Para un buen amigo que me preguntó
donde podía leer este cuento de mi antiguo blog.
La sombra de la muerte
Se acercó al
otro perro muerto y comenzó a dar vueltas alrededor olisqueando el olor del
celo, levantó el hocico y aspiró un aire enrarecido cargado de tierra, aromas
de hierbas, sudor y celo humano, comida y muerte. Alzó las orejas y percibió
entre el sonido del viento y el canto de los pájaros sus voces. Y los vio a lo
lejos, muy lejos, en lo más alto de los riscos, camino de la Cañada de Geuco. Eran
cuatro y miraban hacia abajo, pero no pudo distinguir si lo miraban a él o a la
sombra de la muerte que subía tras ellos por la pedrera.
***
―Einer ¿Qué está
haciendo…parece más grande que el perro muerto?
―Dar vueltas,
parece que está olfateando el aire…yo diría que está mirando hacia aquí. ―Pásame
los prismáticos, quiero ver que perro es.
―Uno grande y
feo. Cógelos.
―Ya, seguro que
se parece a tu madre, capullo.
―No te pases
Desiré, no te pases que yo no me he metido contigo.
―¿No? ¿Estás
seguro? Llevas dos horas diciéndome lentorra, que me pesa el culo y haciendo
chistes machistas.
―Vale ya. Se
acabaron las tonterías ¿Qué está haciendo Desi?
―¿Quién Rayco? ¿El
perro o la madre de Einer?
―Te pasaste
niñata, te meto tal galleta que los ojos te los estampo en el risco. Culona de
mierda, te voy a…
―¡Eh, eh! Las
manos quietas ¡Suéltala Einer! Sepárense… ayúdame a separarlos Asier.
―Deja que se
maten. Yo sigo corriendo, nos vemos en Pilancones.
―¡Hostias,
Asier! Espera que ya vamos todos juntos. Desi, Einer déjense de tonterías y
peleas y vámonos que se hace tarde.
―¡Espera Asier!
¡Para! ¿Y el perro?
―Desiré. Yo no
lo maté, y me da igual tanto el perro vivo como el muerto. Solo quiero terminar
el entrenamiento y volver a Fataga. No me da morbo ver como un perro huele a
otro perro atropellado… ¿Qué quieres ver? ¿Quieres ver como un perro llora por
otro? ¿Quieres ver un perro comiéndose a otro? ¿O solo quieres ver como se lo
folla? …me da igual lo que haga el perro, yo sigo corriendo, que a eso vine, a
entrenar unas horas, llegar al bareto del pueblo, tomarnos unas cervecitas y
coger el coche y volver a casa.
―¡Eh, Desi! ¿Qué
está haciendo el perro? Me da que se lo está comiendo.
―¿Qué ves? ¿Qué
hace, Desi?
―No lo veo bien
desde aquí, pero parece que está mordiéndole el cuello. Tiene sangre en el
hocico…se le ve muy nervioso…va de un lado a otro…mete otra vez el hocico en el
cuello…se movió el perro muerto, me da que se lo está comiendo. Va por atrás y
le huele el culo, me da que está haciendo guarradas…me ha visto…no me quita los
ojos de encima…¡Viene, viene!...
***
Dejó de mirar a
la sombra de la muerte y miró al perro muerto. Se acercó a su cuello y lamió
las heridas en un último intento de devolverle a la vida. Sabía que ya no
estaba vivo pero se negaba a asumir que ya no estuviera aquí. Caminó de
izquierda a derecha y de derecha a izquierda una y otra vez gimiendo como un
perro herido. Y lo intentó por última vez empujado con la cabeza el lomo del
perro muerto. Solo consiguió que de su cuerpo inerte saliera más sangre y un
aroma mezclado de orines y feromonas. Le olió el trasero tratando de
identificar de donde provenía ese nuevo olor mezclado con la identidad del
perro muerto, y descubrió por primera vez lo que era el sexo. La sensación de
montarlo lo poseyó como una garrapata a un animal de sangre caliente. Pero no
pudo porque el sexo del muerto estaba colocado
en una posición inaccesible para un perro.
Percibió que
alguien lo miraba, miró hacia la cima de los riscos y los vio otra vez, y cerca
de ellos se encontraba la sombra de la muerte que reptaba sobre la tierra y las
piedras. Olfateó y percibió el aroma del sexo humano, la fragancia de flores
artificiales y el hedor de la muerte. Sintió
curiosidad por tantos seres incomprensibles que compartían un mismo mundo y
vivían en mundos opuestos. Y decidió seguir el rastro de olores extraños que
flotaban en el ambiente, olores adheridos a las hierbas del camino, olores
regados en la tierra y las piedras del sendero.
