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martes, 28 de abril de 2015

Encuentro con lo irracional








La ola rompió con un estruendo de tambores indios y truenos lejanos. Corrió sobre la arena mojada alborotándola con caricias de espuma y  dibujó una nueva orilla.
Él levantó la vista de su libreta de hojas cuadriculadas y siguió con la mirada la huída de la lengua salada que se fundía con el océano. El guiño del faro de Maspalomas hizo que sus pensamientos se evaporaran como un puño de arena lanzado al viento. Sus ojos se pasearon entre el destello soleado del faro y el amplio cielo púrpura que se fundía con el irreal horizonte. Allí, sentado sobre diminutas dunas pensó que el amanecer se había convertido en ocaso y que del alba solo quedaba la relentá de la mañana. Regresó a la libreta y garabateó con la pluma unas olas de tinta azul. Leyó lo escrito y  se detuvo en la última palabra. La envolvió lentamente en un óvalo, luego en otro, luego en otro, y en otro, mientras su mente se sumergía en busca de una rima que no quería salir a la superficie del subconsciente. Miró al mar sin mirarlo y vio sin verlo un punto negro que flotaba entre las olas. Miró a otro óvalo de tinta que nacía y pensó que el sonido que hacía la pluma al acariciar el papel era similar al de una cuchilla de barbero rasurando una mejilla. Miró a las olas y no vio el punto negro entre las olas. En su lugar vio una cabeza meciendo su pelo rojizo al viento. Miró dentro del óvalo y leyó la palabra Indio. Cerró los ojos y pensó que porqué era tan difícil encontrar una palabra que rimara con Indio. Miró en el fotograma de su mente y vio una mujer que emergía del mar. No quiso mirar más. Ni al Indio, ni al pelo rojizo. Abrió los ojos. Indio. Parpadeó y levantó la vista hacia el mar. Una mujer. Caminaba hacia la orilla acariciada por las olas. Desnuda. Pensó que si su pelo fuera rubio sería Bo Derek, ese mito erótico que galopaba desnuda por la playa a lomos de un caballo negro. Se detuvo en la orilla y lo miró a los ojos. Estaba sentado a veinte metros y sintió su gélida mirada. Bajó la vista avergonzado por mirar con descaro y vio dos cosas que después garabateó en su libreta. Primero vio un símbolo negro en su pubis depilado y al seguir bajando la vista vio como una ola dejaba sus pies al descubierto, y junto a ellos tres peces muertos.
Rubor. Ella estaba allí, junto a él, en pie y mirando a las dunas. Él estaba en el mismo sitio, sentado, ya no veía el mar porque lo tapaba un pubis depilado. Miró fascinado al símbolo que había tatuado. Pensó que era un siete con visera larga y curvada pero se equivocaba, era una guadaña. «¿Tienes fuego?» Preguntó una voz seria y agradable.
Confusión. Él vio en su mano un puro Cohiba y su mente divagó sobre la procedencia de aquel habano. Ella venía del agua, estaban solos en la playa y el puro estaba seco.
Una bocanada de humo denso invadió el ambiente. Tosió y vio que ella estaba sentada a su lado. Ladeó la cabeza a la izquierda y la miró. De arriba abajo, de abajo a arriba y otra vez de arriba abajo. Se detuvo en sus pies. Secos. Sin un grano de arena y con las uñas a la francesa. El encuentro le parecía irracional y lejos de echar a correr su cuerpo le agradecía estar allí. «Eres de pocas palabras» dijo el cuerpo desnudo mientras miraba como rompían las olas. Silencio. Su mirada se perdió junto a la de ella. Pensó que el tiempo se había parado, que la ola caminaba lentamente, como si fuera una ola de aceite. Nada tenía sentido, ni la ola lenta, ni el puro, ni sus pies secos, ni su tatuaje, ni ese cuerpo desnudo que estaba sentado a su lado; ni siquiera su propia presencia en la playa a tan tempranas horas de la mañana. Suspiró. La miró y sonrió creyéndose presa de un sueño inquietante que pronto se convertiría en sueño mojado. «No encuentro las palabras adecuadas». Su pelo de fuego bailaba al ritmo del viento, giró lentamente y lo miró; un mechón de pelo anidó en sus ojos y de su boca  de besos prohibidos salieron las palabras. «No las busques, deja que fluyan solas, como lo hacen a través de tu pluma».Él Bajó la vista y garabateó una guadaña en su libreta, sonrió mientras pensaba que la paz que transmitía aquella mujer no se la había transmitido nadie en su vida. Levantó la mirada y recorrió la playa y los alrededores. El faro acosado por brisas marinas se había apagado, los hoteles cobraban vida iluminando sus habitaciones, un velero luchaba con los alisios en busca de un rumbo incierto, en la playa y a lo lejos una silueta hacía footing por la arena. Al ver el trasiego mañanero supo que no era un sueño, supo que era real como el día que acababa de nacer. «¿Quién eres?» preguntó al horizonte arrepintiéndose inmediatamente de haber formulado la pregunta. Una ráfaga de aire frío levantó sábanas de arena, las olas tronaron  convirtiendo en blanca espuma la orilla del mar. Sintió que unos gélidos labios mordisqueaban su oreja, cerró los ojos y oyó un susurro, «Solo soy una ilusión que vive en tu interior, un sueño roto por el frío de la noche, la sombra que ves en la oscuridad, el murmullo del silencio, el sabor de la nada». Abrió los ojos asustado por aquellas palabras. Ella caminaba hacia la orilla balanceando las nalgas al ritmo de los latidos de su corazón. Cuando sintió la primera caricia del mar se detuvo y lo miró por encima del hombro. Sonrió y giró lentamente. Con la mano izquierda abierta formó un abanico que tapó su pubis, luego deslizó el dedo anular hacia el tatuaje y lo acarició en círculos. Desvió la mirada hacia el hombre que venía corriendo por la playa y se situó en la trayectoria que llevaba. El hombre que corría estaba a diez metros del hombre sentado en la playa. Él, supo que el corredor sin futuro no la veía a ella, de haberla visto no le habría quitado ojo a aquel cuerpo escultural. Sentado en la arena sonrió y le dijo adiós con la mano. El corredor percibió el gesto, lo miró y con un gesto del pulgar lo saludó. Al mirar otra vez hacia delante sus párpados se abrieron  exageradamente y su cara se transformó en una mueca de pánico. Cayó en la blanda arena de rodillas. Ella esperaba paciente a que se acercara el corredor y cuando estaba a un metro de distancia estiró la mano zurda y le tocó el gastado corazón. De rodillas,  con la mirada clavada en los ojos de ella se llevó una mano al pecho y en un gesto que imploraba compasión se inclinó y cayó hasta tocar con su cabeza la almohada de arena. Él miró a aquel cuerpo que yacía en la arena como si estuviera rezando a algún dios musulmán. Miró al mar y vio una espalda desnuda que se sumergía  y desaparecía entre las olas. Fijó la vista en su libreta y vio dos garabatos en su libreta; uno era una guadaña, el otro una palabra que rimaba con Indio.

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