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sábado, 18 de junio de 2016

Soy Gay



―Soy Gay. Si, ya lo he dicho soy Gay.
La madre sonrió, pues ya lo sabía. La hermana puso cara de triunfo, pues sabía que ahora vendría la bronca y decepción del padre. El padre no asimiló la palabra gay, estaba queriendo escuchar la palabra guay, ley o cualquier otra palabra terminada en ay. El abuelo fue el único que habló:
― ¿Qué dijo?
Todos miraron al abuelo como si llevara cuatro años postrado en el sillón mirando a la tele y sin hablar.
La hija se emocionó, el yerno se quedó descolocado, el nieto alucinó porque su salida del armario venció al alzhéimer del abuelo, la nieta alucinó y preguntó:
―Abuelo ¿Hablas?
Y el abuelo la miró con cara de esta niña es tonta y dijo:
―Parece que eres tonta, se ve que llevas la sangre de tu madre y tu abuela. ¿Que querías que hiciera? ¿Qué balara como una cabra o ladrara como un perro?
―Pero abuelo, es increíble, has hablado después de tantos años de silencio.
―Me cago en el obispo…si al final va a resultar que eres tonta…¿Qué dijo tu hermano? Parecía interesante por la cara que pusieron todos. Parecía que se había muerto alguien.
―Abuelo, dijo que era Gay.
―¿Fray? Me cago en el jodío demonio, por fin uno que coge el camino del Señor. Ven acá Fray… Ven acá Fray nieto que te voy a dar la bendición.
Pero el padre del nieto, o lo que es lo mismo, el yerno del suegro lo interrumpió y fue directo al grano:
―No se entera, viejo, ha dicho que es gay. Mariquita o lo que es lo mismo, Maricón, cómo los que usted odiaba cuando estaba en la legión.
Al abuelo aquello le sentó como un infarto de miocardio. Puso los ojos en blanco y la palmó.
La hija y la nieta se abalanzaron sobre él en un intento desesperado por hacerlo vivir.
El hijo y el padre se miraron uno al otro, a la cara, como los hombres. Y mientras uno pensaba que mi padre me va a dar de hostias el otro se acercó y lo abrazó como nunca lo había abrazado en su vida. El abrazo fue breve, como si el hijo estuviera lleno de grasa de coche y le pudiera estropear a este la camisa nueva.
―Hijo, esto hay que celebrarlo, noticias como estas no llegan todos los días. Es más llevo esperando este día desde que me casé de penalti con tu madre.
―¿En serio, papá? ¿Estás orgulloso de mí?
 ― Cómo no voy a estarlo…mariquita de los cojones. Si llevo esperando todos estos años a que tu abuelo la palmara.
―¿Y lo mío?
―Lo tuyo es tuyo, coge tu ropita y tus cositas y coja camino por la otra acera…derechito, derechito pal quinto pino o pal coño que le parió.
―Pero papá…no me puedes echar de casa así porque si.
―Ah...¿No?
―Claro que no ¿Cómo pretendes que me vaya de aquí con las manos vacías? Como si fuera un paria o un simple vagabundo…
 ―Tú trabajas ¿verdad? Pues a tomar por culo por ahí, ya es hora de que despliegues las plumas ¿No querías salir del armario? Pues saliste del armario y de mi casa…ala…pío, pío y a levantar el vuelo por ahí…
―Esta no es tu casa, es del abuelo.
―¿El abuelo? ¿A verlo?...ahhh siii. Esa cosa fría que está en el sillón esperando a que venga la guagua que va al cementerio…te recuerdo, nenaza, que firmé un acuerdo con tu abuelo en vida y con tu madre por el que yo me hacía cargo del viejete y a cambio recibía el cincuenta por ciento de la herencia. Y el otro cincuenta era para ustedes, treinta pa tu puta madre y diez y diez para cada nietecito…así queeeee…a tomar por culo todos.
La madre lloraba la muerte de su padre, pero una oreja estaba en la conversación de los machos. La hija miraba con afecto y pena a su abuelo, pero las dos orejas estaban en la conversación anterior.
Jum…dijo la madre…ajá…respondió la hija y se fueron juntas a la cocina a iniciar otra conversación.