***
―No creo que
suba Desiré, desde aquí no podemos apreciar si se movió a otro lado o si de
verdad sube…¡cabrones!...¿no me van a esperar?
―Corre Rayco,
vámonos de aquí antes de que llegue.
―No seas
paranoica, voy a asegurarme de que no viene. Nos vemos en El Gigante. Grítale a
Asier para que nos espere allí. Einer déjate de tonterías y no molestes a
Desiré.
―Corre niñata,
culo gordo. Ves como te pesa el culo, no eres capaz de superarte ni huyendo de
un perro. Quédate en tu casa y así no nos haces de lastre cada vez que salimos
a entrenar.
―No…soyun... lastre…amíme…invitarona…correrEi…ner…y…sier…
―Ya…respira culo
gordo. Ves como te asfixias corriendo. Te invitaron a venir porque se les caen
las babas por ti.
―Idiota
―¡Eh! Veo que
una sola palabra si la puedes decir corriendo. Mira, el cabrón de Asier ya
llegó arriba. Qué raro que haya dejado a su princesita atrás, o será que
entrenando eres una carga para él.
―Que te den.
―Muy bien, has
dicho una frase sin asfixiarte…¡Mierda! Esto va en serio, ahí viene Rayco
gritando como un loco. Corre culona…que viene el perro.
―Pero…¿porqué?
―Yo que sé por
qué coño viene. De lejos se veía que era enorme. Tenemos que buscar algún sitio
donde subir, refugiarnos, o yo que sé.
―Dame la mochila Desiré.
―Coño, Asier,
que susto.
―No te asustes
Einer, es el perro el que te va a morder.
―¿Por qué viene?
No le hemos hecho nada, Asier.
―No sé. Es un
comportamiento muy raro en un perro. Desde que era pequeño he tenido perros y
por norma general tienen una conducta normal, pero este tiene que tener los
cables cruzados. Quizás el otro era su cachorro, o su perra…aunque también
puede que Rayco nos esté engañando para reírse un rato.
―No…Rayco…no…jugaría coneso…
―Es verdad, el
tortolito no te haría eso.
―Vamos a esperar
aquí por Rayco. Y vamos pensando que hacer si de verdad viene ese perro ¿Qué se
te ocurre Desiré?
―Tenemos pocas
opciones, aparte de coger piedras. O nos hacemos una bajada suicida hasta las
casas de Gitagana; aunque creo que es una locura porque no hay camino y
porque probablemente el perro baje más rápido que nosotros. O seguimos
corriendo hasta la degollada de La Manzanilla, que creo que por el camino hay
una caseta de obras de medio ambiente y nos podríamos subir al techo; aunque
está un poco lejos. O buscamos un árbol o un risco donde no pueda subir el
perro.
―Y si seguimos corriendo y dejamos a Rayco de
merienda. No me mires así Asier, era solo una idea…y si sigue teniendo hambre
que se coma a la culona.
―No te pases.
Esto va en serio y ya no es cuestión de rápidos y lentos. Tenemos que seguir
juntos…¡Eh! Rayco, dime que es una broma pesada de las tuyas.
―Quevá…teoprometo…el
puto…perro…viene detrás…no corre, pero viene ligerito. Agua, tengo que
beber…¿Qué hacemos?
―¿Y si nos
escondemos? Nos tumbamos detrás de esas piedras y vemos si sigue de largo…a lo
mejor es el perro de algún pastor y pasa por este camino de vuelta a su casa.
―Bien, Einer, te
felicito, por fin dices algo coherente.
***
Llegó a la cima con la lengua fuera, exhausto, miró alrededor buscando agua.
Olfateó una tabaiba, uno de los humanos había marcado el territorio. Levantó la
pata y lo marcó también. Su orín corrosivo rápidamente absorbió al olor humano.
Barrió con la mirada toda la Cañada de Geuco tratando de localizar a los
humanos. No los vio, ni allí, ni en el Gigante y tampoco los vio por Los
Vicentillos. Agudizó el olfato y encontró olores corporales en las hierbas del
camino, rastros de sangre mezclados con olor a sexo que flotaban en el ambiente
y un olor extraño que no supo descifrar de qué provenía. Era el olor del miedo.
Caminó siguiendo el rastro a través del sendero y al
llegar a un recodo del camino la brisa le golpeó el hocico robándole la pista
de los humanos. Clavó la mirada en las dunas de Maspalomas y dejó que la brisa
del mar le acariciara el pelaje. No trató de recuperar el rastro perdido porque
sabía que con esa brisa sería muy difícil dar con los humanos. Y dejó el camino.
