Para cuando me quise dar cuenta ya estaba muerto.
Mi cuerpo yacía bajo la tierra de la incertidumbre. Las larvas de mis pensamientos se arrastraban por la descomposición de mi imaginación.
El camino que me había llevado a este fin había sido recto. Las curvas sinuosas del día a día,con sus altibajos inevitables, solo fueron un espejismo en un desierto de angustia y desilusión.
Mi vida estaba perdida desde el mismo instante que decidí ser yo mismo.
No puedes pretender que una hoguera te reconforte en un iceberg, ya que tarde o temprano o no tienes leña que prender o este voltea.
Y al final, porque siempre hay un final y casi nunca el que tú le quieres dar, terminas en el agua helada.
Ya de ti depende lo de nadar y buscar una orilla o ahogarte en tus propios sentimientos.
Me quiero tanto que no me respeto. Por eso ahora estoy tan sólo, bueno, no tanto, me tengo a mi mismo aunque a veces no me soporto y discutimos. Está claro que esto no tiene arreglo y si lo tiene es algo parecido a morir lentamente, mientras vas perdiendo la conciencia y las voces que suenan en el exterior se hacen cada vez más lejanas, y las oyes pero no las escuchas, te agobian, te resbalan, te la sudan...
...y aquí estoy yo, muerto a un lado de tu camino, dejando que pase el tiempo y llegue el momento de mi resurrección, quizás me levante y sea un muerto viviente o quizá me levante y encuentre un camino mejor.
Para cuando me quise dar cuenta ya estaba muerto. No lo pude evitar y morí por necesidad.
No, no llores, no dejes que tus lágrimas turben tu conciencia y remordimientos.
Solo espero que el recuerdo de mis palabras hayan calado hondo en ti.
Adiós sin rencores
Nos vemos en mi memoria
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