrí a mi santuario, allí, miré sus fotos una y otra vez,
jugué con sus lápices y bolígrafos extraviados. Ella, por quién tantos folios y
tintas de amor gasté me lo agradecía así. Con una carta en forma de daga
apuñalaba mi corazón. Abriendo el cajón de los fetiches ocultos y extrayendo el
tesoro más preciado. Lloré sobre sus bragas robadas, que años atrás conseguí.
Quise decirle adiós a mi niña mala, pero el olor de sus bragas me hizo
desistir. No sé si estaba en mi cabeza o en mi nariz; la fragancia del sexo
húmedo y jugoso me hizo revivir. No podía dejar que su vagina soñada,
inexplorada y jamás saboreada, se entregara con pasión y deseo a un corazón
ajeno a mí. Nunca fue mía, pero ahora, sin ella no podría vivir.
El último cartucho, la
última ola, el último barco de mi destino, el último intento de un hombre
herido. Como un loco enamorado que deshoja la margarita, desde la ventana del
santuario, mientras tu Lexus rojo se alejaba por el abrasador asfalto, negro
como mi alma, decidí, que el contigo, ganaba al sin ti.
IV
Aquel día las tibicenas
aullaron en los cruces de camino, sedientas de sangre y hambrientas de terror.
Abandonaron las costas, barrancos y cuevas. Un círculo protector hicieron
alrededor de mi hogar. Sosiego, paz y tranquilidad transmitieron hasta que mis
ojos dejaron de sangrar. Sumido en un sueño profundo creí verla llorar. Apenada
y dolorida entre mis sábanas se hundía, hablando de amores, deseos ocultos y
pasiones. Acariciaba yo la teta tuerta con ternura, mientras jugaba, lamía y
chupaba el otro pezón, sano, tieso y sabroso. Palabras de amor susurraba a mi
tímpano herido de tantas negativas escuchar. Una mano suave y fría se desliza
como ágil víbora entre mis piernas. Agarra el miembro erecto y candente, y
sobre el glande, mojado, su dedo pulgar hace girar. En sentido de las agujas de
reloj la yema se desliza suavemente. El tiempo se detiene un siglo, un segundo,
un imperceptible nanosegundo. Su boca perfecta, de labios carnosos y corruptos,
se abalanza sobre el pene palpitante y jugoso. Labios con oficio en el arte de
amar. Se cierran abrazando suavemente el sexo inexplorado; un movimiento de
lengua caliente, una explosión de semen
hirviente. Oscuridad. Sábanas mojadas. Llanto roto que rompe la noche y perros del diablo aullando a la soledad.
Cielo rojizo reflejado en el mar. Tarde sombría de un año que no quiere
terminar.
El Arucasdigital sigue
en lucha con el mamotreto, las vidrieras, y la corporación local. Martín
gobierna en Canarias, Dios en Teror y la Pepa en la
capital. La ley antitabaco, la primera presidenta de Chile, Harry Potter vuelve
a triunfar. El fuego de ETA que dicen que cesa. Barcelona gana la Copa de Europa, el Garros lo
gana Nadal, Italia gana el Mundial y en basket gana la selección nacional. Nace
Hisaito y se marchan la Dúrcal,
Jurado y el Pinochet que nunca quiso matar. Pombo gana el Planeta y Yunus el
Nóbel de la Paz.
Despierto embriagado por
la amargura y el pesar de perderla para siempre. Paseo ausente y confuso,
acompañado por mis perros de la muerte hasta que la noche me cubre con su manto
de oscuridad. El desespero me conduce a Punta de Camello, la embravecida costa
asesina que tantas vidas ha saboreado con sus lenguas de salitre furioso. La
punta que no perdona ni a peces, ni algas, la que nunca deja ver su fondo, la
que siempre está cubierta por el bullicio y el resplandor blanquecino de las
olas que emergen sin sentido.
Una mirada atrás, un
leve gesto de despedida a los ojos rojizos de los canes malditos que siempre
fueron mis únicos amigos. Un salto al vacío oscuro y lejano. Un abrazo de hielo
y un golpe en la frente que me transporta al mundo de los sueños reales e
inexistentes.
Estoy bebiendo un vaso
de agua grande como un jarrón chino, pero sin colores de dinastías y transparente
como lentillas de contacto en su recipiente. El agua me llena la tripa con su
sabor salado y cobrizo como sangre que corre entre mis dientes. Despierto del
sueño de ahogado y voy en busca del oxígeno que regala la brisa marina. Acompañado
de un corte en la frente y las gélidas aguas de olas ausentes transcurren
cuatro horas esperando a la muerte.
Trepo por las rocas
gastadas y regreso a la cima. Me cago en la Punta Camello, la de aguas
bravas, mareas imposibles y olas sin rumbo. Maldigo el día en que tus aguas
vigorosas se volvieron inertes y en ellas reinó la calma. El destino no está
escrito como dicen los poetas y soñadores. Mi destino lo dirijo yo y mi rumbo ya
no es ella. La destierro de mi mente y de mis sueños para siempre. Hoy, mi vida
no ha muerto, en mi vida ha muerto Elvira.