Subió por una ladera buscando el punto más alto para tener mejor visión y
tratar de localizarlos desde arriba. Era cuestión de lógica, si llegaba a la
cima los vería a lo lejos en cualquier parte del camino, siempre y cuando no
huyeran hacia el pinar. Durante la ascensión sintió un aguijonazo, un aviso,
una llamada, una sensación de alguien me mira, alguien me observa, alguien sabe
que estas aquí. Giró rápidamente buscando de donde venía ese presentimiento. Árboles,
maleza, piedras y pinos. Sintió otra vez el aguijonazo, la sensación de ser
observado y se dejó llevar por el instinto. Solo vio unas rocas enormes en la
cima de El Gigante que le decían que de allí provenía el aviso. Rocas, solo
rocas en las que había algo que no tenía sentido. Miró girando el cuello hacia
los lados buscando diferentes perspectivas. Sabía que había algo allí pero no
encontraba sentido a lo que tenía que ver. Miró al sol, luego miró al suelo y a
su sombra, se movió a los lados y la sombra lo siguió. Miró al sol, luego a las
rocas y a la sombra que había en ellas. Miró al sol, luego a su sombra y
después a la sombra que estaba sobre las
rocas. Era la sombra de la muerte que le indicaba el camino. Ladró en un gesto
que quería decir “he resuelto el enigma” y “gracias por enseñarme el camino” y
corriendo por la ladera se dirigió hacia
la sombra de la muerte más por curiosidad que por buscar su destino.
***
Desde que nació era cuadrado como su nombre, corpulento y musculoso.
Cuadrado como alemán que era. De mente cerrada y siempre creía tener la razón.
Cuadrado de molleja. A los cuatro años le quitó los dientes de leche de un
puñetazo a otro niño de la guardería. Motivo: No dejaba de llorar. A los
catorce le rompió la nariz a un compañero de colegio. Motivo: No le dejó copiar
en un examen. Lo primero que hizo cuando salió del reformatorio (merecía estar
allí) aparte de darle dos palos y romperle cuatro costillas al dependiente de
una gasolinera de su barrio, por llevarle la contraria, fue robar la
recaudación del día. Dos días después al salir del ascensor vio a dos policías
hablando con sus padres en la puerta de su casa, “ahora vengo” les dijo
mientras se cerraban las puertas y bajaba otra vez a la calle. Media hora
después estaba en el hospital en una visita amistosa al dependiente de la
gasolinera. Apoyó su mano tamaño raqueta de tenis en el vendaje que cubría las
costillas rotas y dejó que su metro noventa y uno y sus ciento diez kilos se
dejaran notar al otro lado del vendaje. Se fue de la habitación caminando al
ritmo de la banda sonora de llantos de la novia del dependiente qué, muy amable
y servicialmente y “nunca contra su voluntad”, la de él, no la de ella, se auto
obligó a hacerle una felación para que se relajara y no dejara caer sus ciento
diez kilos sobre su novio. La policía no volvió por su casa acusándolo de
agresión y robo. Cuando salió de la cárcel (también se lo merecía) se dirigió a
atracar una peluquería. Entró imponiendo respeto y salió con un corte de pelo y
un arreglo de cejas. Lo atracaron a él. Una joven risueña de ojos verdes y
mirada vacía le enseñó a cambiar de rumbo. Todas las tardes él la esperaba
después del trabajo para rogarle una y otra vez que saliera con ella. Que si
cepíllate los dientes, que si córtate las uñas, que si aféitate, que si no digas
palabrotas y sobro todo que no seas tan agresivo. Y el bruto de cabeza y cuerpo
cuadrado como su nombre cambió hasta lo impensable y se volvió mejor persona.
Pero como le decía su novia: “Einer eres un cabeza cuadrada, como los alemanes,
pero ten en cuenta que no siempre llevas la razón”.
***
Cuando el perro miró hacia las rocas donde estaban escondidos él supo que
todo iba a acabar mal. Cuando se le escapó a la matrona de las manos como si
fuera una pastilla de jabón su madre supo que el bebé heredaba el don de su
madre, de su abuela y de alguno más de sus familiares. La abuela murió a la misma
hora y en el mismo minuto. Al igual que su nieto cayó al suelo al tratar de
levantarse de la mecedora y se golpeó en la cabeza, en el mismo sitio, detrás
de la oreja izquierda y se fue dejando a su nieto un hueco en este mundo. Creció
escuchando voces y viendo cosas que para
muchos no existían y que para él eran normales. Hasta que un día su madre le
explicó el don que tenía. “Ver muertos no es un don malo, escuchar voces
tampoco. Aprenderás a controlarlo e ignorarlo”.
