Se encerró en si misma. Ya no quiso
saber nada del mundo exterior. No pastaba por los verdes prados ni bebía de los
gasificados arroyos. Triste y cabizbaja pateaba el monte pensando en su amante
furtivo, en lo difícil qué era estar con él, en los impedimentos morales que
suponía. Verita era una oveja morena, de lana oscura y dura. Tenía hocico
picudo, ojillos brillantes y una sonrisa que atraía a cualquier macho cabrío. Y
en los machos de su especie estaba el problema. Verita se había enamorado tontamente,
sin pensarlo, sin dudar de lo que hacía, sin poder evitarlo. Pobre Verita, se
había enamorado de un oso rubio de zarpas prominentes y hocico atrayente. Qué
gran estupidez había cometido la ovejita. Eso era un amor imposible de
corresponder.
Virto era un oso gruñón a simple
vista. Su semblante serio hacía pensar qué era muy fiero y agresivo. Pero por
dentro, bajo ese pelaje tan recio había un enorme corazón. Se pasaba el día
corriendo y corriendo, montaña arriba y montaña abajo, corriendo en busca de
alimento, corriendo en busca de ositas, corriendo por correr, solo por sentir
el viento, solo por sentirse libre día a día.
Un día, un buen día para él y un mal día para su víctima, sintió el
clink-clonk de una ovejita y cómo era omnívoro y hacía tiempo que no comía
carne decidió darse un festín de ovejitas.
Clink-clonk, clin-clonk, clin-clonk. Iba la ovejita Verita caminito de su chocita.
Con su movimiento de caderas insurgentes y su andar de gacela del Zerengueti.
Con el hocico muy alto, siempre mirando al frente, marcando el ritmo con su cencerro. La brisa de las montañas le
golpeó la naricilla con el acre olor del miedo y la inseguridad. Miró hacia
atrás en el mismo momento que unas ramas crujían y un oso enfurecido y confuso
aparecía saltando sobre las yerbaluisas. Sintió el pánico en sus lanas, sus
pezuñas se ablandaron como arcilla humedecida. El pánico acudió a su mente
porque sus patitas habían olvidado como batirse en retirada. Encaró al feroz oso, con orgullo y decisión
antes de que su carne fuera despedazada. El animal rubio y peludo quebraba las
piedras a su paso, dando grandes zancadas y haciendo temblar a los árboles.
Cuando ya estaba casi encima de la diminuta Verita se irguió en dos patas para
demostrar su poderío y su pecho tupido como el velcro.
Alzó su zarpa y la empujó hacia atrás buscando el impulso suficiente
para golpearla y hacerla volar cómo si la ovejita fuera atropellada por el
parachoques de una Global. Y la zarpa llegó a su fin y cómo un elástico que
vuelve a su posición original bajó con la violencia de un rinoceronte al
estornudar.
La ovejita Verita cerró sus negros
ojitos cuando vio la zarpa de garras afiladas descender. Estaba más asustada
que una monja con retraso menstrual. Escuchó el sonido de mil huesos rotos y sintió
que el viento se encaraba con sus orejitas. Notó en su piel unas ligeras gotas
que caían. Se preguntó si era la lluvia o trocitos de su cuerpo que volaban en
tiritas. El viento cesó y el silencio absorbió al tiempo. Verita abrió los ojos
tímidamente y vio la lluvia de hojitas malvas de jacaranda que caían sobre su
lanita. El oso Virto, furioso, había destrozado una rama del arbolito con su
zarpa. Y allí estaba mirando a los ojos de Verita con las fauces embobadas y su cara lelita. La oveja se
perdió en la profundidad de sus ojos azules y llegó al corazón de la bestia
mansita. Y se enamoró como una rosa de sus espinas. Y quiso estar siempre junto
a él, quiso ser la brujilla qué se pega a la lana, el rocío que acaricia a la
hoja en la mañana, el erizo que protege a la castaña.
Virto vio en los ojos de la oveja
la dulzura de una caña de azúcar, el corazón de un alma bendita, el aroma del
aloe vera que exhalaba su lanita. Y
comprendió qué a su vera quería estar el resto de su vida. Sonrió tímidamente con un gesto que pedía mil
disculpas y entre sus garras tomó una hojita de Jacaranda y se la ofreció como
fruta prohibida. Correr lo hacía libre y
corrió y corrió huyendo de sus pensamientos. Alejándose de la negra oveja sin
quitársela de la cabeza, montaña arriba, montaña abajo, de un lado a otro lado,
sin rumbo cierto y huyendo de su destino. Pero el destino es traicionero y
viviendo del recuerdo regresó al lugar del encuentro y se sentó entre las
yerbaluisas a observar la Jacaranda de sus desdichas. Y llegó un aroma de aloe
vera traído por el viento y la música del cencerro que viajaba con el tiempo.
Clink-clonk, clin-clonk, clin-clonk. Se encerró en sí misma. Cencerró para
olvidar. Se encerró en su mundo de pastar.
Cencerró para hacerse notar. Se encerró en sí misma pero pronto se dejó
escapar. Cencerró con alegría buscando a quién quería amar. Y cómo una ola qué
regresa una y otra vez a la orilla por la Jacaranda volvió a pasar. Y allí
estaba él. El osito amoroso de ojos azules y pelaje dorado.
Él la miró con sus ojos de océano,
ella se sumergió en ellos con sus ojos de ébano. Y se hundió tan profundamente
que ya no halló consuelo lejos de ellos. Ella sonrió con sus labios de diamante,
él hizo un gesto con su boca de “te como por detrás y por delante”.
Ella, muñequita de porcelana, le invitó a que se acercara y se sentara. Él,
prototipo de “Geyperman”, dio tres pasos y a su lado se dejó llevar. Y hablaron
larga y tendidamente, de amores profanos, de lujuria y pasión. De vivir en su Aldea
o en un Puerto Rico cargado de amor. Y él pidió que le dejara seguir corriendo
libre por las montañas, y ella le dijo qué estaría en los picos más altos
indicándole el camino con su cencerro. Y ella desvió la conversación y disimuló
dando un rodeo para no ir directo al grano y hablando de flores, plantas y
primavera, le contó qué le encantaba el
Otoño por las hojas caídas y porque rimaba con retoño. Y él enmudeció un
instante mientras sus ojos estelares se abrían como lunas brillantes. Y cuando
asimiló su destino de oso amoroso le habló de crear un jardín y regarlo con
lágrimas de ternura y encanto. Y plantaron una sola semilla de Melissa y
esperaron a qué brotara para ver el resultado. Y tanto les gustó, que crearon
una charca y en ella floreció un Victorio Regio amazónico. Y Virto y Verita se
hicieron Compañeros de sus propias dichas y desdichas.
¿Vivieron felices y comieron
perdices? No lo sé, pero cuenta una leyenda de caminantes qué, por los montes
de la cumbre y cuando menos te los esperas aparece una oveja negra envuelta en melodías
de cencerros y gritos de alegría. Si algún día la ves apártate del camino
porque cuando menos te lo esperas aparecerá un oso rubio cargado de sonrisas y
persiguiendo una meta de sueños que nunca terminan.
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