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sábado, 18 de junio de 2016

Se encerró en si misma



Se encerró en si misma. Ya no quiso saber nada del mundo exterior. No pastaba por los verdes prados ni bebía de los gasificados arroyos. Triste y cabizbaja pateaba el monte pensando en su amante furtivo, en lo difícil qué era estar con él, en los impedimentos morales que suponía. Verita era una oveja morena, de lana oscura y dura. Tenía hocico picudo, ojillos brillantes y una sonrisa que atraía a cualquier macho cabrío. Y en los machos de su especie estaba el problema. Verita se había enamorado tontamente, sin pensarlo, sin dudar de lo que hacía, sin poder evitarlo. Pobre Verita, se había enamorado de un oso rubio de zarpas prominentes y hocico atrayente. Qué gran estupidez había cometido la ovejita. Eso era un amor imposible de corresponder.

Virto era un oso gruñón a simple vista. Su semblante serio hacía pensar qué era muy fiero y agresivo. Pero por dentro, bajo ese pelaje tan recio había un enorme corazón. Se pasaba el día corriendo y corriendo, montaña arriba y montaña abajo, corriendo en busca de alimento, corriendo en busca de ositas, corriendo por correr, solo por sentir el viento, solo por sentirse libre día a día.  Un día, un buen día para él y un mal día para su víctima, sintió el clink-clonk de una ovejita y cómo era omnívoro y hacía tiempo que no comía carne decidió darse un festín de ovejitas.

Clink-clonk, clin-clonk, clin-clonk.  Iba la ovejita Verita caminito de su chocita. Con su movimiento de caderas insurgentes y su andar de gacela del Zerengueti. Con el hocico muy alto, siempre mirando al frente, marcando el ritmo con  su cencerro. La brisa de las montañas le golpeó la naricilla con el acre olor del miedo y la inseguridad. Miró hacia atrás en el mismo momento que unas ramas crujían y un oso enfurecido y confuso aparecía saltando sobre las yerbaluisas. Sintió el pánico en sus lanas, sus pezuñas se ablandaron como arcilla humedecida. El pánico acudió a su mente porque sus patitas habían olvidado como batirse en retirada.  Encaró al feroz oso, con orgullo y decisión antes de que su carne fuera despedazada. El animal rubio y peludo quebraba las piedras a su paso, dando grandes zancadas y haciendo temblar a los árboles. Cuando ya estaba casi encima de la diminuta Verita se irguió en dos patas para demostrar su poderío y su pecho tupido como  el velcro.  Alzó su zarpa y la empujó hacia atrás buscando el impulso suficiente para golpearla y hacerla volar cómo si la ovejita fuera atropellada por el parachoques de una Global. Y la zarpa llegó a su fin y cómo un elástico que vuelve a su posición original bajó con la violencia de un rinoceronte al estornudar.

La ovejita Verita cerró sus negros ojitos cuando vio la zarpa de garras afiladas descender. Estaba más asustada que una monja con retraso menstrual. Escuchó el sonido de mil huesos rotos y sintió que el viento se encaraba con sus orejitas. Notó en su piel unas ligeras gotas que caían. Se preguntó si era la lluvia o trocitos de su cuerpo que volaban en tiritas. El viento cesó y el silencio absorbió al tiempo. Verita abrió los ojos tímidamente y vio la lluvia de hojitas malvas de jacaranda que caían sobre su lanita. El oso Virto, furioso, había destrozado una rama del arbolito con su zarpa. Y allí estaba mirando a los ojos de Verita con las fauces  embobadas y su cara lelita. La oveja se perdió en la profundidad de sus ojos azules y llegó al corazón de la bestia mansita. Y se enamoró como una rosa de sus espinas. Y quiso estar siempre junto a él, quiso ser la brujilla qué se pega a la lana, el rocío que acaricia a la hoja en la mañana, el erizo que protege a la castaña.

Virto vio en los ojos de la oveja la dulzura de una caña de azúcar, el corazón de un alma bendita, el aroma del aloe vera que exhalaba su lanita.  Y comprendió qué a su vera quería estar el resto de su vida.  Sonrió tímidamente con un gesto que pedía mil disculpas y entre sus garras tomó una hojita de Jacaranda y se la ofreció como fruta prohibida.  Correr lo hacía libre y corrió y corrió huyendo de sus pensamientos. Alejándose de la negra oveja sin quitársela de la cabeza, montaña arriba, montaña abajo, de un lado a otro lado, sin rumbo cierto y huyendo de su destino. Pero el destino es traicionero y viviendo del recuerdo regresó al lugar del encuentro y se sentó entre las yerbaluisas a observar la Jacaranda de sus desdichas. Y llegó un aroma de aloe vera traído por el viento y la música del cencerro que viajaba con el tiempo.

Clink-clonk, clin-clonk, clin-clonk.  Se encerró en sí misma. Cencerró para olvidar. Se encerró en su mundo de pastar.  Cencerró para hacerse notar. Se encerró en sí misma pero pronto se dejó escapar. Cencerró con alegría buscando a quién quería amar. Y cómo una ola qué regresa una y otra vez a la orilla por la Jacaranda volvió a pasar. Y allí estaba él. El osito amoroso de ojos azules y pelaje dorado.
Él la miró con sus ojos de océano, ella se sumergió en ellos con sus ojos de ébano. Y se hundió tan profundamente que ya no halló consuelo lejos de ellos. Ella sonrió con sus labios de diamante, él hizo un gesto con su boca de “te como por detrás y por delante”. Ella, muñequita de porcelana, le invitó a que se acercara y se sentara. Él, prototipo de “Geyperman”, dio tres pasos y a su lado se dejó llevar. Y hablaron larga y tendidamente, de amores profanos, de lujuria y pasión. De vivir en su Aldea o en un Puerto Rico cargado de amor. Y él pidió que le dejara seguir corriendo libre por las montañas, y ella le dijo qué estaría en los picos más altos indicándole el camino con su cencerro. Y ella desvió la conversación y disimuló dando un rodeo para no ir directo al grano y hablando de flores, plantas y primavera, le contó qué le encantaba  el Otoño por las hojas caídas y porque rimaba con retoño. Y él enmudeció un instante mientras sus ojos estelares se abrían como lunas brillantes. Y cuando asimiló su destino de oso amoroso le habló de crear un jardín y regarlo con lágrimas de ternura y encanto. Y plantaron una sola semilla de Melissa y esperaron a qué brotara para ver el resultado. Y tanto les gustó, que crearon una charca y en ella floreció un Victorio Regio amazónico. Y Virto y Verita se hicieron Compañeros de sus propias dichas y desdichas.
¿Vivieron felices y comieron perdices? No lo sé, pero cuenta una leyenda de caminantes qué, por los montes de la cumbre y cuando menos te los esperas aparece una oveja negra envuelta en melodías de cencerros y gritos de alegría. Si algún día la ves apártate del camino porque cuando menos te lo esperas aparecerá un oso rubio cargado de sonrisas y persiguiendo una meta de sueños que nunca terminan.

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