Cuando el perro ladró a las rocas Rayco presintió que no eran los únicos
que estaban en El Gigante.
***
El perro oyó los gritos de pánico cuando se dirigía al Gigante. Se asustó.
Se asustó porque pensó que los humanos iban a atacarle, siempre le quedaba la
opción de huir. Se asustó porque la sombra de la muerte ya no estaba allí, no
sabía que opciones tenía contra la sombra de la muerte, eso lo asustó más. Los humanos se dividieron en dos parejas y
treparon a las rocas ayudándose unos a otros. Dos estaban situados en una roca
orientada hacia la cañada de Geuco, los otros dos estaban en una roca al borde
del precipicio que hay sobre el barranco de los Vicentillos, uno de ellos era
el humano que olía a sangre coagulada y sexo. Se gritaban unos a otros, pero
las parejas no se podían ver porque estaban en el vértice contrario de la
montaña. El perro se acercó cautelosamente. Los gritos cesaron. Trató de trepar
a una de las rocas y una roca le golpeó en el lomo causándole un gran dolor. La
historia de las rocas le sonaba, siempre lo apedreaban, apaleaban o torturaban.
Afligido se retiró unos metros lejos del alcance de las piedras y fuera del
campo de visión de los humanos. El olor a sexo y sangre era tan fuerte y tan
cercano que le provocó una erección. Se acercó sigilosamente lo más cerca que
pudo sin ser visto para así embriagarse con ese olor. Se echó en la sombra de
las rocas para descansar y tomar una decisión y al mirar hacia el único camino
de subida que conducía al Gigante vio a la sombra de la muerte que les cerraba
el paso. Por primera vez pensó en plural y se dio cuenta de que la sombra no
estaba allí solo por ellos. Estaba allí también por él.
***
Ni en sus años de Boy Scout, cuando contaban historias de terror al calor
de una hoguera había pasado tanto miedo. Miedo compartido era lo que sentía
ahora. Miedo contagioso que se propagaba
a través de los gritos de los demás. Trató de serenarse y lo consiguió. Como
buen vasco que era pensó con la cabeza antes que con el corazón. Trató de serenar
a los demás regalándoles palabras agradables y repartiendo calma. Trazó un plan
en poco menos de un segundo y lo explicó. Pero el plan salió mal, de las
nueve piedras que volaron solo una impactó contra el animal. Les mintió
diciendo que el perro estaba gravemente herido y que se había retirado a
desangrarse en algún lugar. Pero vio por el rabillo del ojo que el perro
regresaba y desaparecía junto a la roca en la que estaban Einer y Desiré. Trató
de trazar otro plan y se perdió en cavilaciones sin sentido que en este momento no le servían para nada.
Leía unos tres libros al mes, más de treinta libros al año, más de quinientos
cada diez años y nunca se le había ocurrido leer ninguno que tratara sobre
perros. Eso le cabreó e hizo que se perdiera aún más en sus pensamientos…El
Perro, de Vázquez Figueroa. Solo me acuerdo del perro que corría tras el
preso…El perro del Hortelano…Ojos de perro azul, García Márquez…nada…solo
recordó la última frase… «Eres el único hombre
que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado»…y soñando con soñar se dio cuenta de que la
tarde estaba cayendo y que no habían solucionado el problema del perro.
―Non gogoa, han
zangoa.
―¿Qué dices,
Asier?
―Donde van tus
pensamientos, van tus pasos. Es un proverbio vasco.
―Pero si tú eres
más canario que el gofio, llevas aquí más años que el teléfono móvil.
―Ya, pero el
proverbio tiene razón, si pienso que voy a salir de este apuro saldré del apuro
tarde o temprano. A lo Van Gal, Rayco. Siempre positivo, nunca negativo.
―Me quedo con el
proverbio vasco.
―Vamos a bajar y
hacerle frente al perro, somos cuatro contra uno y seguro que podremos con él.
―…
―¿Me oiste?
―No, perdona, si
dijiste algo no te oí, estaba pensando en Desiré. Entre dejarla con Einer y el
perro casi que prefiero al perro.
―Vamos a hacerle
frente al perro. Seguro que podremos con él.
―No estamos
solos Asier, presiento que hay alguien más.
―¿Qué?
