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jueves, 9 de abril de 2015

La autopista





La oscuridad era desplazada del asfalto por los faros del coche. A ciento sesenta por hora las sombras pasaban muy rápido. El continuo guiño de las farolas le decían lo rápido que iba. La autopista y la velocidad eran caminos que lo alejaban de la muerte. 


Regresaba a casa horas después de la medianoche. Su cabeza era un potaje de ideas, pensamientos y recuerdos lejanos. Pensar que su novia  había muerto sin despedirse lo turbaba. Había abandonado el tanatorio sin darse cuenta de que caminaba dirección al coche. Los indicadores del coche pitaron y el sonido del cierre centralizado le hizo volver a la realidad. Minutos antes era una persona normal, que se comportaba de manera normal, que saludaba a viejos amigos de manera normal. Todo era normal, incluso la muerte de su novia a tan temprana edad. Unos vienen, otros se van, pensaba entretenido y escuchando anécdotas con los amigos mientras observaban el féretro. Hasta que tuvo la mala idea de acercarse al ataúd y desplazar el pañuelo para ver su cara por última vez.


No consiguió salir de allí, ni moverse, ni pestañear, ni siquiera fue capaz de quitar la mano del pañuelo que cubría el cristal.


Las luces del coche desplazaban la oscuridad. Imaginó que el coche era como una cremallera que se cerraba sobre la oscuridad, por delante la luz borraba la oscuridad, por atrás la oscuridad corría tras el coche.


Las farolas empezaron a parpadear. 

Miró por el retrovisor y vio que a medida que las dejaba atrás estas brillaban otra vez.  Las farolas que estaban por llegar se apagaron hasta una distancia de dos kilómetros. Miró por el espejo y vio que a medida que dejaba las farolas atrás estas se encendían otra vez con el mismo brillo, como si nunca se hubieran apagado. Miró dos kilómetros  adelante y las farolas se fueron encendiendo dirección al coche.  Miró hacia atrás, se encendían otra vez. Clavó los ojos en el haz de luz de los faros tratando de buscar una explicación.  Las luces se fueron encendiendo hasta llegar a una distancia de tres farolas. Miró por el retrovisor y vio que al pasar se encendían otra vez. Por delante tres farolas apagadas que se encendían al pasar él. Sintió un subidón de adrenalina, aquello era fantástico. La sensación de sentirse mágico lo embargaba, ya ni se acordaba de su novia ni del shock que había sufrido en el tanatorio.


Miraba hacia la izquierda, a la farola apagada, luego a la derecha y por el retrovisor veía las farolas encendidas. Izquierda y si giraba más hacia atrás la cabeza la veía encender. El cuentakilómetros pasó de ciento ochenta por hora y la intermitencia de las farolas cada vez era más rápido. Llegó a doscientos  tratando de mantener las farolas encendidas y casi lo había conseguido cuando vio que de tres farolas apagadas habían pasado a apagarse cinco. Miró por el retrovisor rápido y fijó otra vez la vista en el asfalto. Los pelos se le engrifaron como a un gato frente a un perro furioso. Miró al espejo otra vez y vio a una persona sentada en el asiento trasero. Cerró los ojos y los abrió cuando estuvo seguro que  estos miraban al asfalto. Cuando encontró valor para mirar al retrovisor levantó la vista y la persona seguía allí, refugiada entre las sombras de las farolas apagadas, solo un rayo de luz de las farolas de delante dejaban ver una boca y una barbilla entre las sombras.

La persona del asiento trasero sonrió. El abrió los ojos como un pez fuera del agua. La velocidad bajó a ciento veinte por hora y las farolas cambiaron de cinco a tres apagadas.


― La velocidad no es una buena consejera cuando el sueño acecha.

―¿Te preocupa? Dudo que alguien que se suba a mi coche sin mi permiso le preocupe lo rápido que yo vaya.

―La velocidad  persigue al tiempo. La velocidad huye del tiempo. El tiempo es infinito.

― ¡Anda!  Eres poeta... ¿por qué te subiste al coche?

―Porque tú me lo pediste.

―¿Cuándo?

―No eres capaz de recordarlo porque no estabas allí.

― ¿Quién eres, no me suena tu voz?

―Será porque nunca me has oído hablar, o porque nunca me has visto.

―Eso en mi idioma se llama ser arisco ¿A ver si paro y te dejo en tierra?

―A ver si no te dejo parar.

―¿Me estas amenazando?

― Calla y sigue conduciendo. Eres un poco borde.

―…  ¿Te has fijado? Las farolas se encienden a medida que yo paso junto a ellas. Mientras más rápido más farolas apagadas hay por delante…  llevo un pasajero que me llama borde. Algo va mal y no consigo ver qué ¿Será mi cabeza? ¿Será un sueño? O esto está ocurriendo y yo no consigo creerlo… ¿Te has fijado en el coche que va delante? Va haciendo zigzag, o va borracho o se está quedando dormido… ¿Dónde estás?


