La oscuridad era
desplazada del asfalto por los faros del coche. A ciento sesenta por hora las
sombras pasaban muy rápido. El continuo guiño de las farolas le decían lo
rápido que iba. La autopista y la velocidad eran caminos que lo alejaban de la
muerte.
Regresaba a casa horas
después de la medianoche. Su cabeza era un potaje de ideas, pensamientos y
recuerdos lejanos. Pensar que su novia había muerto sin despedirse lo turbaba. Había
abandonado el tanatorio sin darse cuenta de que caminaba dirección al coche.
Los indicadores del coche pitaron y el sonido del cierre centralizado le hizo
volver a la realidad. Minutos antes era una persona normal, que se comportaba
de manera normal, que saludaba a viejos amigos de manera normal. Todo era normal,
incluso la muerte de su novia a tan temprana edad. Unos vienen, otros se van,
pensaba entretenido y escuchando anécdotas con los amigos mientras observaban
el féretro. Hasta que tuvo la mala idea de acercarse al ataúd y desplazar el
pañuelo para ver su cara por última vez.
No consiguió salir de
allí, ni moverse, ni pestañear, ni siquiera fue capaz de quitar la mano del
pañuelo que cubría el cristal.
Las luces del coche
desplazaban la oscuridad. Imaginó que el coche era como una cremallera que se cerraba
sobre la oscuridad, por delante la luz borraba la oscuridad, por atrás la
oscuridad corría tras el coche.
Las farolas empezaron a parpadear.
Miró por el retrovisor y vio que a medida que las dejaba atrás estas brillaban otra vez. Las farolas que estaban por llegar se apagaron hasta una distancia de dos kilómetros. Miró por el espejo y vio que a medida que dejaba las farolas atrás estas se encendían otra vez con el mismo brillo, como si nunca se hubieran apagado. Miró dos kilómetros adelante y las farolas se fueron encendiendo dirección al coche. Miró hacia atrás, se encendían otra vez. Clavó los ojos en el haz de luz de los faros tratando de buscar una explicación. Las luces se fueron encendiendo hasta llegar a una distancia de tres farolas. Miró por el retrovisor y vio que al pasar se encendían otra vez. Por delante tres farolas apagadas que se encendían al pasar él. Sintió un subidón de adrenalina, aquello era fantástico. La sensación de sentirse mágico lo embargaba, ya ni se acordaba de su novia ni del shock que había sufrido en el tanatorio.
Miraba hacia la
izquierda, a la farola apagada, luego a la derecha y por el retrovisor veía las
farolas encendidas. Izquierda y si giraba más hacia atrás la cabeza la veía
encender. El cuentakilómetros pasó de ciento ochenta por hora y la
intermitencia de las farolas cada vez era más rápido. Llegó a doscientos tratando de mantener las farolas encendidas y
casi lo había conseguido cuando vio que de tres farolas apagadas habían pasado
a apagarse cinco. Miró por el retrovisor rápido y fijó otra vez la vista en el
asfalto. Los pelos se le engrifaron como a un gato frente a un perro furioso.
Miró al espejo otra vez y vio a una persona sentada en el asiento trasero.
Cerró los ojos y los abrió cuando estuvo seguro que estos miraban al asfalto. Cuando encontró
valor para mirar al retrovisor levantó la vista y la persona seguía allí,
refugiada entre las sombras de las farolas apagadas, solo un rayo de luz de las
farolas de delante dejaban ver una boca y una barbilla entre las sombras.
La persona del asiento
trasero sonrió. El abrió los ojos como un pez fuera del agua. La velocidad bajó
a ciento veinte por hora y las farolas cambiaron de cinco a tres apagadas.
― La velocidad no es
una buena consejera cuando el sueño acecha.
―¿Te preocupa? Dudo que
alguien que se suba a mi coche sin mi permiso le preocupe lo rápido que yo
vaya.
―La velocidad persigue al tiempo. La velocidad huye del
tiempo. El tiempo es infinito.
― ¡Anda! Eres poeta... ¿por qué te subiste al coche?
―Porque tú me lo
pediste.
―¿Cuándo?
―No eres capaz de
recordarlo porque no estabas allí.
― ¿Quién eres, no me suena tu voz?
―Será porque nunca me
has oído hablar, o porque nunca me has visto.
―Eso en mi idioma se
llama ser arisco ¿A ver si paro y te dejo en tierra?
―A ver si no te dejo
parar.
―¿Me estas amenazando?
― Calla y sigue
conduciendo. Eres un poco borde.
―… ¿Te has fijado? Las farolas se encienden a
medida que yo paso junto a ellas. Mientras más rápido más farolas apagadas hay
por delante… llevo un pasajero que me
llama borde. Algo va mal y no consigo ver qué ¿Será mi cabeza? ¿Será un sueño?
O esto está ocurriendo y yo no consigo creerlo… ¿Te has fijado en el coche que
va delante? Va haciendo zigzag, o va borracho o se está quedando dormido… ¿Dónde
estás?