―Desde que nací
tengo el don, o mal don de ver y escuchar cosas que otros no ven. Por eso a
veces puede parecer que estoy despistado, y no lo estoy, simplemente estoy
escuchando voces, unas veces las ignoro y otras les presto atención.
―Vete a la
mierda Rayco. No estoy para historias de terror ni bromas pesadas.
―Te lo prometo.
No miento.
―…
―Noto una
presencia pero no sé donde está.
―Me estas
acojonando. Sabes, tengo la carne de gallina, cosa muy rara en mí. No la tengo
desde hace más de quince años. Estaba estudiando en mi dormitorio cuando se
abrió la puerta y entró mi amigo Ametz y me dio las gracias por ser un gran
amigo y hacerle compañía en su casa. Solo acerté a preguntarle si lo que
llevaba puesto en la cabeza era un peluquín, pero no me contestó porque ya
había desaparecido escaleras abajo. Ametz tenía leucemia y yo le acompañaba
todas las tardes hasta que empeoró y sus padres me prohibieron verlo. Para que
me llevara un buen recuerdo, eso lo entendí después. Cuando salió de mi
habitación me quedé desconcertado y dándole vueltas a todo lo que había dicho,
su estado pocos días atrás…salí tras él y cuando bajaba las escaleras sonó el
teléfono. Mi madre estaba en el salón y bajé mirándola porque ella tenía que
haberlo visto bajar. Colgó el teléfono, me miró y lloró. No me hizo falta saber
lo que me iba a decir.
―Que fuerte, se
despidió de ti.
―Sí. Y desde que
estábamos tras aquellas rocas tengo la carne de gallina.
***
―¡Mierda,
mierda, mierda! Joder, me ha bajado la puta regla. He manchado las bragas y los
pantis ¿Alguien tiene alguna muda de ropa en su mochila?
―Yo. Culo gordo,
lentorra, lastre. ¿Ves? Ahora te viene la regla, eres un incordio y un lastre
muy pesado.
***
A los diez años
era una niña rubia y melosa. A los once años era una niña gorda y empalagosa. La
primera regla fue dolorosa y un preludio de lo que serían las posteriores.
Sangre, mucha sangre y abundante sangre. Y por si fuera poco cada vez que venía
la menstruación se transformaba en una rubia de muy mal humor dispuesta a
comerse a todo aquel que se cruzara en su camino. A los veintidós años su metro
sesenta y cinco equivalía a noventa kilos. Creció sin novios, eso sí, era muy
enamoradiza, muy buena persona, muy buena estudiante, muy buena amiga (que un
chico le dijera que era su mejor amiga equivalía a varios días de llanto), muy alegre, muy humillada y muy gorda. Hasta que
descubrió que a través del sexo los chicos le prestaban atención. Y se
convirtió en princesa. La princesa de las carnes magreadas. Se dejaba
tocar y lo disfrutaba porque siempre había sido rechazada, se sentía más mujer,
más segura porque por fin había conseguido relacionarse con chicos. Y los
ligues de una noche (besos con lengua) se convirtieron en rollos de un mes
(culo, teta chocho). Hasta que llegó el más guapo, el más romántico y el más
deseado. Y en una sola noche quiso poseer los cuatro elementos de su
naturaleza; tierra, sus pezones duros como piedras; aire, su culo en expansión
como los gases; fuego, su sexo ardiente y radiante; agua, sus besos mojados. Y
una sola palabra sirvió para que la rubia de noventa kilos se deshiciera con el
tiempo de treinta kilos. Chúpamela, esa palabra tan sobreesdrújula hizo
que su vida cambiara. Yo no soy una puta dijo mientras sus noventa kilos de
presión apretaban los testículos. Yo no soy una puta dijo cuando vio en que se
había convertido. Yo no soy una puta, y sí, me sobran cuarenta kilos.
***
Y llegó la noche
acompañada de la luna llena. Y con ella el silencio y el frío. El perro
despertó de su pequeña siesta, aún le
dolía el golpe en el lomo. Se sintió inquieto, incómodo por estar allí. El olor
a sexo humano y sangre era más fuerte. Levantó su enorme cuerpo y se estiró
como si estuviera haciendo reverencias. Retrocedió unos pasos de las piedras
tratando de localizar a los humanos entre las sombras de la noche. Solo
consiguió ver a los dos humanos que olían a sangre y sexo. Tuvo otra erección y
por fin se decidió a aparearse. Aprovecharía la confusión de la noche para
abalanzarse sobre el humano que olía a celo. Dio dos pasos atrás, flexionó las
patas traseras dispuestas a conseguir el impulso suficiente para trepar por las
rocas hasta su objetivo. Y cuando estaba dispuesto a saltar alguien lo
acarició, se le erizaron todos los pelos del cuerpo, la columna vertebral se
encogió como un acordeón, los testículos subieron y se escondieron en algún
sitio. Miró atrás aterrado, buscando quién lo había tocado y lo que vio lo dejó
desconcertado. No había nadie, solo la
oscuridad que ocultaba su destino. Y cayó en la cuenta, las sombras se habían
aliado y la sombra de la muerte estaba en cualquier sitio. Sintió el aliento de
la muerte. El pánico surgió de su garganta ladró y aulló a todas las sombras
porque ya sabía cuál era su destino.
