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lunes, 25 de junio de 2018

Hace unas semanas asistí a la presentación de un libro y me encontré con un buen amigo que me regaló un libro publicado por él. Leyendo Antología Prematura, de Juan Garrote, llegué a una de las "actas"del 17 de Enero del 2006 que escribíamos cuando coincidimos en un taller de escritura y allí encontré una referencia 
a un relato que escribí por aquellos lejanos tiempos. Así qué como no sé si mi amigo Juan garrote se acuerda de qué cuento escuchó aquel día se lo dejo por aquí para que lo lea por aquellos maravilloso y entretenidos años que pasamos en aquel taller.
Este cuento absurdo, absurdo como tantos de mis desvaríos, nunca lo he publicado en mi blog. Recuerdo de aquel día que muy poca gente entendió el verdadero motivo, en el debate posterior y entre las risas y críticas que cada uno dio aluciné con las conclusiones que sacaba cada mente despierta de dicho relato. Muchas críticas, muchísimas risas y hasta una o dos personas que se sintieron ofendidas por el personaje jacoso.
 Todo empezó con un "voy a leer un relato políticamente incorrecto de uno de vosotros, si él autor dice que no lo lea lo dejamos, pero como veo que no es así ahí va..."
En realidad aquello fue acto de rebeldía por mi parte. Plácido, maestro y señor del taller de escritura, sugirió que basándonos en el cuento de la lechera cada uno escribiera una versión. Yo, que soy una mente inquieta y rebelde no quise hacer ninguna versión de un cuento tan machista como los miles de cuentos de hadas machistas y decidí dar un toque de magia en el que la mujer fuera la que saliera ganando y esto fue lo que salió...
Para Juan Garrote, por recordarme con su Antología Prematura que si eres perseverante puedes conseguir lo que quieras.


