―Soy Gay. Si, ya lo he
dicho soy Gay.
La madre sonrió, pues
ya lo sabía. La hermana puso cara de triunfo, pues sabía que ahora vendría la
bronca y decepción del padre. El padre no asimiló la palabra gay, estaba
queriendo escuchar la palabra guay, ley o cualquier otra palabra terminada en
ay. El abuelo fue el único que habló:
― ¿Qué dijo?
Todos miraron al abuelo
como si llevara cuatro años postrado en el sillón mirando a la tele y sin
hablar.
La hija se emocionó, el
yerno se quedó descolocado, el nieto alucinó porque su salida del armario
venció al alzhéimer del abuelo, la nieta alucinó y preguntó:
―Abuelo ¿Hablas?
Y el abuelo la miró con
cara de esta niña es tonta y dijo:
―Parece que eres tonta,
se ve que llevas la sangre de tu madre y tu abuela. ¿Que querías que hiciera? ¿Qué
balara como una cabra o ladrara como un perro?
―Pero abuelo, es
increíble, has hablado después de tantos años de silencio.
―Me cago en el
obispo…si al final va a resultar que eres tonta…¿Qué dijo tu hermano? Parecía
interesante por la cara que pusieron todos. Parecía que se había muerto
alguien.
―Abuelo, dijo que era
Gay.
―¿Fray? Me cago en el
jodío demonio, por fin uno que coge el camino del Señor. Ven acá Fray… Ven acá
Fray nieto que te voy a dar la bendición.
Pero el padre del nieto,
o lo que es lo mismo, el yerno del suegro lo interrumpió y fue directo al
grano:
―No se entera, viejo,
ha dicho que es gay. Mariquita o lo que es lo mismo, Maricón, cómo los que
usted odiaba cuando estaba en la legión.
Al abuelo aquello le
sentó como un infarto de miocardio. Puso los ojos en blanco y la palmó.
La hija y la nieta se
abalanzaron sobre él en un intento desesperado por hacerlo vivir.
El hijo y el padre se
miraron uno al otro, a la cara, como los hombres. Y mientras uno pensaba que mi
padre me va a dar de hostias el otro
se acercó y lo abrazó como nunca lo había abrazado en su vida. El abrazo fue
breve, como si el hijo estuviera lleno de grasa de coche y le pudiera estropear
a este la camisa nueva.
―Hijo, esto hay que
celebrarlo, noticias como estas no llegan todos los días. Es más llevo
esperando este día desde que me casé de penalti con tu madre.
―¿En serio, papá?
¿Estás orgulloso de mí?
― Cómo no voy a estarlo…mariquita de los
cojones. Si llevo esperando todos estos años a que tu abuelo la palmara.
―¿Y lo mío?
―Lo tuyo es tuyo, coge
tu ropita y tus cositas y coja camino por la otra acera…derechito, derechito
pal quinto pino o pal coño que le parió.
―Pero papá…no me puedes
echar de casa así porque si.
―Ah...¿No?
―Claro que no ¿Cómo
pretendes que me vaya de aquí con las manos vacías? Como si fuera un paria o un
simple vagabundo…
―Tú trabajas ¿verdad? Pues a tomar por culo
por ahí, ya es hora de que despliegues las plumas ¿No querías salir del
armario? Pues saliste del armario y de mi casa…ala…pío, pío y a levantar el
vuelo por ahí…
―Esta no es tu casa, es
del abuelo.
―¿El abuelo? ¿A
verlo?...ahhh siii. Esa cosa fría que está en el sillón esperando a que venga
la guagua que va al cementerio…te recuerdo, nenaza, que firmé un acuerdo con tu
abuelo en vida y con tu madre por el que yo me hacía cargo del viejete y a
cambio recibía el cincuenta por ciento de la herencia. Y el otro cincuenta era
para ustedes, treinta pa tu puta madre y diez y diez para cada nietecito…así
queeeee…a tomar por culo todos.
La madre lloraba la
muerte de su padre, pero una oreja estaba en la conversación de los machos. La
hija miraba con afecto y pena a su abuelo, pero las dos orejas estaban en la
conversación anterior.