***
Cuando descubrió
que su primera dieta seria le restó dos kilos en una semana decidió aplicar las
matemáticas.Si x (dieta) + y (voluntad) = dos kilos; x+y+z
= 4 kilos, pero como no era buena en
aritmética se equivocó y el resultado de la ecuación fue 5 kilos. Así que
decidió convertir a z en una progresión y si hoy corría un kilómetro,
mañana corría dos, el otro tres y cuando se dio cuenta iba por doce kilómetros
al día. Y como una cosa lleva a la otra llegó a pasar en su tabla de equivalencias
los kilómetros a minutos y horas.
Buenos días
flacucha, le dijo un día el espejo,
o quizá fue ella la que se lo dijo al espejo, da igual, lo cierto es que un día
se despertó flacucha.
La flacucha que
no quiso ser puta se transformó en dama de corazones y se vio otra vez rodeada
de picas, tréboles y diamantes. Y como no le iban los faroles ni las cartas
boca abajo decidió jugar al solitario y repartir las cartas sobre el
tapete. Y cuando se dio cuenta se convirtió otra vez en princesa. La
princesa del himen sagrado. No, no se metió a monja para clausurar sus
partes íntimas. Dejó de llorar por los hombres como la Magdalena. Y no, no se
hizo puta como la otra, simplemente se asqueó de los hombres que la querían
como a un preciado trofeo y huyó de ellos. Se hizo audaz, sagaz y pertinaz solo
para que la dejaran en paz. Astuta y pícara para así poderlos dominar. Pero
llegó el príncipe azul a lomos de un unicornio rosa. Y la princesa del himen
sagrado se convirtió en la princesa del choco encoñado. Y besó el
suelo que él pisaba, santificó su nombre y sus palabras, dejó caer sus babas y
un mal día decidió que también dejaría caer las bragas. Él la miró
tiernamente, ella le declaró su amor a la vieja usanza. Él le dijo las odiosas
palabras…¿quedamos como amigos?, ella se derrumbó, dudó, ta ta ta
tartamudeó…no te entiendo. Y él contestó…No te has dado cuenta que
soy Gay.
Y con un cuarto
de siglo a cuestas perdió la inocencia entre las sábanas, pero no fue un sable
quién se llevó el himen sagrado, fueron unas tijeritas las que cortaron la
adolescencia en aquella cama.
***
―Están
discutiendo, no han dejado de discutir desde que están allí.
―Si Asier. Es
una putada que les tocara quedarse juntos. Ya se podría haber quedado uno de
nosotros.
―Déjame en paz.
Cerdo
―Qué te pasa chochito lindo. No vas a dejar
que te abrace para quitarte el frío.
―Es una locura,
Rayco. Esperar a mañana es lo peor que podemos hacer.
―Es verdad, lo
mejor que podemos hacer es atacarle, tenemos bastones y piedras y somos cuatro.
―Eres un hijo de
puta. Esto de tenerme aquí en bolas con un puto perro que nos quiere comer es
de cerdos y maniáticos.
―Y yo que
pensaba que ibas a llorar. Eres dura. Una lesbiana muy dura. Porque tengo claro
que los rumores que circulan sobre ti son ciertos.
―¿Te molesta que
sea lesbiana? Aunque también dicen que es bisexual.
―Rayco, creo que
te dejas llevar mucho por los rumores. Yo creo que es tímida o que algo le pasó
y por eso no quiere relacionarse con ningún chico.
―Y… ¿Por qué no
te gustan los chicos? No será porque tienes rabo.
―Préstame tu
muda de ropa, te lo suplico. Este no es momento para que juzgues mi vida. Estoy
incómoda así, desangrándome por las piernas para abajo y encima aguantando tus
tonterías.
―Por si fuera
poco tiene la regla. Tiene que estar incómoda con los pantis y las bragas
manchadas.