V
Refugiándome en la
escritura conseguí devolver el río tormentoso que había sido hasta ese momento mi
pasado a un cauce sereno y relajado, con un rumbo de futuro esperanzador e
ilusiones renovadas a mi vieja condición de escritor. Pasaba las tardes y
noches tecleando dulcemente mi Presario al ritmo de palabras libres y
pensamientos ocultos en mi memoria. Las mañanas transcurrían entre papeles de
embargos, rentas y llamadas de teléfono; entre el papeleo se colaba alguna idea
de relatos que velozmente copiaba en mi libreta de ideas futuribles. Pasadas
siete semanas del fracasado suicidio apareció ella. La desaparecida, la lejana,
la ausente y olvidada pelirroja. La hijaputa de Elvira.
Estando en una reunión
importante de trabajo la vi de lejos. Estaba situada bajo el umbral de la
puerta principal, guapa como siempre, pero alicaída, tristona y sin el brillo
alegre de sus ojos; bajé la vista un instante y cuando la levanté ella ya no
estaba allí. La llamé al móvil y una robótica voz femenina me indicó que ese
número no existía. Tomé la decisión de no conducir y volver a casa en guagua,
mezclarme en el bullicio del transporte público, recrearme en la feria de
rostros ajenos que subían y bajaban en las diferentes estaciones de Las Palmas.
El cartel de parada solicitada se iluminó y la Global se detuvo una parada
antes del Tiro Olímpico. En la que solo bajan y suben pescadores. Las puertas
se abrieron y nadie bajó, el chofer miraba receloso y nadie bajaba; las puertas
cerraron y al empezar a caminar la guagua la vi. Sentada en el borde de un
estanque, las piernas cruzadas como solo ella y Sharon Stone sabían hacerlo,
las llamaradas de su pelo al viento y su sonrisa cautivadora de labios tiernos
y húmedos. Bajé en la siguiente parada y corrí a la anterior por el abrasador
asfalto de la pista. Un movimiento por el rabillo del ojo me hizo mirar a las
salinas, y allí estaba ella que corría dirección al Puertillo. Corrí por las
salinas, el charco de Las Palomas y la potabilizadora hasta llegar a casa.
Entré y olí su fragancia de rosas y lavanda, pero no estaba allí.
Soñé con ella, un sueño
en el que ella no decía nada, caminaba y corría pero nunca me acercaba; ella paraba,
miraba y con un gesto de sus manos suplicaba que la alcanzara. Desperté del
sueño turbio y amargo; con rumbo rutinario iba hacia el baño y al pasar por una
de las ventanas el rojo apagado de mi Mercedes desvía mi atención. Sentada al
volante la diosa de mi corazón, levanta la vista y veo sus ojos llorosos que
suplican piedad. Corro poseído por el miedo a perderla otra vez, y al llegar,
descalzo y en pelotas, no la veo allí. El motor al ralentí, su aroma en el
interior y Luz Casal cantando Te dejé Marchar.
VI
Noche de luna en un año
terminado en siete. Año de elecciones y detenciones. Otro niño que desaparece
sin dejar rastro. Barcelona y Madrid empatan a tres. Vargas Llosa inaugura su
foro en un acto político de Soria y otro kamikaze se inmola en la Casablanca de Humphrey
Bogart.
Mientras escribo estas palabras siento tu
presencia cerca. Mi amada Elvira, mi odiosa pelo de fuego. Quisiera cantarte
una canción, pero un nudo en la garganta lo impide. Luz Casal lo hace por mí: Hemos
vivido en una isla tanto tiempo flotando sobre el mar. Yo sabía que te quería y
te dejé marchar. Después de la última noche te dejé marchar. Mi corazón se está
desangrando por la ternura que se fue, por la que te mató. Miro por la ventana y ahí estas. Acompañada
por mis tibicenas que aúllan a la luna con pasión. Espera, te digo con la mano;
doy la vuelta y me siento ante la pantalla del ordenador. Mis últimas palabras
tecleo en el ordenador, mi última reflexión. Mi última confesión se la regalo a
la impresora que tantas palabras que no supe decir escupió.
Por verte feliz en brazos
de otro mis manos te estrangularon, sentir como el último aire que expiraste
era para mí me hizo gozar solo un instante y luego no sentí nada más.
Siempre quise ser
escritor y no lo conseguí, esta será mi obra póstuma pues me voy tras de ti. Célibe
como un monje de clausura que cuelga el hábito para descubrir una nueva vida;
así dejo este mundo y me voy cogido de tu mano, acompañado de los perros del
demonio que emergen del salado atlántico en busca de una ofrenda.
Y es que eso es lo que
soy desde que nací. La última ofrenda de las Tibicenas
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