Jum…dijo
la madre…ajá…respondió la hija y se
fueron juntas a la cocina a iniciar otra conversación.
Y la madre levantó una
ceja, y la hija contestó con un giro de cabeza.
Y la madre puso morros
de te lo puedes creer y la hija
contesó con un puff
Y la madre negó y negó
con la cabeza y la hija solo dijo vete tú a saber.
Y la madre gesticuló
con un ademán de brazos de déjame a mí
y la hija asintió y calló.
Y la madre y la hija
volvieron al salón.
―Ay…maridito mío, qué
apenado te veo, pierdes a tu hijo y a tu suegro el mismo día.
Y el marido-yerno y
heredero del cincuenta por ciento se metió en el papelón de un gran actor
apenado y contestó:
―Ay,
calla, calla…ay señor, señor, qué te he hecho pa llevarme estos disgustos. Qué
me duele hasta el pecho… Ay señor, señor, qué me voy detrás del viejo…ay que
apenaíto estoy.
Y
la hija metiéndose en el papel de una actriz de teleserie infantil opinó:
―Papaíto,
creo que deberías ir a la cama a descansar un rato. Demasiados disgustos para
ese frágil corazón.
―Sí,
mi niña. Debería ir a descansar un rato. Y como homenaje a tu abuelo creo que
me voy a dormir a su habitación… ¿No crees que deberíamos quitarle la llave de
la caja fuerte del cuello a tu abuelo?…no sea que nos vayamos a despistar y se
la lleve a la tumba y después vayamos a estar con jaleos pa romper la caja.
Y
la niña miró de reojo a la madre y la madre lanzó un gesto de no te preocupes seguido de otro de le vamos a seguir el juego, y la niña se
dejó llevar por el juego.
El
hijo, indignado por todo lo que acontecía se enfadó con su madre. Y su madre le
explicó que un acuerdo era un acuerdo y que no había nada más que hablar. Y su
hermana le explicó que no quería su diez por ciento y que se lo iba a regalar
para que así se fuera de casa y emprendiera una nueva vida sin tener nada que
ocultar.
Y
la hija del abuelo llamó a la funeraria. La hija de su padre preparó el garaje
para velar al abuelo. El nieto gay del abuelo salió a comprar flores para
engalanar el duelo. El yerno-padre de su hija, porque tenía claro que a su hijo
lo iba a desheredar subió a la habitación y abrió la caja fuerte para contar
billetes.
El
duelo estuvo cargado de llanto y compasión. Madre e hija servían cafés mientras
excusaban al padre-marido-yerno que se encontraba muy afligido en la habitación
por la pérdida de su suegro. El hijo de su padre estaba indignado con la
actitud de este, ellos lloraban y el padre contaba billetes, y este, el hijo
gay, aprovechaba abrazos íntimos de pésame para comunicar la buena nueva de que
era gay.
Y
el coche fúnebre partió hacia el cementerio. Y ellos iban detrás. Madre e hija
caminaban cogidas del brazo. El hermano caminaba compungido por la pérdida del
abuelo y desconfiado porque su padre se quedaba en casa porque necesitaba
dormir por tanto dolor que él y la pérdida de su suegro le habían causado.
El
ataúd bajó lentamente a la fosa. La nieta se acercó al borde de la tumba y
empujó con el pie un montículo de tierra. La madre la agarró del brazo y le
hizo un gesto de déjalo, terminemos con
esto ya. Y el sepulturero ejecutó su trabajo con energía y profesionalidad
tapando el agujero de dos metros de profundidad.
Y
llegaron a casa. Y el jamacuco y el canguelo le entraron al hijo recién salido
del armario. Su puto padre no estaba en la cama, la caja fuerte estaba abierta
en un impar y dentro solo había soledad.
Madre
e hija estaban sentadas en la cocina tomándose una agüita guisá. El hijo iba
camino de la comisaría a denunciar. El abuelo descansaba en paz.
El
padre, el marido, el yerno, soñó que lo manteaban como si fuera un héroe de
alguna película de torneo medieval. Y al despertar solo vio oscuridad y con
cuatro gestos de manos y piernas supo que estaba en el ataúd que su suegro
debía ocupar.
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