La lechera, un cuento que no se cree ni Dios

Cuenta una antigua leyenda, que una lechera de grandes mamas ardientes, sonrisa ingenua y caderas prominentes, canturreaba alegremente por los pinares de Garañón caminito de Teror. Perdida iba en sus pensamientos, soñando con dinero, diamantes, una villa en Tafira y un Ferrari rojo putón. Vendería su virginidad al mejor postor y con la recaudación, compraría ropas  y zapatos lindos. Se pondría guapa, radiante, coqueta y vendería el resto del cuerpo a cambio de sueños lejanos, pero no imposibles.  Al llegar a Cruz de Tejeda encontró a una niña vestida con caperuza roja y zapatos de charol. Le contó su vida entre vacas. Sus deseos de grandeza, rodeada de billetes violetas y apuestos hombres de chaqueta arrodillados a sus pies. La niña de rojo le advirtió de la hipocresía en la ciudad, el escaso valor de su lechera, del cruel machismo que dominaba el mundo y lo poco valorada que estaba la mujer. A cambio de su leche de vaca le dio su caperuza roja, de sedas chinas, diseñada por un tal Valentino, que, según ella, tenía más valor que un queso tierno y tres quesos de gruyere.
Llegando a Valleseco conoció a una niña de ropas sucias y cara tiznada de carbón. Titiritando de frío cambió su zapato de cristal de Zarowsky por la calentita caperuza de la lechera.  Cenicienta le aconsejó que lo material, si no es un diamante, una casa o billetes de quinientos, no valía para nada. Que cuando llegara al mercadillo de Teror, vendiera el zapato y abriera una cuenta en un banco. Pero como era sábado, no había mercado en la villa de Juan de Dios. Se dirigió a la caja de ahorros. Cuando iba a entrar oyó disparos y gritos en el interior. Alí Babá y los cuarenta ladrones atracaban la caja y se disponían a huir en sus cuarenta vespas amarillo correos. Al ver a la lechera, a Alí se le cayó la baba, pero no por sus caderas exuberantes, ni sus tetas lecheras. A cambio de cien mil euros huyó con el zapato de diseño, futuro regalo para su novia, una dama llamada Ariel, pelirroja y con cola de pez.
Al entrar en Arucas, por la avenida del colesterol, tropezó con siete enanitos bellos; vestidos con los siete colores del arco iris, cada uno de un color. Transportando un sarcófago al hombro iban rumbo al cementerio. Amarillo, el más hablador, le narró un cuento de manzanas francesas envenenadas, bellas durmientes blancas como la nieve y besos de amor. A la lechera, que era de campo, pero no tonta, que no era universitaria, pero sí de ciencias y, que además de repartir leche, también era charcutera del Hiperdino de Ayacata, se le ocurrió la brillante idea de partir a la bella dormilona en trocitos pequeños y venderlos a los traficantes de órganos ( un mercado en expansión por la masiva llegada de pateras a las islas): Ojos a cien mil euros, médulas a trescientos y un corazón costaba más que un riñón.
En el muelle de Santa Catalina vendió una mano al Capitán Garfio; los ojos, a un tal Lázaro de Tormes, que los quería envueltos en papel de regalo para un amigo suyo; el resto del cuerpo lo vendió en el Negrín por el módico precio de un millón, una ligadura de trompas y una inyección de silicona para sus ausentes labios.
En Taxi fue al Corte Inglés. Planta sexta, sección oportunidades. Compró una caja de Durex, una alfombra Bienvenidos y un flamante Ferrari rojo putón. A trescientos por hora volaba sobre la avenida marítima, dirección Tafira, cuando cruzó en su camino la fatalidad. Había un atasco a la altura de la biblioteca insular, no le dio tiempo a frenar  y contra una guagua Global se fue a empotrar.
La muerte, vestida de rojo, con traje Versace, zapatos Manolo y gafas Vogart la vino a buscar. Entraron en el purgatorio y en un sillón Ikea la hizo esperar. Una eternidad tardaron en llegar el Diablo y San Pedro con las llaves del portal. Perico le contó un cuento de lecheras y los tres rieron una jartá. El Diablo le explicó que su currículo estaba en el cielo, debido a que había sido buena en la vida; pero, como había sido mala en el último momento, tenía la oportunidad de elegir entre el aburrimiento del cielo o la lujuria y el calor del infierno. La lechera, que era una arpía con armas de mujer decidió bajar al infierno y vivir en él. Poco tiempo duró entre llamas y azufre, cameló al diablo con cuentos de poder, le calentó el rabo con movimientos de cadera y lo convenció para apoderarse del cielo y todo lo que había en él. 
Un grupo de operaciones especiales, de los Guardias civiles del Diablo, realizó con éxito un golpe de estado en el cielo. La pelea fue sangrienta, murieron San Juan, Pedro, Malaquías y Gabriel. Judas dio el chivatazo del lugar donde se escondía todo dios.
Y allí estaban, sentado a la derecha del trono, Walt Disney con su mundo de papel; a la izquierda, Michael Ende con su historia interminable. En el centro, con barba de jacoso y pelos andrajosos, Jesús de Nazaret.
El Juicio Final duró un minuto. La sentencia de la diosa lechera no fue nada cruel. El diablo volvió al infierno con sus llamas de placer. Michael Ende se reunió con Atreyu en Fantasía  y lucharon juntos contra La Nada. Walt Disney fue obligado a reencarnarse en El Coyote y vivir dinamitándose con los explosivos marca Acme. Jesús regresó a la tierra condenado a vagar por los infinitos caminos del señor.

En este mismo momento, en el cielo, sentada a la derecha del trono está María Magdalena, siguiendo con un GPS a Jesucristo por Belén. A la izquierda, la Bella durmiente roncando de placer. Y en el centro, en un trono de mármol y diamantes, la Diosa Lechera leyendo un cuento cuyo título es: La lechera, un cuento que no se cree ni dios. 

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