―Pues más razón
para que hagamos algo ¿Nos la jugamos e intentamos llegar a su roca? Así de
paso vemos como es la reacción del perro.
―Einer…Einer…creo
que el perro se está moviendo.
―Que le den al
perro…te doy un rollo de papel higiénico que tengo en la mochila si me enseñas
las tetas…y te doy unos pantys limpios si…
―…si me das una
barrita energética te lo agradeceré eternamente Rayco. Tengo un hambre de
cojones. Me la como y vamos con ellos. No me hace ilusión que me dé una pájara
cuando estemos atacando al perro.
―Si me lo pides
así no me puedo negar. Es broma. Toma. Yo me comería ahora mismo una pizza con…
ç―…me la chupas.
Porque seguro que te encanta chupar y lamer. ¿O no? ¿No es eso lo que hacen las
tortilleras?
―…el perro…
―Ahhhh, haz que
se calle Asier, que deje de aullar el puto perro…calla…
―Te-te-tengo
miedo…está loco…porque ladra así ¿¡Qué quieres puto perro!?
***
El pánico se
adueñó del Gigante. El eco huyó tembloroso entre riscos y peñascos, de los
Vicentillos a Gitajana, de Arteara a la
degollada de las Yeguas. De Fataga a Maspalomas los perros propagaron el
aullido, aullaban tristemente porque sabían que alguien moriría esa noche. El
perro se cagó de miedo, Rayco también, Asier se acojonó, Einer se meó y a Desiré
se le paró el corazón durante un breve instante para después latir con tal
intensidad que hizo que su nariz sangrase y su vejiga se vaciase empapando la
roca con orín y sangre. El perro miró a
las rocas confuso. Le daban miedo los gritos de pánico de los humanos. Se
disponía a huir con el rabo entre las patas, y ya estaba dando los primeros
pasos de su huida cuando algo pasó volando cerca de su oreja y se estrelló en
el suelo con un ruido sordo. El olor le embriagó. Olor a celo humano. Olor a
sangre. Olor a orín. Acercó el hocico y olfateó de cerca el objeto que había en
el suelo. La erección volvió. Empezó a lamer obsesivamente los restos de
sangraza, sudor y orines. La cordura lo cegó transformándolo en un ser
depravado cuyo único objetivo era subir a la roca y aparearse con el humano
ensangrentado.
***
Sollozando por
la impotencia, la frustración y la vejación se quitó las bragas y el salva
slip. Tenía asco de sí misma, sentir los coágulos de sangre deslizarse por los
muslos le hizo perder la razón. Arrojó
la prenda y el salva slip al perro mientras gritaba como una loca. Hasta que
vio la reacción del perro y lo que hacía después. Entonces comprendió porqué
los seguía el perro. El perro había olido su menstruación mucha antes de que le
bajara. El perro solo la quería a ella. Solo deseaba poseerla como si fuera una
perra en celo. Pero no fue la única que intuyó lo que quería el perro.
―Te quiere a ti…
solo quiere follarte…
Desiré no
apartaba los ojos del perro. Einer no apartaba los ojos de Desiré. Por su mente
pasaron ideas descabelladas, inmorales, por la de Einer también. Sobre la roca
del tamaño de una cama de matrimonio se había despertado el odio, la
repugnancia, la locura. Cada uno en su lado de la roca tenía claro quién era su
aliado y enemigo común: El perro. Ella tuvo claro que ningún hombre la
humillaría otra vez. Ese fue el motivo de relacionarse con otras mujeres, el
respeto mutuo. Desiré dio dos pasos hacia Einer, su cabeza era un mar de dudas
embravecido con olas de ira y repugnancia hacia él. Le atacó sin tener claro si le empujaría hacia
el perro o hacia el precipicio. Einer era capaz de capear cualquier temporal y con un golpe de rencor le
destrozó la nariz de un puñetazo. Voló hasta donde había estado y se golpeó en
la cabeza al caer. El tiempo se paró, desde el suelo podía oír como Rayco y
Asier les gritaban que iban a abandonar su refugio y tratar de llegar a ellos. Podía oír como el
perro aruñaba las rocas con sus pezuñas traseras tratando de subir a por ella. Vio
el ligero movimiento de cabeza de Einer que escuchaba lo que les decían desde
la otra roca. Desiré pensó fríamente, dibujó un plan, era su última oportunidad
para acabar con esta pesadilla y sacó sus armas de mujer. Se levantó torpemente
y le dijo unas palabras antes de que él atacara otra vez. Luego se quitó la
camiseta y el sujetador para cubrir la
sangre que brotaba de su nariz rota. A
la luz de la luna y a los ojos de Einer dejó ver su cuerpo de caderas
prominentes, pechos exuberantes y pezones planos. Y los ojos de Einer se
perdieron entre pezón y pezón mientras ella se acercaba hasta él con los brazos
abiertos.