El coche que iba
delante salió por el arcén y en tres vueltas de campanas se destrozó. Él bajó como pudo y corrió hasta que a pocos
metros del coche vio un cuerpo en el suelo. Cuando sonaron las sirenas de la
policía y la ambulancia a lo lejos, él llevaba más de veinte minutos sentado
junto al cadáver. Observándolo y viendo a un cuerpo inerte. Observándolo y
mirando para su coche. Observando el cuerpo sin vida con un gesto de pánico en
la cara. Observando como el otro cuerpo entraba en camilla en la
ambulancia y esta desaparecía llevándose consigo el ruido de
sirenas. El pasajero misterioso no había bajado del coche. Se preguntaba si se
habría quedado dormido en el asiento trasero ya que justo antes de pasar el
accidente no lo había visto por el retrovisor.
Las farolas estaban
todas encendidas.
Caminaba despacio hacia
su coche, sin ganas de llegar, sin ganas de buscar una explicación ni hacer
conjeturas. Llegó a la parte trasera del coche y miró a las farolas.
Encendidas.
Abrió la puerta trasera esperando que hubiera
alguien en el asiento posterior al que echarle una bronca por no bajar a
ayudar. Miró a la manecilla de la
puerta, a las farolas encendidas y abrió. No había nadie.
Las farolas seguían
encendidas.
Circulaba a ochenta por
hora por la autopista. En quince minutos estaría en casa, pensaba con la mirada
entre las farolas y el asfalto. Pensaba que lo que había pasado antes era consecuencia del
sueño o del shock que había tenido al acercarse al ataúd. Apenas recordaba nada
de cómo había salido de allí pero ahora si era capaz de recordar lo que había
visto en el ataúd. Vino a su mente como la luz que se enciende a la vez que suena
el clic del interruptor. Ella ya no era como la recordaba, en el ataúd era como
una estatua de cera esculpida tomando como referencia una fotografía. Tenía
algo de ella pero ya no era ella. Era una flor marchita con rasgos fingidos y
forzados, sus labios tenían una mueca simiesca, como si le faltara la
dentadura, el colorete de las mejillas daba la impresión de que le habían
estirado la cara hacia atrás. Apartó el recuerdo a un lado y regresó al asfalto
que pasaba rápido bajo su coche. Miró por el retrovisor izquierdo y vio como
las farolas se iban apagando detrás del coche. Una a una, hasta que se apagaron
todas las que alcanzaba a ver. Cerró los
ojos y giró la cabeza hacia delante. Los abrió y allí estaba la carretera
iluminada por los faros de su coche.
Las farolas se habían apagado.
―Has vuelto ―dijo
mirando al retrovisor, pero detrás no había nadie. Sintió la presencia en el
asiento del copiloto pero la oscuridad solo le dejaba apreciar una silueta―.
¿Quién eres? ― Dijo mirando hacia la derecha. Pero no necesitó respuesta. Era
ella, tal y como la había visto en el ataúd.
―Vas muy rápido
―¿Acaso importa lo que
corra? Tú ya no estás aquí.
―No sigas luchando y
déjate llevar.
―Para qué quiero volver
si tú no estás. Para ser devorado por las miradas, señalado por el dedo
acusador del que me dé la espalda…
―Haz lo que quieras.
Siempre lo has hecho, tu orgullo te puede, sé tú mismo y toma la decisión que
quieras tomar. Puedes pasar la vida circulando por esta autopista o parar y
marcharte de aquí. Tú decides como quieres seguir porque yo me bajo aquí.
―¿Quién eres? Porque
está claro que no eres ella.
―Solo soy una ilusión que vive en tu interior,
un sueño roto por el frío de la noche, la sombra que ves en la oscuridad, el
murmullo del silencio, el sabor de la nada.
Las farolas que nunca
estuvieron apagadas encendieron otra vez.
El coche circulaba por la autopista a más de
cien por hora.
―Cariño ¿Te estás quedando dormido? ―Dijo ella diez minutos antes de morir.
―No, mi amor, estoy
bien, sigue durmiendo que en un rato llegamos.
El coche salió por el arcén y en tres vueltas de campanas se destrozó. Ella salió despedida del coche y murió antes de que su cuerpo se estrellara contra el suelo. Él se aferraba al volante a pesar de entrar en coma tras el primer impacto del coche.
Él bajó del coche una y
otra vez… a pocos metros del coche vio un cuerpo en el suelo. Cuando sonaron
las sirenas de la policía y la ambulancia a lo lejos él llevaba más de veinte
minutos sentado junto al cadáver. Observándolo y viendo a su novia muerta.
Observándolo y mirando para su coche. Observando a su novia con un gesto de
pánico en la cara. Observando como el otro cuerpo entraba en camilla en la
ambulancia y esta desaparecía llevándose consigo el ruido de
sirenas. El pasajero misterioso no había bajado del coche. Se preguntaba si se
habría quedado dormido en el asiento trasero ya que justo antes de pasar el
accidente no lo había visto por el retrovisor.
Subió al coche y se sentó al volante.
Circulaba a ochenta por
hora por la autopista. En quince minutos estarían en casa, pensaba con la
mirada entre las farolas y el asfalto. Miró hacia la derecha y allí estaba su
novia dormida.
Le sonrió y cogió su
mano. Miró por el retrovisor y allí estaba el pasajero misterioso.
―Tú lo has dicho: El
tiempo es infinito… Y yo no quiero seguir vagando por el infinito una y otra
vez. Yo también me bajo aquí―dijo cuando el coche empezaba a hacer zigzag.
Un día después del
accidente, cuando la primera palada de tierra caía sobre el ataúd de su novia,
él abandonaba el coma, la autopista infinita, la vida y se iba con ella.
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