El coche que iba delante salió por el arcén y en tres vueltas de campanas se destrozó.  Él bajó como pudo y corrió hasta que a pocos metros del coche vio un cuerpo en el suelo. Cuando sonaron las sirenas de la policía y la ambulancia a lo lejos, él llevaba más de veinte minutos sentado junto al cadáver. Observándolo y viendo a un cuerpo inerte. Observándolo y mirando para su coche. Observando el cuerpo sin vida con un gesto de pánico en la cara. Observando como el otro cuerpo entraba en camilla en la ambulancia  y esta  desaparecía llevándose consigo el ruido de sirenas. El pasajero misterioso no había bajado del coche. Se preguntaba si se habría quedado dormido en el asiento trasero ya que justo antes de pasar el accidente no lo había visto por el retrovisor.


Las farolas estaban todas encendidas.


Caminaba despacio hacia su coche, sin ganas de llegar, sin ganas de buscar una explicación ni hacer conjeturas. Llegó a la parte trasera del coche y miró a las farolas.


Encendidas.


 Abrió la puerta trasera esperando que hubiera alguien en el asiento posterior al que echarle una bronca por no bajar a ayudar.  Miró a la manecilla de la puerta, a las farolas encendidas y abrió. No había nadie.


Las farolas seguían encendidas.


Circulaba a ochenta por hora por la autopista. En quince minutos estaría en casa, pensaba con la mirada entre las farolas y el asfalto. Pensaba que  lo que había pasado antes era consecuencia del sueño o del shock que había tenido al acercarse al ataúd. Apenas recordaba nada de cómo había salido de allí pero ahora si era capaz de recordar lo que había visto en el ataúd. Vino a su mente como la luz que se enciende a la vez que suena el clic del interruptor. Ella ya no era como la recordaba, en el ataúd era como una estatua de cera esculpida tomando como referencia una fotografía. Tenía algo de ella pero ya no era ella. Era una flor marchita con rasgos fingidos y forzados, sus labios tenían una mueca simiesca, como si le faltara la dentadura, el colorete de las mejillas daba la impresión de que le habían estirado la cara hacia atrás. Apartó el recuerdo a un lado y regresó al asfalto que pasaba rápido bajo su coche. Miró por el retrovisor izquierdo y vio como las farolas se iban apagando detrás del coche. Una a una, hasta que se apagaron todas  las que alcanzaba a ver. Cerró los ojos y giró la cabeza hacia delante. Los abrió y allí estaba la carretera iluminada por los faros de su coche.


 Las farolas se habían apagado.


―Has vuelto ―dijo mirando al retrovisor, pero detrás no había nadie. Sintió la presencia en el asiento del copiloto pero la oscuridad solo le dejaba apreciar una silueta―. ¿Quién eres? ― Dijo mirando hacia la derecha. Pero no necesitó respuesta. Era ella, tal y como la había visto en el ataúd.

―Vas muy rápido

―¿Acaso importa lo que corra? Tú ya no estás aquí.

―No sigas luchando y déjate llevar.

―Para qué quiero volver si tú no estás. Para ser devorado por las miradas, señalado por el dedo acusador del que me dé la espalda…

―Haz lo que quieras. Siempre lo has hecho, tu orgullo te puede, sé tú mismo y toma la decisión que quieras tomar. Puedes pasar la vida circulando por esta autopista o parar y marcharte de aquí. Tú decides como quieres seguir porque yo me bajo aquí.

―¿Quién eres? Porque está claro que no eres ella.

―Solo soy una ilusión que vive en tu interior, un sueño roto por el frío de la noche, la sombra que ves en la oscuridad, el murmullo del silencio, el sabor de la nada.


Las farolas que nunca estuvieron apagadas encendieron otra vez.

  
El coche circulaba por la autopista a más de cien por hora.


―Cariño ¿Te estás quedando dormido? ―Dijo ella diez minutos antes de morir.

―No, mi amor, estoy bien, sigue durmiendo que en un rato llegamos.


El coche salió por el arcén y en tres vueltas de campanas se destrozó. Ella salió despedida del coche y murió antes de que su cuerpo se estrellara contra el suelo. Él se aferraba al volante a pesar de entrar en coma tras el primer impacto del coche.

Él bajó del coche una y otra vez… a pocos metros del coche vio un cuerpo en el suelo. Cuando sonaron las sirenas de la policía y la ambulancia a lo lejos él llevaba más de veinte minutos sentado junto al cadáver. Observándolo y viendo a su novia muerta. Observándolo y mirando para su coche. Observando a su novia con un gesto de pánico en la cara. Observando como el otro cuerpo entraba en camilla en la ambulancia  y esta  desaparecía llevándose consigo el ruido de sirenas. El pasajero misterioso no había bajado del coche. Se preguntaba si se habría quedado dormido en el asiento trasero ya que justo antes de pasar el accidente no lo había visto por el retrovisor.


 Subió al coche y se sentó al volante.


Circulaba a ochenta por hora por la autopista. En quince minutos estarían en casa, pensaba con la mirada entre las farolas y el asfalto. Miró hacia la derecha y allí estaba su novia dormida.

Le sonrió y cogió su mano. Miró por el retrovisor y allí estaba el pasajero misterioso.


―Tú lo has dicho: El tiempo es infinito… Y yo no quiero seguir vagando por el infinito una y otra vez. Yo también me bajo aquí―dijo cuando el coche empezaba a hacer zigzag.


Un día después del accidente, cuando la primera palada de tierra caía sobre el ataúd de su novia, él abandonaba el coma, la autopista infinita, la vida y se iba con ella.

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