***
―Vamos a subir a la roca. Desiré, vigila al perro y dinos cual es
su reacción. Einer, ayúdanos a subir. Cuando ustedes cuenten hasta tres dejamos
esta roca y subimos.
―Esto es una locura Asier,
estoy acojonado…nos va a comer…
―Calla y prepárate, a la de tres…y no mires hacia el perro…solo
piensa en que tienes que subir y sube…
―¿Qué haces?... ¿Por qué me pegaste?...Solo quería que me
abrazaras…
―…
―¿A qué esperan para contar?
―Creo que viene…sea lo que sea viene…lo presiento…lo noto en el
silencio…
―…y yo en el ambiente enrarecido…en mi carne de gallina…estamos
perdidos…
―¡Corre! Vamos a la roca, no quiero que estemos solos cuando
llegue eso.
Y se abrazaron a
la luz de la luna, entre las sombras de la noche, escuchando el jadeo del perro que avanzaba
poco a poco por la roca. Desiré lloraba. Einer estaba perplejo. Pudo ver como
con un gesto distraído ella se pasaba las dos manos por su sexo, como si
tuviera frío, luego las abría otra vez cuando estaba a menos de un metro y lo
abrazaba. Se quedó firme, sin devolver el abrazo, con los brazos caídos
mientras ella recorría su espalda con ambas manos.
Culogordo,
lentorra, lastre impregnaba con olores de sexo y feromonas la ropa y la cabeza del alemán. Buscó sus
labios mientras acariciaba su pelo y lo ensuciaba. Atrajo sus caderas contra su
sexo manchado y se restregó por su pene, por sus muslos, mientras trataba de bajarle
los pantalones. Cogió sus manos y las metió entre sus piernas, manchándolas de
coágulos de sangre, y sintió su erección y como flaqueaba.
Y el perro ya
casi estaba en la cima, asomó su cabeza sobre la roca, y los vio, y olió y no
distinguió de cuál de los dos provenía el olor.
Einer lo vio
primero, se separó, la miró y sonrió satisfecho por la argucia de Desiré.
***
El perro clavó
sus patas en la roca para dar el último impulso y llegar a la cima.
Asier trepaba
por el otro lado de la roca.
Rayco no se
atrevió a salir de su refugio y miraba como trepaba Asier.
Einer sonreía,
con una mano la cogía del cuello y preparaba la otra para golpear.
Desiré lo dio
todo por perdido y deseaba que el golpe de Asier la matara.
El perro
flexionó las patas traseras…
Asier ponía
medio cuerpo en la cima y buscaba donde apoyar los pies.
Rayco solo veía
las piernas de Asier colgando en el vacío.
Einer descargó
toda su ira en un golpe letal.
Desiré sintió
como sus huesos y dientes explotaban hacia dentro mientras volaba.
El perro saltó hacia a la cima.
Asier gritaba
mirando como Desiré volaba.
Rayco vio como
la sombra de la muerte trepaba. Gritó presa de la locura.
Einer vio como
caía por el precipicio.
Desiré se
estrelló en el fondo del barranco de los Vicentillos.
El perro llegó a
la cima.
Asier vio como el
perro caía del cielo y aterrizaba junto a su cara.
Rayco corrió
hacia la cañada de Geuco. Rayco bajó a Arteara.
Einer vio a
Asier en cuatro patas y al perro que lo miraba cara a cara.
El perro olfateó
su cara y luego miró a Einer. Olfateó. Era el olor que buscaba.
Asier vio como
el perro se abalanzaba sobre el cabeza cuadrada.
Rayco llegó a la
carretera que va a Fataga.
Einer voló como
Desiré, con el perro enganchado en la tráquea.
Asier vio como
la sombra de la muerte regresaba del precipicio y pasaba junto a él.
Rayco miró hacia
atrás y vio la sombra que se acercaba. Gritó, gritó y gritó.
***
Asier miraba
hacia el fondo del barranco. Tres sombras oscuras destacaban en él. Un grito
espeluznante rompió el silencio de la noche, luego otro, y otro, y después
llegó otra vez el silencio al Gigante.
Asier bajó de la
roca y se sentó a esperar en un cruce de caminos a que la muerte llegara.
Junio y julio de
2011. 11-07-2011 17:59. lunes
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