Y la madre levantó una ceja, y la hija contestó con un giro de cabeza.
Y la madre puso morros de te lo puedes creer y la hija contesó con un puff
Y la madre negó y negó con la cabeza y la hija  solo dijo vete tú a saber.
Y la madre gesticuló con un ademán de brazos de déjame a mí y la hija asintió y calló.
Y la madre y la hija volvieron al salón.

―Ay…maridito mío, qué apenado te veo, pierdes a tu hijo y a tu suegro el mismo día.
Y el marido-yerno y heredero del cincuenta por ciento se metió en el papelón de un gran actor apenado y contestó:
―Ay, calla, calla…ay señor, señor, qué te he hecho pa llevarme estos disgustos. Qué me duele hasta el pecho… Ay señor, señor, qué me voy detrás del viejo…ay que apenaíto estoy.
Y la hija metiéndose en el papel de una actriz de teleserie infantil opinó:
―Papaíto, creo que deberías ir a la cama a descansar un rato. Demasiados disgustos para ese frágil corazón.
―Sí, mi niña. Debería ir a descansar un rato. Y como homenaje a tu abuelo creo que me voy a dormir a su habitación… ¿No crees que deberíamos quitarle la llave de la caja fuerte del cuello a tu abuelo?…no sea que nos vayamos a despistar y se la lleve a la tumba y después vayamos a estar con jaleos pa romper la caja.
Y la niña miró de reojo a la madre y la madre lanzó un gesto de no te preocupes seguido de otro de le vamos a seguir el juego, y la niña se dejó llevar por el juego.
El hijo, indignado por todo lo que acontecía se enfadó con su madre. Y su madre le explicó que un acuerdo era un acuerdo y que no había nada más que hablar. Y su hermana le explicó que no quería su diez por ciento y que se lo iba a regalar para que así se fuera de casa y emprendiera una nueva vida sin tener nada que ocultar.
Y la hija del abuelo llamó a la funeraria. La hija de su padre preparó el garaje para velar al abuelo. El nieto gay del abuelo salió a comprar flores para engalanar el duelo. El yerno-padre de su hija, porque tenía claro que a su hijo lo iba a desheredar subió a la habitación y abrió la caja fuerte para contar billetes.
El duelo estuvo cargado de llanto y compasión. Madre e hija servían cafés mientras excusaban al padre-marido-yerno que se encontraba muy afligido en la habitación por la pérdida de su suegro. El hijo de su padre estaba indignado con la actitud de este, ellos lloraban y el padre contaba billetes, y este, el hijo gay, aprovechaba abrazos íntimos de pésame para comunicar la buena nueva de que era gay.
Y el coche fúnebre partió hacia el cementerio. Y ellos iban detrás. Madre e hija caminaban cogidas del brazo. El hermano caminaba compungido por la pérdida del abuelo y desconfiado porque su padre se quedaba en casa porque necesitaba dormir por tanto dolor que él y la pérdida de su suegro le habían causado.
El ataúd bajó lentamente a la fosa. La nieta se acercó al borde de la tumba y empujó con el pie un montículo de tierra. La madre la agarró del brazo y le hizo un gesto de déjalo, terminemos con esto ya. Y el sepulturero ejecutó su trabajo con energía y profesionalidad tapando el agujero de dos metros de profundidad.
Y llegaron a casa. Y el jamacuco y el canguelo le entraron al hijo recién salido del armario. Su puto padre no estaba en la cama, la caja fuerte estaba abierta en un impar y dentro solo había soledad.
Madre e hija estaban sentadas en la cocina tomándose una agüita guisá. El hijo iba camino de la comisaría a denunciar. El abuelo descansaba en paz.
El padre, el marido, el yerno, soñó que lo manteaban como si fuera un héroe de alguna película de torneo medieval. Y al despertar solo vio oscuridad y con cuatro gestos de manos y piernas supo que estaba en el ataúd que su suegro debía ocupar.

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